El coeficiente intelectual de la IA era de 90 hace poco más de un año. Ahora, ya se sitúa en torno al 145. La media habitual está en torno a 100, mientras que genios revolucionarios como Einstein y Newton se calcula que tenían un coeficiente de entre 145 y 190, y el humano que mayor ha puntuado en un test de inteligencia ronda los 250.
“No existen humanos con más coeficiente intelectual. Y si la escalabilidad de la IA sigue como ahora, no hay límite, y tendrá una capacidad mayor en cualquier campo”, resume Aleix Valls, CEO y fundador de Liquid Lab, ante un absorto auditorio del Cosmocaixa, repleto de representantes de empresas catalanas vinculadas, sobre todo, a la industria, en la primera edición del ConnectAI Industry Congress.
Es una certeza que genera vértigo, pero, sobre todo, genera oportunidad. La IA permite “poner capacidad intelectual” a cualquier empresa y cualquier proyecto, a un nivel de genio. Ante esta evidencia, y desde el ámbito empresarial, la pregunta es muy clara, según Valls: “¿Qué tengo que hacer si puedo enchufar mi empresa a una capacidad intelectual infinita y muy poderosa?” —y, además, a un coste muy bajo—. De hecho, desde el ámbito de la industria, Valls va un paso más allá: “Ahora tenemos la capacidad de poner, por pocos céntimos, cerebro a la máquina. La tecnología ya existe, falta el cerebro, y ahora lo tendremos”.
Y este cerebro se irá haciendo más potente y más sofisticado. No solo lo dice la lógica ante la progresión de su capacidad, sino también la ley de la escalabilidad, que se resume en un principio claro: Cuanto algo es más grande, menos errores comete; “lo que hacemos más grande, se hace más listo”.
Este es el punto de partida de la carrera vertiginosa que han emprendido grandes tecnológicas —sobre todo ChatGPT, Gemini y Gork—, con una meta clara: llegar a tener el modelo intelectualmente más capaz. “Vayamos rápido, hagámoslo grande, porque hay un premio: llegar a ser el primero en tener una tecnología que sea capaz de cualquier cosa”.
“Cuando se llegue a esta tecnología, no se necesitará hacer ninguna otra, porque lo que habremos hecho es inventar el inventor. Y no hará falta inventar nada más”, sintetiza Valls. El coste, sin embargo, no es poco: entrenar a modelos como estos cuesta entre 100 y 150 millones. Toda esta inversión —que se suma a la de los data centers y a la energía necesarios para la IA— se traduce en valiosas herramientas para las empresas, que pueden ver multiplicadas sus oportunidades mediante la IA.
Estas oportunidades se concretan en aplicaciones prácticas vinculadas a infinidad de ámbitos, como los del agua, la energía, el packaging y la industria digital, que se han abordado durante un congreso que ha reunido a más de 400 directivos, responsables de innovación, expertos tecnológicos y representantes institucionales.
La primera edición del congreso ha puesto el acento en las oportunidades y también en barreras aún existentes, como la regulación, la inversión y la integración con sistemas industriales existentes, en un evento coorganizado por el Clúster Digital de Catalunya, el Clúster de l’Energia Eficient de Catalunya (CEEC), el Catalan Water Partnership (CWP) y el Clúster Packaging, en una alianza poco común para abordar el impacto real de la IA en sectores industriales clave.
Y este impacto puede ir más allá de lo que se pueda adivinar ahora. “Puede llegar el momento en el que el modelo de la IA esté más avanzado que el nuestro, que entienda la física, la química y el universo más que nosotros”. Y eso llevará a un punto de inflexión, en el que la IA pueda generar un tratamiento para curar una enfermedad sin que los humanos entendamos qué mecanismo ni qué principios físicos hay detrás. Y eso, en cualquier campo. Ese momento ya tiene nombre: el de la Inteligencia Artificial General (AGI). De hecho, ya tiene fecha: algunos la dibujan para 2030. Otros, para 2027.
Esta previsión abre muchas puertas, y más interrogantes. Mientras los antes debates futuristas y de ciencia ficción se van acercando más a la ciencia que a la ficción, el llamamiento a las empresas está claro: sumarse a la IA no es opcional, es estratégico. Valls lo ilustra así: “Un perro es feliz cuando llega su amo, pero no sabe dónde ha estado; vive feliz sin tener todo el conocimiento, sin saber mucho de lo que ocurre”. Con la IA, pueden cambiar roles: “Nosotros seremos como el perro”. Seámoslos conscientemente y exprimiendo las oportunidades.
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