La historia del "Banyut"

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27 de junio de 2026 a las 05:30h

La cerveza nacional de la tribu concibe nuestro país como un lugar de leyenda que debe explicarse a través de actores, músicos, futbolistas y algún cocinero de mirada inquietante, autor de dulzainas estrafalarias. Esta es una idea que solo puede llevar a consecuencias nefastas, porque las fábulas siempre nos acercan al arte de la metáfora (es decir, a la retórica cursi de los perdedores) y, a su vez, las profesiones que ahora citaba son el ejemplo perfecto de la distancia sideral existente entre la virtud racional-ética que todo el mundo les presupone y la pobreza discursiva que tienen en realidad.

En el caso del anuncio de la apología mediterránea de este año, el carácter idílico de esta retahíla de hombrones y mujerones que se cuentan romances a la orilla del mar, con la alegría experimentada por la peña que cree descubrir la luna cerveza en boca, ha tenido un imprevisto sintomático, visto que nuestro defensa rizado (escribo nuestro porque fue ungido entre las paredes de La Masia) ha decidido cagarse en su infancia futbolística, fichando por aquel equipo del kilómetro cero que quiere robarnos la ilusión.

Detalles y protagonistas aparte, la historia del Canyut tiene su guasa, porque expresa a la perfección la melancolía de acción con la que muchos querrían castrar el carácter nacional. Como ya sabréis, el comercial explica la trama de un hombre de interior, desconocedor de la magia del Mediterráneo, que es trasladado a un pueblo de la costa para medir terrenos (gracias a la fábula, muchos compatriotas han aprendido la definición de la palabra “teodolito”, que no es poca cosa).

Hay que reconocer a los publicistas cierta inmersión en la Wikipedia, pues muchas de las leyendas mediterráneas se hacen de hombres ahogados en el mar que, como en esta ocasión, son rescatados por una hembra que los enamora pero que, justo cuando se dan cuenta de que la querrían para siempre, se larga para condenarlos a la espera sempiterna. Esta es la losa del pobre Canyut, que cada día va a empinarse la birra en el mismo bar donde había conocido a la amazona -la llamaremos Meritxell- anhelando que tenga la bondad de volver a los lugares del primer beso. Decía Roland Barthes que el enamorado, sin más, es aquel que espera.

Todo esto puede parecer muy poético pero, en el caso de nuestro país, la ética del Canyut nos aboca irremisiblemente a la más absoluta de las miserias y el empequeñecimiento más espantoso. Esta historia, si hilamos fino, no deja de basarse en la ética del famoso “lo tenemos a tocar” porque, a parecer de estos pérfidos anunciadores, siempre acabará siendo mejor imaginar el regreso de una señora que no tocarle las nalgas en una cala. Es esta cosa tan de catalanita de hacerse el derrotado en soledad para que otros puedan glosar tu capacidad de persistencia; es esta idea según la cual lo importante no es llevarse a la chati al catre, sino poner cara de bobo mirando el mar, como la pobre Cio-Cio-San, esperando que la manzana escogida tenga la bondad de presentarse. Déjame contarte algo que no te dirán nuestras estrellitas, caro Canyut; Meritxell no solo te hará esperar en vano, sino que ahora mismo toma el sol en otras calas del mundo, mientras algún manso brasileño le unta los hombros de crema y ella va imaginando cómo lo empotrará a cuatro patas cuando le regale el consentimiento...

El misterio del Canyut es el protagonista del nuevo anuncio de la Damm

Habría que rebautizar esta película nefasta de la escuela mediterráneamente y, para hacer justicia al desventurado protagonista, llamarle “la historia del Banyut”, porque solo así puede considerarse a este personaje que pierde las noches mientras la amada ya hace tiempo que ha pasado página. En este sentido, quizás el anuncio debería ser únicamente protagonizado por el maléfico Cucurella, puesto que en can Barça todavía lo esperaban haciendo poesía con vistas al mar... mientras el chaval ya se compraba una billetera de piel bien holgada.

Afortunadamente, no todos los catalanes caemos en esta espantosa ética de la derrota ni somos fruto de un ejemplo tan doloroso de tolidez moral disfrazada de amor al mar salado. De hecho, mientras preparaba este artículo, me quedé helado cuando descubrí que yo, y quién sabe si solo yo, conocía la verdadera historia del Canyut. Lo había tratado en Manhattan hace más de veinte años cuando, lejos de esperar damiselas y de encararse al océano con pose tristona, pintaba (bellamente) los contornos de la ciudad gracias a la ayuda de unos cuantos amigos capitalistas. 

No entraré en detalles por cortesía y porque de vez en cuando hay que mantener la discreción, pero me encanta comprobar por enésima vez que -bajo las leyendas poéticas de este país nuestro y de los místicos que las enarbolan con aire de trascendencia- siempre se esconde un espíritu caja-cobri. Comenzaremos así el verano, con este pensamiento tan digno, queridos lectores de la Puñalada: no esperéis nada, que Meritxell no volverá, y bien que se lo pasa, la muy santa...  
 

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