Göteborg, o cómo convivir con la sombra de una vida que no llegó a existir

Roger Coma i Maria Molins a Göteborg. © Focus
Roger Coma i Maria Molins a Göteborg. © Focus

Jordi Casanovas firma en La Villarroel una propuesta singular en su trayectoria: una comedia sentimental que sumerge al espectador en un viaje por los recuerdos, los amores de adolescencia y las conexiones perdidas. Un recorrido emocional filtrado por la teoría sueca del amor y sostenido por personajes inteligentes, llenos de capas y contradicciones

(Redactora en The New Barcelona Post)
22 de enero de 2026

La imaginación es una capacidad que diferencia a los humanos del resto de los animales del planeta. Gracias a ella somos capaces de soñar, crear historias o inventar objetos imposibles. Al mismo tiempo, sin embargo, esta facultad puede convertirse en nuestra peor enemiga: a menudo vivimos atrapados en estas historias que hemos creado solo en nuestra mente, pero que nos persiguen como una sombra de la que no podemos escapar. Revisamos constantemente aquellos y si que nunca se convirtieron en realidad: los caminos que no recorrimos, la carrera que no comenzamos, las personas que fuimos perdiendo por el camino. Incluso ese amor adolescente que no llegó a prosperar.

Es precisamente en esas vidas imaginadas —pero nunca vividas— donde se adentra Göteborg, la última propuesta de Jordi Casanovas, en cartel en La Villarroel hasta el próximo 31 de enero. Lo hace a través de una pareja de protagonistas que, a primera vista, parecen opuestos. Él, un informático analítico y obsesivo que concibe el amor como una patología, una simple alteración química del cerebro, y que somete los sentimientos humanos a la lógica y la razón, como si la fórmula del amor fuera una simple operación de álgebra o un balance empresarial con activos y pasivos. Ella, una mujer impulsiva, rebelde e independiente, marcada por la teoría sueca del amor, que defiende que solo puede existir una relación sana si se fundamenta en la independencia personal.

Dos formas opuestas de entender las relaciones, la vida y el paso del tiempo que se (re)encuentran con Depeche Mode como banda sonora: el grupo que los unió en la adolescencia y cuyas melodías aún resuenan en sus mentes, como un eco persistente de aquellas jóvenes versiones que fueron.

Sergi (Roger Coma) y Paula (Maria Molins) se reencuentran después de 32 años con Depeche Mode como banda sonora. © David Ruano / Focus

Y si Depeche Mode es la banda sonora de este nuevo espectáculo teatral, el reto que deben enfrentar sus dos protagonistas se parece más a un thriller policial que a una comedia romántica. Juntos, Sergi (Roger Coma) y Paula (Maria Molins) se enfrentan al misterio de revisitar aquella noche de hace más de treinta y dos años en la que todo se rompió. ¿Por qué discutieron a las puertas del concierto de Depeche Mode durante el viaje de fin de curso a Gotemburgo (Suecia), después de tres días de una conexión tan intensa como inesperada? ¿Cómo se apagó la chispa de un amor que apenas empezaba a latir?

Todas estas preguntas se concentran en una sola noche. Una noche en la que los personajes revisitan recuerdos dolorosos a través del diario adolescente de Paula, un cuaderno que funciona casi como una transcripción literal de los hechos, pero que, curiosamente, no contiene ningún registro de aquel episodio fatídico en el que todo se rompió. Aquella noche en la que la vida que apenas comenzaban a imaginar juntos se convirtió en una sombra del pasado: un camino posible que no llegó a existir y que solo vive en su memoria.

Con este argumento como telón de fondo, el dramaturgo Jordi Casanovas sorprende con un registro poco habitual en su trayectoria: el de la comedia sentimental, sin grandes momentos de carcajada, pero cargada de fina ironía. El autor de Jauría, Un menú tancat o Vilafranca sitúa en esta última producción, casi por primera vez, el enamoramiento en el centro del relato. Y no un enamoramiento cualquiera, sino el de un amor adolescente, cargado de nostalgia: un sentimiento efímero, que apenas comenzaba a nacer, pero que marcó para siempre la vida de los dos protagonistas. Hasta el punto de que ambos optaron por huir —no solo en sentido metafórico, sino también literal— refugiándose en otros lugares del mundo y resignándose a una existencia aparentemente tranquila, pero carente de conexiones profundas y emociones reales.

El dramaturgo Jordi Casanovas sorprende con un registro poco habitual en su trayectoria: el de la comedia sentimental. © David Ruano / Focus

Hasta que un día Paula irrumpe en plena noche en casa de Sergi, mientras él lee tranquilamente en pijama. Hace décadas que no saben nada el uno del otro; ni siquiera han mantenido contacto a través de las redes sociales. El reencuentro se convierte entonces en un interrogatorio a dos bandas para reconstruir el pasado, con una única premisa: solo tienen una noche, un diario incompleto y recuerdos fragmentados —quizá distorsionados por el exceso de tragos de Schnapps—. Y una pregunta que planea constantemente sobre el escenario: ¿qué busca Paula al visitar a Sergi: cerrar definitivamente la puerta a una vida posible que no llegó a existir o reabrirla para dejar de imaginarla y, finalmente, vivirla?

Como aliados inesperados, sobre el escenario Paula y Sergi cuentan con sus versiones adolescentes —aquellas que solo habitaban en su imaginación, pero que durante una noche vuelven a materializarse—, interpretadas por Jan Mediavilla y Berta Rabascall. Personajes construidos a partir de ciertos clichés adolescentes —él, el friki incomprendido que nunca ha experimentado el amor; ella, la joven rebelde e impulsiva que esconde sus demonios tras una coraza—, pero que resultan esenciales para poder reconciliarse con sus yos adolescentes y perdonar los errores que precipitaron la ruptura. Porque quizá no puedan modificar lo que pasó, pero sí el recuerdo que guardan de ese momento.

Berta Rabascall y Jan Mediavilla dan vida a sus versiones adolescentes. © David Ruano / Focus

Una comedia romántica que, sin embargo, no renuncia a los sellos habituales de Casanovas: personajes inteligentes, enigmáticos, llenos de secretos que se esconden bajo la superficie y que se van revelando progresivamente. Este viaje emocional encuentra su espacio natural en La Villarroel, un escenario que el dramaturgo conoce bien y donde parece sentirse especialmente cómodo, después de estrenar allí títulos como Conspiranoia o La dansa de la venjança

Sobre el autor

Ainara Valadez
Ainara Valadez Medina

Redactora en The New Barcelona Post

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