En el debate sobre el turismo en Barcelona a menudo nos quedamos atrapados entre dos extremos. Por un lado, su indiscutible impacto económico. Por otro, las tensiones que genera en la vida cotidiana de la ciudad. Pero entre estos dos polos existe a veces un hilo invisible donde personas comprometidas devuelven a la sociedad los beneficios que genera su empresa. El Museo Egipcio de Barcelona es un ejemplo de ello. Nació en 1994 impulsado por Jordi Clos, empresario y mecenas, presidente del grupo Derby Hotels, una empresa barcelonesa familiar gestionada actualmente por la tercera generación.
Sin este tejido empresarial, y sin la voluntad expresa de querer crear riqueza social, no habría sido posible el Museo Egipcio de Barcelona, un centro que nace de la sociedad civil para la sociedad civil, creado desde la iniciativa personal con la voluntad de llenar un vacío histórico en nuestra ciudad.
Desde el inicio, el proyecto cultural del museo se planteó con una voluntad muy clara: compartir una colección de arte y arqueología que permitiera convertirla en una herramienta de divulgación y formación en Egiptología. Una disciplina que, cuando yo estudiaba, prácticamente no existía en Catalunya. Actualmente, el museo cuenta con más de 1.350 piezas de la cultura faraónica y organiza más de 150 actividades anuales, sin contar las visitas guiadas. Hablamos de un espacio que acerca al visitante a la historia, la cultura, el arte y la lengua del antiguo Egipto.
Este compromiso, que se mantiene con firmeza y sin depender de los recursos de la administración pública, se refleja en cifras concretas. Cada año, unos 35.000 niños y niñas pasan por el museo a través de los programas educativos. En más de tres décadas, ya son cerca de 300.000. Es una labor que nunca se ha detenido. Al mismo tiempo, los últimos estudios de públicos realizados por el museo, sin tener en cuenta al público escolar, constatan que más del 60% de nuestros visitantes son de Barcelona y que el 50% son menores de 40 años. Esto dice mucho: somos un museo con proyección internacional, pero profundamente arraigado en la ciudad, con un público notablemente joven.
Quizá este sea el resultado de haber fundado una entidad con la voluntad de generar nuevas vocaciones entre los más pequeños. Cuando un niño o una niña descubre el antiguo Egipto, en realidad está descubriendo algo más que una antigua civilización: está descubriendo que el conocimiento importa, que el patrimonio tiene valor, que existen otras culturas y otras maneras de entender el mundo. Es ahí donde la cultura desempeña su papel más importante: despertar la curiosidad y construir una mirada más crítica y abierta.
La cultura tiene una fuerza que a menudo olvidamos: es transversal. No entiende de perfiles ni de niveles, y es capaz de llegar a personas muy diversas. También es un punto de encuentro entre quienes visitan y quienes viven en la ciudad.
Esta no es la parte del turismo que genera titulares, pero sí la que acaba teniendo mayor recorrido. En el caso del Museo Egipcio de Barcelona, esto se concreta en acciones muy tangibles: exposiciones, actividades educativas, becas para colectivos en riesgo de exclusión social, talleres para escuelas, cursos para adultos y excavaciones arqueológicas que ponen en valor el patrimonio cultural egipcio. Y lo hace desde un modelo de autogestión que le permite sostenerse sin depender de recursos públicos.
“Barcelona no debería ser solo una ciudad para consumir; Barcelona debe ser una ciudad para aprender, para entender, para inspirar y para ser respetada”.
En los últimos años, Barcelona ha empezado a orientar su modelo turístico hacia la cultura. Desde mi punto de vista es una decisión acertada. No solo porque diversifica la oferta, sino también porque permite dejar atrás un modelo demasiado vinculado al ocio y avanzar hacia un turismo más conectado con el conocimiento y el respeto por la ciudad. La cultura invita a otra forma de mirar Barcelona, más consciente y respetuosa. Por este motivo, creo que el debate sobre el turismo debe ir más allá de la regulación. Es necesario hablar de retorno, de responsabilidad y de proyecto de ciudad.
Los museos, y en general los equipamientos culturales, tienen aquí un papel clave. Son espacios que explican Barcelona, que la conectan con el mundo y que dan sentido a la visita. Si sabemos reforzar este papel, el turismo puede convertirse en un aliado para construir una ciudad que se proyecta desde el conocimiento. Barcelona no debería ser solo una ciudad para consumir; Barcelona debe ser una ciudad para aprender, para entender, para inspirar y para ser respetada. Y la cultura, ya sea a través de propuestas organizadas por museos, teatros, conciertos o experiencias culinarias, así como la propia cultura que aportamos los ciudadanos de a pie, es la mejor manera de conseguirlo.
Barcelona lleva tiempo viviendo instalada en un debate polarizado en el que todavía hay muchos aspectos por resolver y en los que se está trabajando. Pero a veces es necesario ir más allá y ver esos hilos invisibles que actividades como el turismo tejen en otras partes del tejido de la ciudad.
