Alguien me dijo una vez que la diferencia entre Nueva York y Barcelona es que en Barcelona la gente camina más despacio. Tampoco es que vayan despistados, exactamente: tienen un rumbo, pero avanzan con más calma. De hecho, el verbo badar tampoco tiene una traducción exacta al inglés, como tampoco la tiene al castellano, y es un verbo ambiguo: badar puede significar no fijarse en lo que te rodea (o en casi nada), pero también puede significar fijarse más de lo habitual.
En Barcelona hay monumentos, estatuas, edificios y patrimonio que pasan desapercibidos no porque sean discretos, y no porque la ciudad camine especialmente deprisa, sino porque bada de forma incorrecta. No sabe badar bien y, por tanto, está badando. No todo el mundo es (ni tiene por qué ser) Lluís Permanyer, pero los barceloneses son especialmente crueles o distraídos con el detalle: tanto ir al grano que olvidamos por qué íbamos al grano. Quiénes somos, en definitiva. Así es imposible que ninguna ciudad, ningún país, ningún Fénix renazca de las cenizas: “Barcelona ha vuelto”, dicen algunos, y no saben precisar ni de dónde ha vuelto, ni hacia dónde se marchó, ni hacia dónde quiere ir (si es que quiere ir a algún sitio).
Barcelona solo puede volver a Barcelona, y ese es un viaje no apto para todas las sensibilidades. Tengo delante el edificio de La Unión y el Fénix, en el Paseo de Gràcia, y es como si nunca hubiese estado allí. Como un mueble antiguo de casa, que sabemos que existe pero no su historia ni su razón de ser. Así no hay manera de volver, ni de marcharse, ni de renacer.
Desde abajo, mientras espero que cambie el semáforo del "pacificado” Consell de Cent, por primera vez observo la coreografía inmóvil del edificio. Figuras mitológicas, alegorías, cuerpos clásicos, entre la impudicia (los americanos no tienen estatuas desnudas en la calle, porque no los romanizó nadie: en todo caso las guardan bajo llave en los museos) y el hieratismo noucentista. De hecho, una parte importante sale de las manos de un escultor tan omnipresente (y a la vez elegantemente discreto) como Frederic Marès, que por mucho que intente ser neoclásico tiene el problema de haber vivido en los años del noucentisme. El noucentisme nunca podía pretender emular Roma o Grecia, porque es frío y estático como pocas cosas. Su simbolismo obsesivo se vuelve casi inexpresivo, poco sensual, de una rigidez alarmante. Y, aun así, seguramente la Barcelona voluptuosa y sensual del Modernismo necesitaba una respuesta.
Marès, que podía modelar una barbilla con la misma naturalidad con la que acumulaba colecciones infinitas (para mí su gran obra es su museo), participó en la construcción simbólica de este edificio junto a otros escultores menos conocidos pero igualmente decisivos. Esa combinación es la que convierte La Unión y el Fénix en una especie de ópera coral: como en la Plaza Catalunya, todos cantan un poco, pero nadie se lleva todo el protagonismo. Las figuras, repartidas por las fachadas, forman un discurso visual sobre la prosperidad, el trabajo, la constancia, la industria, la marina, la agricultura, las artes, todas ellas (virtudes y oficios) representadas con una nobleza que supera con creces la misión comercial del inmueble: una aseguradora, al fin y al cabo. El “por si acaso”. Normal que quisieran evocar conceptos con un poco más de épica.
El Fénix, símbolo de la compañía, es obra del escultor francés Charles René de Saint-Marceaux (polifacético pero tendente al neorrenacentismo) y corona el edificio con un orgullo casi olímpico, siempre a punto de alzarse. Con unas plumas de piedra que parecen las alas de una ciudad condenada a no poder levantar el vuelo. Debajo, grupos escultóricos que evocan el progreso y la protección, la luz que combate la desgracia, la serenidad que vence al caos. Una Barcelona grandilocuente, sí, pero se le perdona porque no quería quedar anticuada ni atrapada entre hadas, flores y caballeros medievales. Barcelona no quería dejar de ser moderna, europea, monumental. Lástima que las aseguradoras sean el tema: la maldita estabilidad, tan valiosa cuando hace falta, pero siempre molesta cuando toca avanzar.
Nos hemos acostumbrado a mirar el modernismo como si fuera el único alfabeto posible de la belleza urbana, pero este edificio, entre el noucentisme estirado y el clasicismo disciplinado, nos abre una ciudad menos obvia y menos instagrameada. Quizá esta fachada no merezca un beso ni un like, pero basta con cruzar el semáforo, levantar la vista y descubrir de repente un dios fluvial escondiendo una sonrisa, una figura femenina que sostiene una antorcha, un joven que podría ser Hermes si le pusiéramos alas en los tobillos. Puede haber belleza en aquello que nadie mira, sí, pero si miramos un poco más al menos entenderemos a los dioses que nos hablan. Están siempre ahí, y tienen algo que decir. Y es algo importante: además de renacer, como un Fénix, también hay que saber perdurar. Fijémonos un poco más, pues. “No val a badar”.
