“Dibujar me salvó la infancia, la adolescencia y parte de la juventud”. Jaime Martín se acoda a la barra, mientras, de fondo, con una calidad aceptable para el parroquiano que prefiere no escuchar música a tener que oírla mal, las notas de Overkill de Motörhead acompasan la tarde en el Bar. Pide una cerveza artesana, antes de proseguir. “El hecho de dibujar me ayudó a relacionarme con mi entorno, a socializar sin necesidad de entrar al trapo en una serie de rituales que no iban conmigo”.
Ahora, ya como adulto, el premiado y aclamado historietista de L’Hospitalet de Llobregat sigue disfrutando de esa distancia con el mundo, de ese entrar y salir desde el aislamiento de quien pasa nueve horas al día en su estudio, a salvo de la miseria moral de un mundo “regido por hijos de puta que imponen sus políticas”. A la vez, sus cómics le sirven para volcar su punto de vista, su forma de vivir y soportar la realidad.
A los catorce años su afán era convertirse en pintor. Todo técnica y realismo. “Entonces yo ya leía cómics como Tótem, Creepy o 1984”, pero su primer encuentro trascendental con la historieta iba a tener lugar cuando descubrió a Carlos Giménez. “Cuando leí sus cómics, Om, Paracuellos y tantos otros, me di cuenta de que contar historietas daba mucho de sí y que las posibilidades en este ámbito eran enormes”.
La vuelta de tuerca llegó cuando cayó en sus manos la revisa El Víbora, y aquello apuntaló su categórico deseo de convertirse en autor de cómic. “Aquella revista era de mi generación, la realidad que explicaba a través de sus viñetas era la que yo vivía en la calle. Además, su influjo fue más trascendente porque me hizo darme cuenta de que, por encima del dibujo, por encima de la forma, importaba la historia, el fondo. Aquello le dio un giro a todo lo que yo creía entonces”.
Algo de hermano mayor, algo de padre y todo un amigo
Cuando tenía quince años, Jaime Martín se presentó en la redacción de la revista Rambla, para hablar con uno de sus fundadores, el influyente dibujante Josep Maria Beà. “Fui con mi madre, que me quiso acompañar para ver quiénes eran esos tipos de los tebeos. Piensa que, entonces, querer dedicarse a esto era algo muy marciano”, rememora el artista, sin reprimir una sonrisa afectuosa.La conexión con Beà fue inmediata. “Fue el primero en creer en mí, en ver que tenía potencial. Me empezó a mandar deberes y, claro, me puse con ello al cien por cien”. La amistad entre los dos sigue intacta, tantos años después. “Para mí Josep Maria es como de la familia. Tiene algo de padre, algo de hermano mayor y algo, mucho, todo, de un gran amigo”. Y no se equivocaba, porque pocos años después, tras su paso por revistas como El Víbora o Humor a Tope, Jaime se alzaba con el premio al autor revelación en el Salón del Cómic de Barcelona de 1990, con la autobiográfica Sangre de barrio.
Fue el arranque de una producción que incluye recordados títulos como Los primos del parque, Infierno o Invisible, y que pegó un ulterior salto cualitativo cuando, en 2007, fichó por la gran editorial belga Dupuis. “Desde entonces –se enorgullece– no he vuelto a hacer ningún trabajo que no me apeteciera llevar a cabo”.
En cualquier caso, se lo toma con calma. Cada obra tiene un gran trabajo detrás y, como para tantas otras cosas, para el cómic las prisas casi nunca fueron buen animal de compañía. En estos últimos dieciocho años, el dibujante ha facturado títulos como Todo el polvo del camino, su reciente Un oscuro manto o la trilogía compuesta por Las guerras silenciosas, Jamás tendré 20 años y Siempre tendremos 20 años. Un universo al que se volverá a acercar con su próximo trabajo, cuyo guion técnico acaba de finalizar y que "narrará la historia de mis padres, de su niñez y juventud", anuncia. Ahora es cuestión de dar tiempo al tiempo, echar horas en el estudio y mantener el mundo a la debida distancia.
Con un pie a cada lado de la frontera
El artista vive en Santa Eulàlia, el límite entre Barcelona y L’Hospitalet. “De joven sí que, como chaval hospitalense, vivía la gran ciudad como esa gran jungla de asfalto misteriosa a la que bajaba con los amigos, pero ahora vivo ambas ciudades como si fueran una. Tengo el centro de L’Hospitalet y el de Barcelona más o menos igual de lejos y a los dos voy caminando o en bici”, explica, con la esperanza de que se siga reduciendo aún más el espacio que se dedica a los coches con respecto al que tienen peatones y ciclistas.
“Barcelona tiene la medida justa, tiene de todo, aunque no tardas más de tres horas en cruzártela a pie”. Y termina su cerveza antes de añadir, con una mueca de fastidio: “Lo que no entiendo es a qué responde esta tendencia, que además afecta a tantas ciudades, de ceder a la homogeneización de franquicias y negocios para turistas, cuando lo bonito de viajar a otros sitios es descubrir sus peculiaridades…”.
--- Entre las peculiaridades de aquí se halla nuestra exquisita oferta gastronómica, por si quieres cenar algo. Tenemos carta, platos combinados, tapas, raciones…
Jaime Martín suspira. “La verdad es que cada vez como menos ---confiesa---, así que optaré por una ración o un bocata”. Y guarda unos segundos de silencio, degustando la voz de Lemmy Kilmister en Keep us on the road, antes de añadir: “Lo que sí te pediré, es otra cerveza”. Artesana, claro.
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