“Me obsesionan mucho el espacio y el tiempo y te diría que todo lo que escribo pivota alrededor de estos dos ejes”. Aunque atardezca, Jordi Corominas se ha acodado a la barra pidiendo un vermú y dejándose sorprender por una selección musical que, para el caso, es el Doctrine of love de Jalen Ngonda. El parroquiano sonríe, a gusto.
Inquisitivo e inquieto, desde niño disfruta inventando historias o reinventándolas. “Y supongo que el hecho de ser hijo de una profesora de Historia del Arte y de un ingeniero me ha permitido combinar una parte muy metodológica con otra más artística, siempre con una marcada conciencia historiográfica de la vida”. A eso, cabe sumar una memoria prodigiosa, que le permite retener una grandísima cantidad de datos que, desde los veintitrés años –“cuando supe exactamente que lo que quería hacer en la vida era escribir”– le ha permitido pergeñar una vasta diversidad de obras que abarcan novela, poesía y ensayo.
Una visión que mezcla dato, lirismo, imaginación, el gusto por bucear en el pasado para interpretar el presente (y, si cabe, ver venir de frente el futuro) y un profundo vínculo europeísta con una Barcelona “que no amo tanto como mucha gente se cree”, aunque no ha dejado de glosarla.
La obsesión con el espacio la sublima a través de una intensa actividad viajera, con especial predilección por Italia (vivió en Roma algunos dulces años estudiantiles), Francia y Alemania, en busca de los léxicos y sustratos intelectuales que nos acomunan a los europeos más allá de las miserias y pequeñeces de los nacionalismos. Todo ello, rematado con una incurable afición por fotografiar lugares, rincones y detalles.
“Como autor, tengo la sensación de que tengo una voz propia que abarca lo que digo y cómo lo digo, y que esa voz crece, evoluciona, madura, en un proceso que te descubre nuevos defectos que has de corregir y vicios que te has de quitar”, reflexiona. Y, tras un trago, determina: “en este sentido, escribir debería ser igual que vivir: una cuestión de seguir aprendiendo, puliéndote y limando tus obsesiones”.
Escribir debería ser igual que vivir: una cuestión de seguir aprendiendo, puliéndote y limando tus obsesiones.
Honrando la promesa a José Luis
La obra de Jordi Corominas es tan variada, que resulta imposible acertar cualquier quiniela sobre cuál puede ser su siguiente proyecto. A la vez, el rastro literario que ha ido depositando a su paso deja entrever con claridad cuáles son los ingredientes éticos, intelectuales y líricos que definen su voz. No sabemos muy bien el qué, pero sí el cómo.
En su haber hay de todo. Novelas, como Una dona que sap jugar amb els peus, Colors, José García o la aguda reflexión de Lo invisible, “sobre lo que no ocurre porque no queda consignado en ninguna red social, pese a que sí ha sucedido”. Libros de viajes como Nortes o El último libro de los viajes a Europa. Volúmenes vehementemente barceloneses como Bohigas contra Barcelona, La ciudad violenta o Barcelona 1912: el caso Enriqueta Martí.
Biografía, como Las muchas vidas de Pier Paolo Pasolini. O Poesía, traduciendo a Cocteau o con obras como Oceanografías, Los lotófagos o Loopoesía(s), que debe su nombre al proyecto fundado por el parroquiano que, desde 2009, aúna versos, música, teatro y proyecciones audiovisuales. Un corpus amplio y diverso donde estilos y enfoques se entremezclan, bailan juntos, como en la vida misma.
Su nuevo libro, Esplendor (RBA) es en sí mismo una vibrante suma de retales vivenciales, pero no de su autor, sino de un personaje con el que trabó una amistad profunda y bella. “José Luis era un personajazo que pululaba entre el Guinardó y Gràcia. Un tío muy inteligente y, para mí, el mejor escritor ágrafo de España. Cuando murió, en 2020, me propuse honrar una promesa que le había hecho: narrar su vida”.
La novela recorre la vida de José Luis, un personaje lleno de luces y sombras, que con su muerte se ha llevado “una cierta Barcelona que ya no existe más allá del recuerdo”. Un homenaje hilado con un cariño infinito que mezcla lo real y lo ficcionado, sazonándolo con mucha poética.
Artículos para medios como Eldiario. es, El Confidencial, el programa Sota sospita de Radio 4 (presentado junto a Laura Gonzàlez) o su podcast cultural 15 al dia le permiten hablar de libros, pensadores, ideas y una Barcelona donde no es oro todo lo que reluce.
La gente se ha querido creer el relato de marca de Barcelona y confunde esa marca con la ciudad.
Una ciudad sobrevalorada
“La gente se ha querido creer el relato de marca de Barcelona y confunde esa marca con la ciudad”, lamenta el escritor, que detecta el principal problema en un presentismo que omite el pasado de la urbe y no alcanza a entender su verdadera pluralidad social y cultural. “Los barceloneses de hoy no tienen la conciencia colectiva necesaria para repensar una ciudad, a pesar de la importancia de los movimientos vecinales del pasado”.
El exceso de institucionalización y politización “hace que aquí no se entienda la cultura como vehículo para avanzar, sino como fórmula para pillar un carguito, y eso me hace ser pesimista”, lamenta quien lleva muchos años estudiando la historia y los barrios de una ciudad de la que defiende una gestión basada en alcaldías de barrio, “para recuperar su identidad y que esto deje de ser una postal de Gaudí y Messi”. Y, antes de terminar su vermú, añade, con un poso de melancolía: “aunque sé que siempre la voy a llevar dentro, siento que algún día tendré que dejar Barcelona”.
–Quizás decidas quedarte aquí tras probar nuestra oferta gastronómica. Se acerca la hora de cenar y tenemos carta, bocadillos, tapas, platos combinados… ¡todo muy rico!
Jordi Corominas no logra reprimir una carcajada y acepta la oferta.
“A ver qué tienes de tapas y con qué vino las puedo acompañar”, replica. Y, tras unos segundos, agrega, sonriente: “y también qué postres hay, que sin postre no es lo mismo”.
