Huelga de galerías

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12 de febrero de 2026 a las 12:05h

Las galerías de arte me han regalado muchas experiencias que yo nunca he tenido el suficiente sentido de la justicia como para retribuirles. La mayoría de museos del mundo me empalagan como una comida de sobremesa y postres con nata, pero las galerías ---y perdonadme la metáfora horripilante--- siempre nos regalan la brevedad angélica y la justa medida de un vermut. Hace muchos años, cuando vivía feliz en mi gran isla, cada sábado paseaba por las galerías de Chelsea (la suntuosa Gagosian, la entrada fabril de la Dia, la explanada insultante de la Paula Cooper) y me exaltaba con esas muestras de arte mojabragas de mis queridos pintores abstractos de Nueva York. Todo era tan absurdo y alegremente caro que los galeristas tenían la bondad de esconder los precios de sus cuadros e instalaciones, desmesuradamente overpriced para tanta pieza voluntariamente chabacana y kitsch. Pero todo aquello no iba de arte, sino de mostrar al mundo que la estética va cara.

 Las galerías de mi ciudad también han sido un extraordinario refugio de paseo. Primero fueron los espacios de Consell de Cent, bello lugar donde aún aguantan familias ilustres como los Mayoral, Gaspar y el señor Barnadas; y después, en Ciutat Vella, mi querida Sala Parés, que acaba de cerrar la magnífica Figuracions entre guerres 1914-1945, donde he podido reencontrarme con el genio de Torres-Garcia y nuestro gran Joaquim Mir. Pero de todas las galerías del barrio, también en el Carrer de Petritxol, siempre me quedaré con la bcn art/diffusion, regentada por Amor Marsé y mi padre putativo, Antoni Valero, el hombre más sabio e ironista de la tierra; recientemente han programado una muestra de Francesc Artigau, uno de nuestros pintores más felices. Pero el hogar de Toni, que fue por cierto el domicilio donde Àngel Guimerà hacía manitas con el señor Aldavert, resulta mucho más que un espacio de arte; es una madriguera inigualada de café, pastillas y pausada charla. 

Toda esta mandanga nostálgica viene a cuento porque, como sabréis, las galerías catalanas (y las del estado enemigo) acabarán hoy una justísima huelga con el objetivo de protestar por el 21% de IVA que les impone el estado en todo lo relativo a la compraventa de arte. Mientras algunos productos culturales presentan impuestos reducidos ---el caso del cine es del 10% y el de los libros de un 4%, si no me equivoco---, nuestros galeristas deben pasar por la caja estranguladora de un Estado docto en el latrocinio, el cual les impone esta tasa porque cree, de una forma absolutamente analfabeta, que esto del arte es cosa de pijos. Mientras la mayoría de países del mundo lucen un IVA cercano al 5%, nuestros adorados galeristas (que deben afrontar los gastos consuetudinarios de un establecimiento generalmente céntrico y que abren durante la mayor parte de días del año para compartir su trabajo con los ciudadanos de forma gratuita) deben sobrevivir en condiciones ahora insostenibles.

Fijaros si la cosa tiene bemoles que, por poner un ejemplo rotundo, hoy podría salirnos mucho más barato comprar una pieza de un artista catalán en París o Londres que en Barcelona, ​​donde nuestros galeristas aguantan espacios patrimoniales y de nueva creación esenciales para nuestra cultura (afrontando, con más dificultades que todo cristo, los aumentos en el alquiler y los gastos generales de un recinto especialmente iluminado y etcétera). Todo esto del dinero es importante, faltaría más, pero el hoy recalco es el desdén con el que hemos tratado a los profesionales del mundo del arte, taking them for granted y pensando a menudo que todos son unos hijos de papá que trafican con la belleza para llenar el tiempo libre. En este sentido, la tribu barcelonesa ha sido especialmente injusta y haría falta que los conciudadanos (y los concejales y consejeros del ramo) hicieran toda presión posible para que el estado reconsidere una postura cancerígena para el arte del país. 

En mi inmodesta opinión, aparte de impulsar una huelga absolutamente justificada, diría que los galeristas del país deberían haber puesto los pircarols (y equivalentes) sobre la mesa y negarse a participar en la edición de Arco de este año. Sé que hay profesionales que se juegan parte de los ingresos de toda la temporada ---especialmente los galeristas que tienen un catálogo repleto de big names---, pero a menudo es necesario hacer cosas desagradables para conseguir fines justos. Por mi parte, queridos profesionales del arte, yo seguiré visitándoos y, cuando los socialistas paren de atracarme en tanto que pobre autónomo, me regalaré algún capricho de tamaño razonable, que no estamos para demasiadas aventuras. 

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