Hostal de La Gavina. Una historia bonita

Vista aérea de La Gavina © Cedida
Vista aérea de La Gavina © Cedida

El Gran Hotel de la burguesía de Barcelona (y del mundo) en S'Agaró

16 de septiembre de 2026 a las 06:27h

Son contados los hoteles de fama mundial de categoría cinco estrellas Gran Lujo, o que pertenezcan a la prestigiosa asociación de The Leading Hotels of the World, que sean un hostal. El nombre no hace el lugar. Quien entra en el establecimiento sin saber adónde va (últimamente esto es casi imposible, como las citas a ciegas) no entiende que un establecimiento de esta categoría, y en este lugar, tenga la calificación de hostal, algo que la familia propietaria ha querido mantener a lo largo del tiempo. La Gavina es un hostal (¡y qué hostal!) cuando perfectamente podría llamarse Gran Hotel de la Gavina... y eso no ha pasado, porque siempre ha sido así: Gavina, y no Gaviota, ni siquiera en los tiempos más crudos del franquismo, cuando el catalán no era precisamente un idioma simpático para quien mandaba.

Para entender La Gavina como hostal hay que entender a los Ensesa: sus propietarios de antes, y también los de ahora. Hay que entender también que, a pesar de tener hoy 74 habitaciones (53 dobles y 21 suites), su capacidad no fue siempre esta, y cuando nació era, más que un hotel, la feliz ocurrencia de un padre y un hijo que no sabían muy bien qué hacer con dos casas que se les habían quedado sin vender.

Un industrial harinero, un hijo obsesionado con un trozo de costa

La historia comienza, como tantas grandes iniciativas hoteleras de España, con un negocio que no tenía nada que ver con alojar a nadie. Josep Ensesa Pujades, industrial de Girona dedicado a la harina y a los productos químicos, se había hecho, a principios de los años veinte, con un rincón de litoral entre la bahía de Sant Pol y la playa de Sa Conca, un trozo de costa entonces despoblado, más conocido por servir de entierro de animales que por cualquier otra cosa. Ensesa Pujades ya explotaba allí unos rudimentarios "baños de S'Agaró" que atraían, en autobús y en barco de vapor, a bañistas de Girona y turistas de Barcelona.

Sin embargo, fue su hijo, Josep Ensesa i Gubert, quien vio en aquel lugar algo más que un negocio de temporada. Junto con el arquitecto Rafael Masó i Valentí, concibió en 1924 lo que hoy llamaríamos, sin exagerar, un proyecto urbanístico visionario: una ciudad jardín volcada al Mediterráneo, pensada para que el arte, los negocios y la buena sociedad se encontraran con estilo. Aquello se bautizó como S'Agaró, y su primera pieza, la Loggia de Senya Blanca (residencia de los propios Ensesa, cuyo nombre le pusieron los pescadores de la zona porque les servía de referencia visual cuando no había ningún otro edificio en el lugar), se levantó a principios de la década de los 20.

Sala de estar de La Gavina © Cedida -

Ensesa y Masó no dejaron nada al azar. Todo comprador de parcela en la nueva urbanización debía someterse a un estricto pliego de condiciones: ninguna casa podía superar los nueve metros de altura, para que todas conservaran vistas al mar; ninguna parcela podía bajar de los mil metros cuadrados; solo se podía edificar sobre una séptima parte del terreno, y toda construcción o reforma exigía el visto bueno del arquitecto de la urbanización. Este celo casi obsesivo por preservar el paisaje, insólito en la España de entonces, y no digamos ya en buena parte de la de ahora, es la razón por la cual S'Agaró sigue pareciendo, un siglo después, un lugar impecable detenido en el tiempo.

Dos casas que nadie compró

La Gavina, establecimiento que ha acabado siendo la joya de aquella corona, no nació, sin embargo, como hotel. Se trataba de dos viviendas gemelas, concebidas para parecer un único gran chalet, que los promotores de la urbanización no lograron vender. Fue Josep Ensesa i Gubert quien convenció a su padre de darles otro uso, y así, con once habitaciones y un restaurante, abrió sus puertas el 2 de enero de 1932 (hay quien data la inauguración un día después, el 3 de enero, según el relato familiar) el Hostal de La Gavina. Un lugar que cobraba entonces 25 pesetas diarias en pensión completa.

El nombre no fue casual ni menor: se le llamó "hostal", y no "hotel" ni mucho menos "gran hotel", con la deliberada intención de que aquel lugar conservara un trato familiar, casero, casi de residencia de amigos que se abre a unos pocos huéspedes privilegiados. Casi un siglo después de aquella decisión nominal, la familia Ensesa continúa sin querer cambiarla, a pesar de que el establecimiento se convirtió, con el tiempo, en el primer cinco estrellas Gran Lujo de Cataluña y en el primero de España admitido en el club de los Leading Hotels of the World, distinción que llegaría en 1962.

La Gavina © Cedida -

La primera reforma del edificio, para adaptarlo de chalet a hotel, la firmó el mismo Rafael Masó, que además proyectó las pistas de tenis. Masó murió en 1935, antes de ver crecer del todo su criatura, y después de la Guerra Civil fue Francesc Folguera quien se hizo cargo de las obras de S'Agaró y transformó completamente el edificio, del cual hoy apenas queda en pie un pasillo de la obra original de Masó.

La Gaviota que nunca fue

Comentábamos antes, casi de pasada, una anécdota que retrata mejor que ninguna otra el carácter de la casa y de sus dueños. Acabada la Guerra Civil, con el catalán proscrito de la vida pública y las autoridades franquistas empeñadas en castellanizar todo aquello que sonara a lengua vernácula, alguien propuso rebautizar el hostal como "La Gaviota". Fue el mismo Josep Ensesa Pujades quien consiguió frenar aquel despropósito, y lo hizo, explican, con un argumento tan sencillo como eficaz: que "gavina" también era una palabra del castellano antiguo, de modo que no había nada que traducir. El hostal continuó llamándose Gavina en los años más crudos del régimen, y así ha continuado llamándose desde entonces. No es un detalle menor: en un lugar acostumbrado a que el lujo se mida en mármoles y lámparas de Murano, la verdadera distinción de La Gavina ha sido siempre esta tozudez silenciosa por conservar su nombre, su escala y su trato de casa, en contra de cualquier tentación de grandilocuencia.

La Gavina © Cedida -

El otro gran sueño de la Costa Brava: Cap Sa Sal y los Andreu

Conviene, llegados aquí, abrir un paréntesis, porque La Gavina no inventó en solitario el lujo de la Costa Brava, aunque sí que fue quien mejor supo hacerlo perdurar. Treinta años después de que los Ensesa abrieran su hostal de once habitaciones, otra gran familia de la alta burguesía catalana, los Andreu, levantaron en Begur, sobre el acantilado de Cap Sa Sal, entre las calas de Sa Tuna y Aiguafreda, un hotel aún más grande y más audaz. Ocho años de obras, un embarcadero privado para recibir invitados por mar, discoteca, sala de fiestas, cinco restaurantes, tres bares e incluso una cueva flamenca donde actuaba habitualmente La Chunga: así era Cap Sa Sal, que abrió sus puertas en julio de 1963 con 230 habitaciones y suites, proyectado por el arquitecto Josep Maria Bosch Aymerich, con jardines de Rubió y Tudurí.

Durante los años sesenta y buena parte de los setenta, Cap Sa Sal fue el otro polo de gravedad social de la Costa Brava, el lugar donde Julio Iglesias o Lola Flores actuaban en verano para celebridades e incluso jefes de estado. El establecimiento de Begur era un destino que competía en glamour con La Gavina sin necesidad de imitarla, porque su vocación era exactamente la contraria: no la casa familiar y discreta de los Ensesa, sino el gran resort de vanguardia, casi una pequeña ciudad de vacaciones de alto nivel volcada al Mediterráneo. Pero el sueño de los Andreu no resistió el cambio de ciclo turístico de los setenta, ni el reto de sostener un complejo de tales dimensiones, y en 1979 el hotel cerró para siempre, reconvertido después en comunidad de apartamentos.

Histórica fiesta de Peter Sellers en La Gavina © Cedida -

Que Cap Sa Sal haya sobrevivido solo en las postales y en la memoria de quien bailó allí, mientras La Gavina sigue abriendo sus puertas cada temporada desde 1932, no es un simple azar del destino, sino la prueba, por contraste, de aquella intuición que tuvo Josep Ensesa y Gubert: que en el lujo, a veces, la prudencia dura más que la espectacularidad. Los dos hoteles, cada uno a su manera, marcaron una época irrepetible de la Costa Brava; solo uno de ellos consiguió que aquella época no terminara nunca del todo.

Ava Gardner, una discusión y otros pecados de Hollywood

Si algo consagró La Gavina en el imaginario internacional fue el cine. En 1950 llegó a S'Agaró el rodaje de Pandora y el holandés errante, de Albert Lewin, con Ava Gardner como protagonista. El reparto se alojó en el hostal, y de aquellas noches de rodaje surgió un romance entre la actriz y el torero, actor y poeta catalán Mario Cabré. Frank Sinatra, entonces pareja de Gardner, se plantó en S'Agaró hecho una furia y protagonizó, en el mismo bar de La Gavina, la discusión con su novia que el cronismo de sociedad de medio mundo recogió con deleite. Cabré, despechado, dedicó a Ava unos versos en su dietario poético de aquel mismo 1950 que la posteridad, con más glamour que rigor, ha convertido casi en leyenda local.

No fue el único incidente memorable. En 1959, mientras se rodaba en la zona De repente, el último verano, Elizabeth Taylor tuvo la ocurrencia de tumbarse, con el bañador todavía empapado de agua de mar, sobre una valiosa colcha de una de las habitaciones. La dirección del hotel, fiel a aquel rigor doméstico que los Ensesa nunca abandonaron ni con sus huéspedes más ilustres, no se lo pensó dos veces: la actriz, nada menos que Elizabeth Taylor, fue educadamente invitada a marcharse. En La Gavina, ni siquiera Hollywood estaba por encima de la ropa de cama.

Taverna del Mar de La Gavina © Cedida -

Tampoco faltó nunca el rigor en el vestuario. Durante años, ni el calor más sofocante y húmedo del verano de S'Agaró libró a los invitados a las fiestas del hotel de acudir con americana y corbata, una norma no escrita pero inapelable que convivía, sin ninguna contradicción, con el trato cercano y casi de casa particular que era el sello de identidad del establecimiento. El lujo, en La Gavina, siempre tuvo esta doble cara: la informalidad de fondo y la etiqueta de forma.

El anecdotario, con el tiempo, se ha vuelto casi tan valioso como el patrimonio artístico de la casa.

Porque por La Gavina, además de estrellas de cine, ha pasado prácticamente todo el mundo que ha sido alguien en el último siglo: John Wayne, Sean Connery, Peter Sellers y Britt Ekland, Jack Nicholson, Robert De Niro, Liam Neeson, Laurence Olivier, Orson Welles, Charles Chaplin, Lauren Bacall, Cole Porter... También la política y la vida pública de este país: Francesc Macià, Lluís Companys, Manuel Azaña, la mayoría de los ministros del franquismo, todos los presidentes de la Generalitat de las últimas décadas, los entonces príncipes —después reyes— Juan Carlos y Sofía, y más tarde el propio Felipe VI. Y la música, con Charles Aznavour, Julio Iglesias, Tom Waits, Shakira o Lady Gaga entre los nombres que se han dejado ver por sus salones. El futbolista y entrenador Johan Cruyff llevó algunas pretemporadas a sus equipos del F.C. Barcelona. Salvador Dalí, cómo no, fue huésped de estos lugares, porque ningún relato de excentricidad y buen gusto en la Costa Brava puede prescindir de su presencia.

Cuatro generaciones sin perder el pulso

Una cosa verdaderamente singular de La Gavina, más allá de sus huéspedes ilustres, es que sigue siendo, un siglo después, cosa de una sola familia. A Josep Ensesa i Gubert, alma del proyecto original, le sucedió su hijo Josep Ensesa Montsalvatge, y a este, la tercera generación. Hoy son los hermanos Júlia, Virginia, Carina y Josep Ensesa Viñas quienes están al frente del hostal, cada uno con su parcela de responsabilidad, en lo que la familia entiende no como una empresa hotelera al uso, sino como la administración de un legado. La longevidad de esta gestión familiar, poco común en el sector del gran lujo, es probablemente la explicación última de por qué La Gavina ha sabido crecer (de las once habitaciones iniciales a las que tiene hoy) sin perder nunca el aire de casa particular que le quiso dar su fundador.

La Gavina © Cedida -

Un hilo rojo hasta el corazón de Barcelona

Hay un detalle que se escapa por lógica a quien solo mira La Gavina desde S'Agaró hacia afuera, y que vale la pena estirar, porque conduce, sin quererlo ni buscarlo, hasta el centro mismo de Barcelona. Después de la reconstrucción de posguerra de Francesc Folguera, y a la muerte de este en 1960, fue el arquitecto Adolf Florensa quien firmó las últimas grandes intervenciones del hostal, entre ellas el vestíbulo actual y la piscina de Garbí: es decir, buena parte de la fisonomía que hoy sigue reconociendo cualquier huésped que cruce la puerta.

Y resulta que este mismo Florensa, arquitecto municipal de Barcelona y uno de los grandes nombres (discretos y poco glosados en las guías) de la arquitectura novecentista catalana, es el autor de dos edificios que cualquier viajero de hoy asocia también al lujo hotelero, aunque sin saber, quizás, que comparten firma con La Gavina. Uno es la antigua Casa Cambó, la residencia que el político y financiero Francesc Cambó se hizo construir en 1925 en plena Via Laietana, hoy reconvertida en el Grand Hotel Central. El otro es el edificio, proyectado por Florensa en 1947 delante de la fachada de la Catedral de Barcelona, que cuatro años más tarde acogería el Hotel Colón, el hotel que frecuentaron Joan Miró, Ernest Hemingway o Tennessee Williams, y que hoy, después de su última renovación, ha pasado a llamarse Lamaro.

"Junto a la playa de Sant Pol, sigue en pie La Taverna del Mar, hoy reconvertido en un restaurante muy apreciado en la zona"

Estirando este hilo rojo, resulta que incluso de S'Agaró y de los Ensesa acaban saliendo historias colaterales: la de un arquitecto que, sin proponérselo, acabó firmando tres de los rincones donde diversas generaciones de la burguesía barcelonesa (y del mundo entero, de paso) pueden sentirse como en casa. La Gavina, eso sí, sigue siendo la única de las tres que nunca dejó de llamarse hostal.

El edificio actual, fruto sobre todo de la reconstrucción de posguerra de Francesc Folguera y de sucesivas ampliaciones y puestas al día, combina pasillos abovedados, cambios de nivel entre plantas y salones de una pulcritud casi doméstica, decorados con tapices flamencos, tallas románicas, lámparas de Murano y baños de mármol de Carrara. En 1967 se construyó la piscina de agua salada, presidida desde el año siguiente por una Venus Mediterránea en mármol blanco, obra del escultor Joan Rebull. A pocos metros de la fachada principal arranca el Camí de Ronda, un paseo de unos dos kilómetros sobre las rocas entre las playas de Sant Pol y Sa Conca, empeño personal de Josep Ensesa i Gubert y del mismo Masó, que hoy sirve tanto para pasear como, en los meses cálidos, para nadar siguiendo el trazado de boyas que marca su recorrido. Junto a la playa de Sant Pol, a apenas doscientos metros del hostal, sigue en pie La Taverna del Mar, el antiguo merendero familiar del cual en realidad procede todo el negocio de los Ensesa en la zona, hoy reconvertido en un restaurante muy apreciado en la zona.

Taverna del Mar de La Gavina © Cedida -

Un hostal que no quiso ser un gran hotel

Queda, al final de todo, la pregunta con la que se abre este reportaje: por qué La Gavina, pudiendo llamarse de cualquier otra manera más acorde con su categoría, sigue siendo, en sus propios papeles y en su propia puerta, un hostal. La respuesta, después de casi un siglo, parece estar menos en la arquitectura o en el listado de huéspedes ilustres que en una idea muy concreta que Josep Ensesa i Gubert tuvo en 1932 y que sus descendientes no han querido tocar: que el lujo verdadero no consiste en el tamaño del letrero de la entrada, sino que quien atraviesa esa entrada se sienta, durante los días que dure su estancia, como en su casa. Todo lo demás. Como las suites, los mármoles, las estrellas de Hollywood o la pertenencia a The Leading Hotels of the World, ha ido llegando por añadidura.

La Gavina cumple ya casi un siglo abriendo sus puertas cada temporada, sin haber cambiado de dueños ni de nombre

Otros hoteles legendarios de la Costa Brava, como el mismo Cap Sa Sal, tuvieron su momento de esplendor y se apagaron con el cambio de los tiempos. La Gavina, en cambio, cumple ya casi un siglo abriendo sus puertas cada temporada, sin haber cambiado de dueños ni de nombre, en el mismo rincón de costa que soñaron un padre y un hijo con más intuición que plan de negocio. El hotel y la urbanización que lo rodea son un lugar verdaderamente único en el mundo: no hay ningún otro igual, ni falta que le hace. La de este lugar, en el fondo, es una historia bonita porque es, sobre todo, la historia de una cabezonería: la de no dejar nunca de ser un hostal pudiéndolo hacer con todo el dere