La consigna es no dejar nada para mañana, “porque desconfío de la vida desde que, cuando tenía 16 años, mi padre murió de repente en un accidente”. Al acodarse a la barra, Fernanda García Lao ha pedido una copa de un vino tinto “ampurdanés a poder ser”, y ha dejado que las conversaciones y ruidos del paisanaje del Bar ejerzan de banda sonora de la tarde. “Las cosas hay que hacerlas hoy, porque puede que no haya un mañana”, añade. Siempre anda escribiendo varios libros a la vez. “Me siento cómoda viviendo entre historias, sabiendo que, antes o después, todos tendrán un cierre. Porque, eso sí, siempre los acabo cerrando”. Sorbe un trago de vino, ríe y apostilla: “Hago de la errancia, virtud”.
Esta trashumancia entre distintos relatos refleja una vida moviéndose entre distintos lugares. Un territorio ficcional que suple el anclaje a un determinado territorio geográfico. Nacida en Mendoza, a pie de los Andes, en 1976, su familia se trasladó a Madrid huyendo de la dictadura de Videla. Más adelante, volvió a Argentina y ha estado viviendo entre Mendoza, Buenos Aires, Madrid, Praga y, ahora, Barcelona.
Ha sido madre dos veces, ha estado casada, ha cosechado amistades. Ha actuado sobre escenarios y escrito versos, relatos, cuentos, novelas y obras de teatro. Ha enseñado a actuar y a escribir. Ha vivido varias vidas —“te diría que soy una persona múltiple”---, en las que ha procurado ser libre, volar todo lo alto que sus alas le permitieran sin pasar por aros indeseados. Ha disfrutado estando dentro, aunque un poco fuera, de cada lugar. Y de ello queda constancia en un corpus vibrante que incluye teatro, poesía y prosa.
Saltar entre opciones narrativas
A los doce años, Fernanda García Lao empezó a escribir poesía, y entró en ese mundo por la puerta grande: “¡Acabé seleccionada entre los 100 niños finalistas de una iniciativa llamada Congreso Internacional de Niños!”. No dejó de escribir, pero se desarrolló como actriz y coach de actores, y no fue hasta mucho más tarde, ya con veinte y tantos, cuando sintió la necesidad de dejar de ser el vehículo mediante el que expresar historias de otros, para compartir con el mundo lo que bullía en su cabeza.Empezó así una frenética actividad como dramaturga y escritora que también arrancó a lo grande. “Mi primera novela, Muerta de hambre, ganó el premio del Fondo Nacional de las Artes, y eso me permitió publicar en una editorial prestigiosa en Argentina como es El Cuenco de Plata”. Aquella historia llena de humor ácido sobre obesidad, apetitos insanos y cuerpos que son cárceles publicada en 2005 fue el pistoletazo de partida de una obra que, con los años, ha sumado libros de cuentos, poemarios, relato breve, teatro y un puñado de novelas, dos de las cuales —Amor invertido y Los que vienen de la noche— escritas a cuatro manos junto a Guillermo Saccomanno.
Entre sus títulos se cuentan artefactos diversos como La piel dura, La perfecta otra cosa, Sulfuro, (No) me acuerdo, Nación vacuna o la novísima Estación Saturno (Candaya), una road movie escrita con ritmo cinematográfico, pero preñada de los ingredientes literarios que caracterizan la voz de su autora: humor, pasión, obsesión, locura y un espíritu fuertemente político, aunque nunca panfletario. Una historia de afectos, familia, amor, desencuentros y dolor donde nada se da por descontado y donde cada página rebosa la profunda humanidad de una mirada que sabe dónde observar y qué piezas mover.
Nadando, como de costumbre, entre varias opciones narrativas, la escritora avisa: “Ahora mismo estoy escribiendo un libro de ensayo, un par de poemarios y un manuscrito que de momento se viene pareciendo a una novela –ríe–… y ya veremos cómo se desarrolla”.
Y, de pronto, mi casa
Hace tres años, la parroquiana pasó un verano en el ático de una amiga en Barcelona para cuidarle las plantas. “Ella estaba de viaje y me encontré con este apartamento enorme y toda la ciudad para mí. Nadie de todas las personas que conocía estaba aquí, claro, y tuve la ocasión de pasear por sus calles y descubrirla”. No tardó en mudarse aquí “y sentí como que enseguida me daba la bienvenida hasta que, de pronto, un buen día me di cuenta de que sentía en mi casa”.
La relación que tiene con Barcelona “es como la que se puede tener con un amante… y además aquí puedo ser la escritora argentina, ¡mientras que en Argentina soy la gallega, porque mi madre es española!”, ríe. De la ciudad adora su tamaño caminable y que termine en la orilla del mar, y le gusta que sea una urbe culta “donde ocurren cosas interesantes y donde, encima, hay bibliotecas que son lo más”. Y termina su copa de vino, sin que su sonrisa pierda un ápice de su amplitud.
— Lo que es lo más es la oferta gastronómica de este Bar, por si quieres cenar alguna cosa…
Fernanda García Lao pilla la propuesta al vuelo.
“Me apetecería una tapa de mojama con almendras tostadas, si tienes”, pide. Mira a su alrededor. Se deja contagiar por la atmósfera vespertina del Bar, mil y una conversaciones, risas y voces de un paisanaje variopinto en primera y segunda línea de barra. Le gusta.
— Y, por supuesto, ponme otra copa de este vino —agrega.