“Gaziel forma parte, junto con Julio Camba, Josep Pla o Manuel Chaves Nogales, de la mejor generación del periodismo español del siglo XX”, declama Francisco Fuster, Profesor Titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia y autor de Insobornable (Galaxia Gutenberg), la primera biografía escrita en castellano que repasa la vida, obra y trascendencia de Agustí Calvet, alias Gaziel.
“Eran periodistas modernos y cosmopolitas, porque todos ellos trabajaron como corresponsales. Viajaron por todo el mundo y establecieron contactos con otros periodistas. Conocían el periodismo español, pero también el europeo y el estadounidense”, añade este académico, especializado en historia de la cultura española del siglo XX con un marcado foco por el estudio biográfico de grandes escritores y periodistas de ese período.
Nacido en el seno de una familia burguesa en Sant Feliu de Guíxols en 1887, todavía niño Calvet se muda a Barcelona, donde soporta una vida familiar árida y llena de sinsabores. “Era hijo de un burgués rentista, que había ganado mucho dinero con sus negocios. Recibió una educación acorde a su estatus, formándose en colegios religiosos, a cargo de los jesuitas, donde coincidió con los hijos de la burguesía catalana de entre siglos”, argumenta Fuster.
Culto y sensible, lector pertinaz enamorado de la lengua y la cultura catalana y de la cultura francesa, abandona los estudios de Derecho y se acaba doctorando en Filosofía con la idea de entrar en el mundo de la universidad. En este sentido, el periodismo se cruza en su camino casi por casualidad, y empieza a practicarlo para La Veu de Catalunya de la Lliga Regionalista con cierta renuencia, con un clasismo distante que trata el hecho de escribir sobre la actualidad como un oficio menor y de escasa trascendencia. Es cuando elige el sobrenombre de Gaziel –que alude al daimon, o genio socrático– para marcar distancia entre el hecho de ser periodista y su deseo de usar su nombre y apellido de verdad, en su faceta de académico.
Cambio de rumbo, y de coordenadas
El estallido de la Primera Guerra Mundial agarra a Gaziel en París, que será siempre la ciudad de sus amores, la urbe donde se respira, en total libertad, esa gran cultura humanista que le da la proverbial vida. Desde la capital francesa, empieza a enviar artículos a La Veu, pero a Prat de la Riba, director de la cabecera y germanófilo de pro, no le acaban de gustar. Aun así, encantado por el estilo de aquellas crónicas que mezclan erudición y lucidez, unidas a un estilo elegante y sereno, contemporizador, el entonces codirector de La Vanguardia, Miquel dels Sants Oliver, ficha a aquel joven para que envíe sus escritos al periódico de la familia Godó.Empieza así una relación con La Vanguardia que durará hasta 1936 y que, además de cambiar sus coordenadas vitales, cambiará a mejor el rumbo del periodismo catalán. Primero como corresponsal, luego como redactor y, más tarde, como director, este “hombre liberal y de mentalidad abierta, aunque perfectamente consciente de su clase social” marca un antes y un después en el proceso de modernización de la prensa catalana.
Aun así, su abandono del catalán en favor del castellano no es bien recibido por parte del sector más radical del catalanismo. “En realidad, Gaziel era muy apreciado y respetado en casi toda España, tanto por gentes de derechas, como por lectores de izquierdas. El único rencor que recibió procedía del catalanismo secesionista, que le consideró un botifler por, supuestamente, haber traicionado a su patria, al ponerse a escribir en castellano, para un periódico anticatalanista, como era considerado La Vanguardia en aquella época”, explica Fuster. Entre sus grandes detractores, se hallan Prat de la Riba o Josep Pla, con el que, eso sí, años más tardes acabarían trabando una buena amistad.
El caso es que, gracias a su formación humanista y su (digamos) ponderación burguesa y culta, Gaziel imprime un nuevo estilo al rotativo. Un periodismo de opinión y análisis moderno, catalanista y conciliador, de hechuras federalistas y alma profundamente europea. “No era un hombre de actitudes extremas”, recuerda el autor de Insobornable, “que es un adjetivo con el que él mismo se definió en uno de sus artículos, y con el que yo he titulado la obra en alusión a su trayectoria como periodista, en que mantuvo una coherencia que duró toda su vida”.
Huida y hundimiento
Profundo conocedor de la historia, la condición humana y el cainismo típicos de estas latitudes, entre 1931 y 1936 son reiteradas las veces en las que, en sus artículos, Gaziel anticipa el estallido de una Guerra Civil. “Sin verbalizarlo de forma tan expresa, sí avisa de que el rumbo que está tomando la República no presagia nada bueno”, razona Fuster. “Desde que se proclama el nuevo régimen, su mayor empeño es concienciar a la derecha y a la izquierda de que deben implicarse y aceptar las nuevas normas del juego. Muy pronto ve que eso va a ser muy difícil, porque España es un país sin una clase media fuerte: ‘Una República sin republicanos”.En medio del ambiente enrarecido de la retaguardia, y ante las amenazas de los anarquistas de asesinarlo, huye a París, donde se exilia con su familia. Y ahí empieza su hundimiento, en primer lugar, claudicando con Francesc Cambó, que le hace firmar un documento de adhesión al golpe de Estado. Muy a su pesar, Gaziel rubrica aquel documento. “Fue víctima de sus propias contradicciones y tuvo que transigir con determinadas cosas, como la firma de aquel manifiesto, que, en otro contexto, le hubiese encantado evitar. No pretendo justificarle, pero es verdad que, como se explica en el libro, cuando se exilia en París, su situación personal y económica era bastante desesperada”, razona su biógrafo.
Son años de penuria, de negocios y trabajos malogrados, de silencio autoinducido, de incertidumbres oceánicas en un París sobre el que se van ciñendo las sombras políticas de una Europa crispada, mientras, palmo a palmo, la guerra destroza España. Gaziel ya no puede ejercer el periodismo que ama, ya no es libre. Su visión amplia, dialogante, analítica, capaz de sentarse con quien haga falta, de razonar, choca con un mundo que no parece haber aprendido nada del anterior conflicto mundial. Un mundo donde el diálogo es sustituido por la amenaza, donde el silencio deja de ser una opción. Un mundo de blancos y negros irreconciliables en el que una figura erudita y pacificadora como la suya no sólo no tiene lugar, sino que es sospechosa.
El purgatorio madrileño
El exilio parisino termina en 1941, con un desesperado viaje al volante de un Studebaker mientras los nazis invaden Francia, para volver a una España que le brinda incertezas. En el apogeo sangriento de la posguerra, el nuevo régimen busca revancha. Aniquilar al enemigo, el de verdad y el imaginado. Quedan aún once años antes de que se cesen los fusilamientos en el Camp de la Bota.
En este contexto, Gaziel opta por irse a Madrid en vez de elegir Barcelona, que hubiera sido lo más lógico. Francisco Fuster lo razona en los siguientes términos: “A su vuelta, es consciente de que debe partir de cero, con lo que ello supone para un hombre de su edad. Su primera intención es volver a Barcelona, pero al ver que la Barcelona franquista no tiene nada que ver con la que él conoció, se espanta. Prefiere vivir en Madrid, donde ya asume el ambiente de miseria moral que se va a encontrar, que en una ciudad que le resulta irreconocible e insoportable, porque ya no queda nada de la Barcelona que fue”.
“En 1953 publica Una vila del vuitcents y, desde ese momento, se dedica con fervor a escribir libros en catalán, casi a la desesperada, para recuperar el tiempo perdido”Tampoco es una estrategia para introducirse en una intelectualidad madrileña “con la que nunca se congracia, porque en su dietario de posguerra habla fatal de todos ellos, menos de Unamuno”. Da la impresión, casi, de que se auto-condena a una suerte de purgatorio, en una ciudad que no es suya, que no ama, que pesa sobre sus espaldas, pero en la que permanece hasta principios de la década 50, dirigiendo la editorial Plus Ultra y escribiendo para sí dietarios y libros en catalán. En esta etapa, también hace frente a calamidades y, cómo no, a un juicio del régimen azuzado por el entonces propietario de La Vanguardia, Carlos Godó.
Y con la vejez, llega la segunda juventud
Paradójicamente, lo que acerca a Gaziel al independentismo, al deseo de separación –cuando menos espiritual– entre Catalunya y España, es el propio régimen de Franco. Él, que “siempre había sido un hombre muy moderado, cuyo modelo era un iberismo en el que Catalunya asumiese el papel de motor económico y cultural de la Península Ibérica”, escribe en 1944, en el contexto de unos Juegos Florales clandestinos durante aquellos primeros años de franquismo, El desconhort. Un ensayo sobre el descalabro del proyecto catalanista, la desazón de una generación (la suya) que quiso regenerar su tierra, replantear la relación con el estado y naufragó en un océano de amargura.
Este y otros textos son los que el viejo periodista y ahora editor va atesorando, lejos de la censura, lejos del foco, pero la insistencia de su amigo Josep Pla le abre la puerta a publicar obra en catalán para la editorial Selecta, de Josep Maria Cruzet. Y eso lo cambia todo.
“En 1953 publica Una vila del vuitcents, un libro que dedica a su Sant Feliu de Guíxols natal y, desde ese momento, se dedica con fervor a escribir libros en catalán, casi a la desesperada, para recuperar el tiempo perdido”. En esta segunda juventud, escribe varios libros de viajes como Castella endins, Portugal enfora o La península inacabada, el libro Seny treball i llibertat, así como sus imponentes memorias, Tots els camins duen a Roma, que son un éxito absoluto, convirtiéndolo en el segundo autor señero de Selecta, por detrás de Pla.
Ante este reencuentro con su lengua, con su mundo intelectual y sentimental, abandona Madrid y vuelve a Barcelona, donde vive “unos años muy felices para él, porque es cuando se dedica a escribir sobre los temas que le gustan, sin ninguna presión”. Su hiperactividad choca, no obstante, con un estado de salud frágil. Un infarto se anticipa, el 12 de abril de 1964, al cáncer de estómago que se lo estaba comiendo. Ese día, Gaziel es hallado muerto en su apartamento en la calle Copèrnic de Barcelona. En el tintero se le quedan ideas y escritos que irán, poco a poco, viendo la luz, sobre todo cuando, finalizado el régimen de Franco, desaparezca la censura que hubiera silenciado obras suyas como sus Meditacions en el desert (su dietario de la larga y agónica posguerra) o Quina mena de gent som (que reúne cuatro ensayos sobre Catalunya).
“Para mí, Gaziel es un autor fundamental de quien no existía una biografía moderna y actualizada en castellano”, explica Francisco Fuster, que ya había escrito biografías de Julio Camba y de Azorín. Con Insobornable, pone remedio a esta omisión, poniendo al alcance de millones de lectores la vida y huella de aquel librepensador amable e ilustrado que pagó todos los precios que se podían pagar por no acabar nunca de reírle las gracias a nadie.
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