Compartimos con los neoyorquinos una cierta visión noucentista de la vida; somos exageradamente felices, pero nos gusta impostar desazón para reclamar un abrazo (de nuestro amor particular o del psicoanalista), caminamos gustosamente por la cuadrícula central de la ciudad sabiéndola garantía de una orientación espiritual científicamente óptima y entendemos, entre otras muchas cosas, que lo de la cultura está muy bien y refuerza el espíritu... blablablá, pero que aquí lo importante es tener la caja llena de pasta. En esto, y en las treinta y cuatro veces por día que recuerdo mi querida ciudad (a la que no visito desde hace siglos, pues tener que marcharme de allí me parece una falta de educación espantosa y también porque en esta Catalunya de hoy los letraheridos somos asquerosamente pobres) pensaba deambulando por la exposición Miró i els Estats Units, lema demasiado deferente con los yanquis; la cosa debería haberse titulado simplemente como este mismo artículo.
Porque esta muestra sensacional (la adjetivo así de forma absolutamente esquiva con la neutralidad, puesto que la Miró de nuestro imperial Sert es uno de los lugares donde soy más feliz de todo planeta, y de Manhattan qué os tengo que decir...) es el resultado primordial del impacto filosófico y la empalagada artística que lo empapó en la nueva capital del mundo tras la segunda gran guerra. Releer los textos donde Miró muestra el entusiasmo de irrumpir en la vorágine de Nueva York implica repasar nuestro propio vértigo ante el universo de las nuevas pirámides alzadas en forma de rascacielos y de una sociedad que se basa en el pressing o existencial de hacerte creer que todo es posible. La cosa tiene cierta coña, porque siempre hemos asociado nuestro Joan a la modestia de la alfarería solariega y a sus pajaritos imperfectos... y aquí lo encontramos entusiasmado con los grandes proyectos murales que le encargan y encantadísimo de adentrarse en la alegría un tanto pop de los sepultureros morales del nazismo.
Dispensadme que hoy la crónica suene demasiado subjetiva y emocional (es decir, equivocada), pero a un servidor le ha conmovido volver a ver a Miró junto a la metafísica llorosa del Pagan Void de Barnett Newman, quizás mi artista neoyorquino favorito, y también cuerpo a cuerpo con antiguos animales de compañía como Robert Motherwell, con esas manchas negras suyas exageradamente mojabragas, y las amebas felices de Lee Krasner, que tantas veces había reseguido con los ojos antes de pulirme el patrimonio familiar cascándome un Signature Mille Crêpes en la pastelería Lady M, a la sombra del Whitney. Se puede decir que esta orgía no tiene más tesis que la de agrupar una suma inaudita de entusiasmo abstracto o que se limita, de forma algo acrítica, a traducir el efecto del melting pot americano en el alma de un hombre hasta el momento afrancesado. Sería razonable, pero a menudo la historia del arte también puede resumirse en enamorarse de un lugar único y de su frenesí.
A su vez, mientras paseas entusiasmado por las galerías de la Fundació o lees los textos del espléndido catálogo de la muestra ---con firmas second rate, todo hay que decirlo, porque la institución debe ir corta de cash...---, también consigues olvidar el contexto artístico de Estados Unidos durante la Guerra Fría, un tiempo en que la Cultural Cold War de la CIA intentaba trasladar la lucha contra el comunismo al terreno del arte abstracto y de la música experimental (podéis leerlo en la obra de Frances Stonor Saunders, que lo explica muy bien y te da anécdotas estupendas de cara a fingirte sabio en una cena romántica). Pero todo esto le da igual porque, como decía al principio, la gracia de los americanos es la de saber que el arte siempre se hace desde la política. Visto en perspectiva y en un tiempo de aburrimiento existencial en el mundo cultureta como el nuestro, que los agentes secretos estadounidenses se interesaran por músicos como Milton Babbitt y John Cage o pintores como Pollock y Rothko te provoca una cálida sonrisa de nostalgia imperial.
Cuando echaba de menos Barcelona, a menudo subía a la quinta planta del MoMA para ver el espléndido Paisatge català (El caçador) de Miró, con su bellísimo algarrobo del Mont-roig, el cazador convertido en un triángulo figurativo-surrealista de una oreja, un ojo y una pipa... y la palabra Sarda, que mucha gente asociaba a nuestra danza nacional... pero que en realidad se trataba de una sardina a la brasa, paradigma de la vida beata en el Mediterráneo. Mientras me largué de la exposición reflexionaba sobre esta cosa tan sórdida de añorarse, porque nosotros ---aunque todavía vivamos embobados con América--- no podemos dejar de emocionarnos con esa cosa catalana de lo menestral. Porque solo somos esto, americanos sin la fuerza de un ejército, gente que se refugia en la naturaleza porque no quiere aceptar la depredación de la ciudad. Miró debió de pensar en todo esto mientras paseaba por mi ciudad. A menudo pienso que no volveré nunca más allí... y es de los pocos momentos en los que los ojos me tambalean para devenir agua.
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