Si servidor dirigiera un equipamiento musical con una orquesta sinfónica como pal de paller (más aún si esta formación fuera de segunda categoría pero con ostensibles posibilidades de mejora), a la hora de buscar una batuta titular seguramente tendría muy en cuenta la posibilidad de fichar a Josep Pons. Si repasamos la trayectoria del maestro de Puig-reig, se puede comprobar como la Orquesta de Cámara del Teatre Lliure (dolorosamente añorada, by the way), la Joven Orquesta Nacional de Catalunya, la Orquesta Ciudad de Granada, la Orquesta Nacional de España y, finalmente, la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceu son algunas máquinas sonoras que Pons parió dal niente o que ha dejado en un estado mucho mejor del que se las encontró. Esto también puede aplicarse al caso que nos ocupa, el del Liceu, donde nuestro músico ha fabricado un instrumento que a menudo dispara un sonido equiparable al del mundo.
Ahora que se ha despedido entre ovaciones, y con una obra de gran calado sinfónico como la Octava de Mahler, es hora de hacer balance de una titularidad eminentemente positiva que los responsables artísticos del teiatro harían bien en situar como punto de partida y no como finalidad de excelencia. Pons, me atrevo a insistir, ha construido los cimientos de una orquesta que chuta mucho mejor que hace tres lustros y que tiene sello propio. Eso ya merece muchos abrazos, pero también cabe decir que la falta de adecuación de nuestro protagonista al repertorio operístico es algo que, en un equipamiento donde el sonido transita a través delmovimiento escénico (el cual, a su vez, responde a las leyes de un género muy particular), no debería repetirse jamás. Pons no ha dirigido nada muy mal, es cierto, pero tampoco nos ha regalado interpretación antológica alguna, por el simple hecho de que se ha aproximado a obras venerables de la tradición, como su último Falstaff verdiano, por primera vez en toda su vida...
Conscientes de lo que explico, resulta lógico que el equipo gestor del Liceu haya favorecido que Pons se acercase a los autores de-Wagner-hacia-arriba que más bien le sientan a nivel estilístico, como Britten, Debussy, Shostakovich oJanáček, de los que nos ha regalado notables interpretaciones (aunque también ha sobresalido notoriamente con Mozart, debe constar en acta). Lastimosamente, algo que no es imputable al maestro sino al escaso sentido del riesgo de sus “superiores”, le hemos escuchado demasiado poca música escénica de nuestros tiempos y habría sido más que oportuno que ejemplos como la bellísima Lessons in love and violence de George Benjamin de la temporada 2021 hubiesen tenido más continuidad en unos programas demasiado acostumbrados a hacernos escuchar lo que ya conocemos de sobra. Lo que sí podemos imputar a cierta pasividad del maestro, conciudadano de la tribu, es persistir negligentemente en el olvido de interpretar nuestro patrimonio.
Por si alguien no lo recuerda, o le cuesta pensar en ello, el Liceu es nuestro primer equipamiento público y uno de sus principales mandatos artísticos es el de cuidar, representar y contextualizar el repertorio operístico catalán. Si el teatro, durante los últimos catorce años, ha tenido un equipo directivo, artístico y etcétera íntegramente nacional... ¿cómo es que nadie se lleva las manos a la cabeza por el hecho de que nuestra lengua y nuestros compositores representan todavía una simple cuota en su escenario natural? Repitámoslo de nuevo, aunque nos fatigue: si nosotros no exhibimos e interpretamos como Dios manda nuestra música, ¿quién esperamos que lo haga? Pons habría podido presionar con más ahínco a las élites del Liceu para que esta anomalía espantosa se acabase (¡sobre todo, porque él conoce la calidad innegable de nuestra música!); no dudo que lo ha intentado, pero a base de intentarlo... las óperas no terminan saliendo del cajón.
A partir de febrero, y coincidiendo con un nuevo Ringwagneriano, el Liceu contará con su nuevo titular, el inglés Jonathan Nott. El pasado mes de abril pude ver al maestro de Solihull dirigiendo la maravillosa Turangalila de Messiaen en el Auditori, y debo decir que me pareció un músico de los pies a la cabeza, con una capacidad de liderazgo ejemplar y una técnica batutera impoluta. A diferencia de Pons, y gracias a su titularidad en lugares como la Ópera de Frankfurt, Nott lleva ya cerca de cuarenta años dirigiendo óperas regularmente, lo que nos asegura una rápida adecuación al repertorio canónico. Sin embargo, y a la hora de asegurar la jugada, yo de los capataces del Liceu actuaría a la americana y urdiría una programación muy ajustada a su batuta. Por mucho que se hable más de escenógrafos y de cantantes (cada época tiene sus manías), el motor principal de un teatro de ópera es el cerebro y los tímpanos de su titular.
Sea como fuere, diría que Josep Pons puede irse del Liceu la mar de contento y es de justicia que, pasado un tiempo prudencial, pueda volver a casa. De hecho, su lugar natural sería más cercano a la calle Lepant que en La Rambla... pero eso ya es harina de otro costal.