Javier Marín: “El desafío es interpretar a Gaudí sin traicionar su legado"

El escultor mexicano Javier Marín en su estudio. © Sara Aguilera / Cortesía Archivo Javier Marín
El escultor mexicano Javier Marín en su estudio. © Sara Aguilera / Cortesía Archivo Javier Marín

El escultor mexicano Javier Marín, seleccionado junto a Cristina Iglesias y Miquel Barceló para presentar una propuesta escultórica para la fachada de la Gloria de la Sagrada Família, reflexiona sobre el legado de Gaudí y cómo interpretarlo desde una mirada contemporánea

11 de octubre de 2026 a las 05:30h

La Sagrada Familia se acerca a su recta final, pero uno de los grandes interrogantes sobre su aspecto definitivo sigue abierto: quién dará forma a la fachada de la Gloria, la última gran fachada pendiente de completar. Hace más de un año, una llamada cambió los planes del escultor mexicano Javier Marín (Uruapan, 1962) y lo situó ante uno de los mayores retos de su trayectoria: imaginar cómo trasladar el universo de Antoni Gaudí a la última gran fachada del templo pendiente de completar. La Junta Constructora lo había elegido junto al mallorquín Miquel Barceló y la vasca Cristina Iglesias para presentar una propuesta artística para este conjunto monumental —concebido para narrar la historia de la humanidad, desde Adán y Eva hasta el Juicio Final—, cargado de simbolismo y llamado a definir la imagen definitiva de la basílica.

Con más de tres décadas de trayectoria y el cuerpo humano como uno de los ejes de su obra, Marín tuvo que adentrarse en el pensamiento de Gaudí, comprender el simbolismo teológico de la fachada y explorar cómo interpretarlo desde su propia sensibilidad artística. Meses de estudio y reflexión que desembocaron, a principios de año, en la presentación de su propuesta, junto a las de los otros dos escultores seleccionados. La elección, prevista inicialmente para este otoño, se ha aplazado sin una fecha definida y con todas las opciones abiertas: la Junta Constructora podría escoger a uno de los tres artistas, encargar la propuesta a varios de ellos o, incluso, descartar las tres y buscar otra solución. A esta incógnita se suma otro de los grandes desafíos pendientes del templo: la escalinata monumental proyectada por Gaudí frente a la fachada de la Gloria, cuya construcción podría implicar la demolición de edificios residenciales en la calle Mallorca.

Aunque la estricta confidencialidad del proceso le impide revelar detalles de la propuesta que ha presentado, Javier Marín conversa desde México con The New Barcelona Post sobre cómo el reto de imaginar la fachada de la Gloria le ha llevado a profundizar en el pensamiento de Gaudí y a replantearse no solo su manera de entender la Sagrada Familia, sino también aspectos de su propia obra y sus convicciones. Como único artista procedente de América entre los tres candidatos, Marín se acerca a Gaudí desde una tradición cultural y artística distinta de la catalana. Su mirada permite conocer cómo se interpreta la obra del arquitecto desde otro contexto y cómo un escultor mexicano se relaciona con el legado de Gaudí y con la ciudad de Barcelona.

— ¿Cómo fue ese primer contacto con la Junta Constructora de la Sagrada Familia?

— Fue una sorpresa y un desafío que nunca me habría imaginado. Me contactaron directamente, cuando todavía no tenía ninguna relación ni conexión con el templo, y aquello me sorprendió mucho. A partir de ahí empecé a descubrir todos los antecedentes del proyecto. Me pareció fascinante que se planteara encargar propuestas a tres artistas tan diferentes entre sí. Incluso me parecería una buena solución que los tres pudiéramos trabajar en una obra tan descomunal como esta, precisamente porque nuestros lenguajes artísticos son tan distintos. Pero la decisión está únicamente en manos de la Junta Constructora.

— Antes de recibir esa invitación, ¿qué relación tenías con la Sagrada Familia? ¿La conocías solo como visitante?

— Hasta entonces, solo conocía la Sagrada Familia como turista. Pero, como escultor, tengo esa deformación profesional que me lleva a mirar los edificios e imaginar qué podría hacer yo allí si algún día me encargaran una intervención, más allá de contemplar su belleza. Además, había un vínculo con la Sagrada Familia que venía de mucho antes. Cuando era niño, en la biblioteca de mi padre había un libro sobre la obra de Gaudí que me fascinaba. Me parecía inquietante, muy particular, y se me quedó grabado en la memoria. Por eso, cuando me ofrecieron participar en el proyecto, me conmovió: de alguna manera, era una obra que me había acompañado desde la infancia, aunque no fuera del todo consciente de ello.

Para el artista, uno de los desafíos del proyecto es traducir un relato religioso a formas capaces de interpelar a públicos diversos. © Nicola Gnesi Studio / Cortesía Archivo Javier Marín

— Has mencionado que tu padre también era artista. ¿Hasta qué punto influyó crecer en ese entorno en tu decisión de dedicarte al arte?

— Crecí en una casa donde el arte formaba parte de la vida cotidiana. Mi padre era artista y arquitecto, tenía muchos libros sobre arte e incluso dibujaba directamente en las paredes. Mi madre era cómplice de todo aquello, así que en casa se respiraba una gran libertad y creatividad: si, por ejemplo, querías dibujar en una pared, dibujabas. Y así fue como, poco a poco, fui desarrollando mis habilidades. 

— ¿En qué momento empezaste a plantearte que esa inclinación por el arte podía convertirse en una profesión? ¿Y cómo acabaste encontrando tu camino en la escultura?

— En ese momento ni siquiera sabía que se podía estudiar para ser artista, y tampoco que se podía vivir de ello. Pero cuando llegó el momento de decidir a qué quería dedicarme, descubrí la escuela de artes plásticas y me matriculé. Al principio empecé la escuela pintando y explorando distintas técnicas, pero fue descubrir la escultura y ya me quedé en ella y hasta el día de hoy. 

El escultor mexicano Javier Marín creció en una casa donde el arte formaba parte de la vida cotidiana. © Matías Álvarez / Cortesía Archivo Javier Marín

— ¿Cómo fuiste desarrollando tu propio lenguaje escultórico y cómo definirías el estilo que has construido con los años?

— Creo que mi lenguaje se fue definiendo solo. Hubo un momento en la escuela en que cuestionaba tanto mi trabajo que acabé bloqueándome. Hasta que decidí dejar de darle tantas vueltas y empezar a hacer lo que me salía de forma natural. A partir de ahí fui trabajando con más libertad, sin intentar construir un estilo de manera premeditada. Con el tiempo, empiezas a reconocer ciertas constantes en tu obra, y así se va formando un lenguaje propio. A lo largo de los años, han comparado mi obra con muchas corrientes artísticas, desde el arte clásico y el manierismo hasta la escultura prehispánica. Pero hay una definición que me gusta especialmente, la del escultor expresionista. 

"Desde el principio tuve claro que no era un encargo para hacer lo que quisiera ni una oportunidad para consagrarme como artista. La voz personal debe estar al servicio del sentido de la obra"

— ¿Crees que tu lenguaje escultórico, que has ido construyendo a lo largo de los años, podría reconocerse también en una obra como la fachada de la Gloria, dentro del universo artístico de Gaudí?

— Después de estudiar en profundidad la obra de Gaudí, he encontrado varios puntos de conexión con mi propio lenguaje escultórico, también tenemos preocupaciones parecidas en torno a la producción artística. He encontrado puntos en común especialmente en la manera de entender el cuerpo, la figura humana y las formas orgánicas. Aun así, trasladar mi lenguaje a un proyecto como este supone una gran responsabilidad, tanto artística como ética, y desde el inicio fui consciente de la magnitud del encargo. No se trata de intervenir en cualquier edificio, sino en una obra que lleva más de un siglo construyéndose y que responde a una visión espiritual muy concreta. ¿Cómo abordar hoy el discurso de la Iglesia? ¿Cómo traducirlo a un lenguaje propio sin traicionar su sentido? Estas preguntas me han llevado a un proceso de reflexión muy enriquecedor, tanto en lo personal como en lo profesional.

Marín describe a su lenguaje como un arte expresionista. © Giacomo Mozzi / Cortesía Archivo Javier Marín

— ¿Cómo has trabajado para encontrar ese equilibrio entre tu propia mirada y el universo de Gaudí?

— El desafío es reinterpretar a Gaudí sin traicionar su legado. Su obra se ha desarrollado a lo largo de más de un siglo, y eso nos obliga a preguntarnos cómo leerla hoy, desde una realidad y unos referentes muy distintos de los de su época. Se trata de comprender qué quería transmitir y encontrar la manera de expresar esas ideas a la sensibilidad de nuestro tiempo y con mi propio lenguaje artístico, sin perder el espíritu que quiso dar a la obra.

No es un reto sencillo, porque implica abordar un discurso religioso y encontrar la manera de transmitir la palabra de Jesús a través del arte. Trabajar en este proyecto me ha llevado a revisar mis propias convicciones religiosas, reconciliarme con algunas y cuestionar otras. Ya me había sucedido al realizar el retablo de la Catedral de Zacatecas. Creo que el arte también puede ser una forma de ordenar el pensamiento y comprenderse a uno mismo, y esa ha sido una de las partes más valiosas de esta experiencia.

Desde el principio tuve claro que no era un encargo para hacer lo que quisiera ni una oportunidad para consagrarme como artista. No se trataba de una obra destinada a un museo o a una galería, sino de incorporarme a un proyecto con un propósito definido y un legado que respetar. La voz personal, por tanto, debe estar al servicio del sentido de la obra y encontrar su lugar dentro de una visión colectiva.

"Me interesa que cualquier persona que se sitúe frente a la fachada pueda encontrar algo que la conmueva, incluso si desconoce la iconografía cristiana o los personajes representados"

— La fachada de la Gloria debe representar la historia de la humanidad, desde Adán y Eva hasta el Juicio Final. ¿Cómo se puede representar un relato tan complejo a través de la escultura?

— La Sagrada Familia recibe visitantes de todo el mundo, con culturas y creencias muy distintas. Me interesa que cualquier persona que se sitúe frente a la fachada pueda encontrar algo que la conmueva, incluso si desconoce la iconografía cristiana o los personajes representados. Por eso, mi aproximación ha consistido en ir más allá de la narración religiosa y explorar los símbolos que hay detrás de esas historias, capaces de abordar cuestiones que trascienden una tradición religiosa concreta. El reto es encontrar una manera de expresar esas historias que tenga sentido hoy en día y que permita conectar con personas de procedencias muy diversas.

Para ello, he pensado en valores y experiencias universales. Quizá alguien no conozca la figura de la Virgen María o su significado dentro de la tradición cristiana, pero la maternidad es una experiencia humana que puede resultar cercana a muchas personas. Me interesan ese tipo de símbolos, que permiten concentrar el relato en elementos reconocibles desde distintas culturas y creencias. No se trata de empobrecer la historia, sino de encontrar formas de contarla que puedan conectar con un público amplio. 

La figura humana es uno de los ejes de la trayectoria artística de Javier Marín. © Bernardo Arcos Mijailidis / Cortesía Archivo Javier Marín

— Eres el único artista hispanoamericano de los tres seleccionados para presentar una propuesta para la fachada de la Gloria. ¿Crees que tu origen y tu bagaje cultural te llevan a interpretar el legado de Gaudí desde una perspectiva diferente a la de Barceló e Iglesias?

— Me parece significativo que se haya elegido a tres artistas con lenguajes tan diferentes y que se haya contado también con un artista hispanoamericano. México comparte con España ciertos vínculos culturales y religiosos, aunque tiene también sus propios matices. Haber crecido en ese contexto influye, sin duda, en mi manera de acercarme a la obra. Creo que esa experiencia puede aportar una mirada particular sobre la relación entre arte, religión y cultura, y abrir nuevas formas de interpretar el legado de Gaudí desde otra parte del mundo. 

"La Sagrada Familia me ha transformado, me ha llevado a replantearme mis propias posibilidades y me ha permitido trabajar desde una perspectiva distinta de la libertad absoluta a la que estoy acostumbrado"

— Después de todo el trabajo de investigación y la inmersión en el universo artístico y teológico de Gaudí, ¿cómo convives con la incertidumbre de no saber qué decidirá finalmente la Junta Constructora?

— Estoy muy feliz con lo que ha sucedido hasta ahora. La Sagrada Familia me ha transformado, me ha llevado a replantearme mis propias posibilidades y me ha permitido trabajar desde una perspectiva distinta de la libertad absoluta a la que estoy acostumbrado. Desde el principio entendí que una decisión de esta magnitud depende de muchos factores, no solo de mi propuesta. No tiene sentido intentar inclinar la balanza. Si me toca participar en el proyecto, así será; y, si no, también lo aceptaré. No creo que no ser elegido deba convertirse en una frustración. Tampoco me gustaría estar en el lugar de quienes deben decidir, porque cualquiera que sea el resultado estará bajo el escrutinio público.

Lo importante es que el proceso ya ha sido valioso. Por encima del resultado, espero que la decisión contribuya a completar la Sagrada Familia respetando el espíritu de Gaudí. Me parece extraordinario que dedicara su vida a una obra guiado por una fe tan profunda, y que confiara su continuidad a las generaciones futuras, sabiendo que probablemente no llegaría a verla terminada.

Para Marín, independientemente del resultado, el proceso ya ha sido valioso, porque le ha llevado a replantearse sus propias posibilidades como escultor. © Eduardo Mier y Terán / Cortesía Archivo Javier Marín
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