Inaugurando su quincuagésima edición con La Ópera de tres centavos, el Grec daba la impresión de querer afirmarse mediante un teatro que sobrepasase el formato clásico de la tradición, con la crítica social como pal de paller. Desgraciadamente, este pistoletazo de salida se demostró harto fallido, pues la directora Marta Pazos logró transformar la obra maestra de Brecht y Weill en una tabarra insufrible, absolutamente fuera de estilo, con los actores-cantantes perdidos en tesituras que no les eran propias y una misse-en-scène sin picardía alguna. El hecho en cuestión no fue imputable a sus protagonistas -entre los que destacó la espléndida Miriam Moukhles- sino a la indefensión de Pazos ante una obra demasiado difícil como para salvarla con cuatro trucos de diseño (pasó lo mismo con sus Nozze liceístas, lo cual me lleva a recomendar a nuestros gestores que, si quieren hacer de la artista gallega una star de la escena nostrada, le encarguen obras for beginners; por mucho que haga reír a las plateas complacientes de la ciudad, la L’Òpera de tres rals tiene mucha más complejidad que un espectáculo realizado por La Maña). Espero que la cosa mejore en su desembarco en el Teatre Lliure, lo cual exigirá una dirección mucho más canalla de nuestro espléndido músico-maestro Dani Espasa.
Tiene cierta coña que, con una capataz como Leticia Martin, una productora más que docta en musicología, los espectáculos sonoros de este Grec hayan sido tan poco interesantes. Superar el desengaño de la inauguración era algo difícil, pero el director Michael De Cock (conocido familiarmente por los teatreros como “en Miquel Del Penis”, porque ya tiene más teca estrenada en el TNC que cualquier autor del patrimonio tribal) lo consiguió con Bovary, adaptación sonora de la obra magna de Flaubert. Servidor está tremendamente a favort de admirar obras de arte sobre la emancipación femenina, pero esto de transformar a la protagonista flaubertiana en una matahombres compulsiva y a su hija en una miembra de las Pussy Riot daba risa. También me provocó bastante hilaridad la música de Harold Noben quien, impregnado por el ambiente empoderamentístico de la (afortunadamente) próxima exdirectora del TNC, firmó una partitura donde la prota parece ir encadenando la muerte de Isolda de forma compulsiva. El momento álgido, os lo recomiendo de todo corazón, la cita del Regnava nel silenzio de la Lucia; como para descojonarse. Señoras del Grec: ¿de verdad no podemos dedicar los esfuerzos de esta producción a encargar una ópera decente a los libretistas-compositores de casa? Creedme; saben hacer cosas mejores que tal chapuza.
Mi reivindicación casera no es fruto de un espíritu provinciano. De hecho, en el Grec asistí a la mayoría de espectáculos internacionales, porque éste es un certamen que debería ser una puerta abierta al mundo de un tipo de teatro más difícil de ver en los escenarios de la cosa nostra. Esperaba encontrarlo en Ophelia’s got talent, celebrada Gesamtkunstwerk de la codiciadísima y omnipresentísima estrella festivalera de la escena europea; Florentina Holzinger. La performer austríaca, es evidente, se encuentra en uno de esos momentos dulces de cualquier creador en el que puede hacer lo que le plazca; es así como el espectador tiene la tentación de orgasmar cuando, con la excusa de enaltecer el sacrificio la Ofelia hamletiana (víctima de un feminicidio, dirían los cursis), la creadora idea un risible talent show en el que podemos encontrar bellos números circenses, divas que se tragan espadas (merced a la tecnología, podemos admirar sus recovecos intestinales), transformistas que fingen ahogarse prisioneras en el agua, individuas tullidas que bailan alegremente, sirenas que pasean su paz dentro de una piscina e incluso mujeres follándose a un helicóptero, de forma literal. Pero, aparte de mostrarnos mucho parrús (ya somos mayorcitos, reina meva), hacía tiempo que no veía tantos recursos al servicio de una poética de humo sin ninguna aportación.
La cosa tiene gracia, porque donde mejor lo he pasado de este Grec es en los espectáculos donde había menos chicha megalómana y más sentido de la experiencia teatral, por alternativa que fuera en su formato. El señor Romeo Castellucci, por ejemplo, es un gato viejo del juego escénico y en Creure en les màscares sólo necesita una serie de objetos (en un agencement casi azaroso con Joan Brossa), una veintena de espectadores entre los que se escondían infiltrados y, evidentemente, ponernos una máscara para obrar el milagro de regalarnos poco más de media hora de inquietante poesía. La cosa de gesto mínimo pero máximo rendimiento también puede aplicarse a un intérprete-dramaturgo tan pícaro como Alberto Cortés; El corazón de Ester quizá no sea su mejor pieza, pero el creador malagueño posee mucha gracia a la hora de perpetrar propuestas escénicas con el loable (y espantosamente narcisista) objetivo de hacerse querer. En esta obra el truco funciona a medias, puesto que la paleta de los gestos y la castidad formal (los españoles tienen su gracia porque, incluso cuando impostan modernidad, les sale la folclórica que llevan clavada en el encéfalo) se complementa con un texto donde la unión entre público-intérprete se va urdiendo a través de sentencias hípercursis, dolorosamente cercanas a la autoayuda.
"Después de tanta imposición ideológica en el teatro, me entusiasmó que alguien tuviera la bondad de hacernos pensar a través de la ironía"
Lejos de la afectación sentimental, en casa somos unos firmes defensores de la ironía. A mí inmodesto modo de ver, el mejor espectáculo textual de este Grec fue SPAFRICA, una virguería escénica producto del Studio Julian Hetzel y de la grandísima Ntando Cele sobre los prejuicios del colonialismo hacia la negritud. Me gustaría volver a ver a la creadora sudafricana en teatros como la Brossa, un entorno donde su ciencia l brilla con especial fuerza. De este espectáculo me gustó todo, desde la maravillosa entrevista pre-post-función (sorpresa incluida) con un Ferran Dordal que tiene mucha gracia como sí mismo, a la metáfora comercial de las lágrimas europeas de supuesta pena por el Tercer Mundo, a la performatividad exagerada de aquello que describimos como extranjero o directamente salvaje. Pero sobre todo me pareció muy inteligente que Cele nos aproximara a ideologías como el feminismo o la descolonización a base de chotearse de sí misma. Tras tanta imposición ideológica en el teatro, me entusiasmó que alguien tuviese la bondad de hacernos pensar a través de la ironía (lástima que Wasted land, su espectáculo de gran formato en la Puigserver, errase en el paralelismo poética con Eliott y fuera un coñazo importante). Me complace, en definitiva, ver a progres que me aleccionan sabiendo que tienen pisito en Suiza.
En el club del “pot petit” también está la dignísima Muljil de Elephant’s laugh. El colectivo artístico de Corea nos mostró que, con el fin de hacer gran teatro, basta con tener una idea por simple que sea (en este caso, la equivalencia entre el zambullimiento a pulmón en el mar de las mujeres de la isla de Jeju para buscar marisco y el embotamiento filosófico-sentimental-acuoso de la posmodernidad asiática; sus responsables deben haber leído a Sloterdijk) a la hora de urdir un espectáculo magnífico. Servidor está absolutamente en contra de los shows que hacen participar al público para complacerle, puesto que la distancia entre creador y súbdito siempre me ha puesto; pero hay que decir que esta pieza consigue que la aparición de los espontáneos en el universo de las bañeras de agua se convierta en un caracara purificador más que real. Propuestas como ésta, me atrevo a insistir, conforman experiencias nada grandilocuentes -a las antípodas del expresionismo cuquiporno de la multisolicitada Holzinger- pero ayudan a llevar el teatro a su terreno natural; el del pensamiento. Cuando me encuentre Leticia Martin en el bar donde desayunamos (hacen los mejores bocatas matinales de Ciutat Vella, pero no lo pienso nombrar... que popularizamos la tira de locales y luego no podemos ni sentarnos) se lo comentaré.
Con tanto sarao internacional, lo sé, he olvidado hablar del teatro casero; aparte de lo dicho anteriormente, mucha de la teca del Grec se podrá ver en las salas de nuestra ciudad en poco tiempo, con lo que ya nos precipitaremos allí cuanto toque. Baste decir, de momento, que las estrellas tribales de la generación boomer -Calixto Bieito y Àlex Rigola- continúan en una forma envidiable. Los trucos del primero tal vez hayan envejecido por mera repetición, aunque Bieito guarde todavía la facultad prodigiosa de llevar a sus actores (le sienta la mar de bien la argentinidad, porque el histrionismo se les tolera algo más que a los intérpretes de la Vieja Europa) al preciso terreno que él desea. Esta versión de Ricardo III tiene bastante gracia, aunque debería cambiar un final de -literalmente- pati d’escola que, comparado con el resto del espectáculo, da un poco de vergüenza ajena. La Factory de Àlex tiene aún más nivel, no sólo porque haya recuperado a uno de los mejores actores del país (¡te reverenciamos, Lluís Villanueva!), sino porque nuestro director finalmente ha conseguido tocar el punto justo entre lo místico -sin pasarse de azúcar- y los senderos de la pulsión sexual. Es una auténtica pena que, después de tanto gasto superfluo, este bailoteo Shakespeare-Warhol ya no tenga cabida en el Heartbreak ni en ningún otro lugar en el próximo curso.
Quizás peco de osadía pero, analizando todo lo que he podido ver del Grec, diría que la paliza de la danza al teatro (en cuanto al riesgo pensamental, pero también en términos de pura técnica) resulta más que evidente. A los espectadores, supongo que por un tema generacional, les encantó el paseo de la veteranísima Anne Teresa de Keersmaeker y Solal Mariotte por la obra de Jacques Brel. Evidentemente, ver a una danzarina que vislumbra los setenta años cascándose un espectáculo de hora y media produce energía contagiosa, aunque a mí este BREL me pareció una playlist maravillosa con unas imágenes recurrentes más bien facilongas. Cosa aparte es el Theatre of dreams de la Hofesch Schechter Company; ¡ay, amigos, aquí sí que tenemos un espectáculo de auténtico primer mundo, con unos bailarines educados en el más estricto clasicismo (a saber, condición esencial para encarar el contemporáneo como Dios manda) y un viaje entre lynchiano y discotequero al mundo de los sueños que es una auténtica caña de sincronización y energía! Valió mucho la pena pensar tal propuesta como espejo invertido del grupo chino TAO DANCE THEATRE, que también emuló la discoteca del mundo, recordando que la disbauxa no lleva al éxtasis, sino a un zoo de cuerpos que percuten la infinita repetición.
Sea como fuere, diría que el transcurso de este Grec nos ha mostrado cómo las vigas tradicionales del pensamiento de la izquierda europea -básicamente, el tema del empoderamiento femenino, la lucha contra el etnocentrismo cultural y la crítica al capitalismo desaforado- se han ordeñado tantas veces que ya sólo llevan a sermones inservibles. Por otro lado, la tabarra puede servir para remover un poquito a la ex clase media barcelonesa... pero que ya no nos regala ningún tipo de visión interesante del futuro, más allá de lo que pueda interesar a las élites manaires-culturals del PSC barcelonés. Esta agonía tiene su gracia, porque el arte también debe indicarnos el ocaso previo a las transiciones sociales; y quizás con esto ya es suficiente como para dar por bueno un festival. Yo pediría a nuestros gestores, y Leticia Martin es una tía más que inteligente, que vayan un poco más allá; a los datos de ocupación (que no he mirado, porque me provoca una pereza bastante importante) yo empezaría también a calibrar la calidad de un festival a través de lo que más importa; su capacidad de insinuar nuevas formas y, tengan la bondad, de cambiar la propaganda por alguna idea nueva y estimulante. Dispensad el resumen apresurado y un poco plasta, pero lo del teatro siempre es mucho más vital de lo que parece…
Nos vemos el año que viene, faltaría más.
Añadir The New Barcelona Post como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.


