Para quienes tenemos descendencia de diferentes edades e intereses, encontrar una actividad que encaje con todos resulta una tarea difícil. Y si, además, buscamos un respiro en medio de la intensidad de la semana laboral y escolar, parece casi una utopía. Pero a veces, algo tan sencillo como bajar el ritmo y acallar el ruido de los pensamientos puede hacerse realidad gracias a propuestas como esta.
A través de una puesta en escena envolvente y emocional, esta muestra ---producida por Oasis Immersive Studios y National Geographic, con el impulso de la Fundación La Caixa--- nos propone un recorrido sensorial que nos reconecta con nuestra esencia y nos permite redescubrir la tierra desde el asombro, para recordarnos que somos parte del planeta, no sus dueños.
La exposición nace tras un momento histórico: la firma del acuerdo global sobre biodiversidad en la COP15 (Montreal), donde más de 190 países se comprometieron a proteger el 30 % de los ecosistemas del planeta para 2030. En este contexto de cambio y compromiso, Som Natura surge como una forma de hacer tangible ese pacto, educando desde la emoción, inspirando desde la belleza y movilizando desde la conciencia.
Esta es su primera presentación en Europa, tras pasar por Montreal y Ciudad de México, y viajará posteriormente a CaixaForum Madrid. En Barcelona, estará disponible hasta el 6 de abril de 2026, ofreciendo una oportunidad única al visitante de vivir la biodiversidad con casi todos los sentidos.
Dividida en tres grandes ámbitos audiovisuales, la muestra nos sumerge en paisajes, texturas y latidos del planeta. Todo está cuidadosamente diseñado para que el visitante no solo vea, sino que sienta y se emocione. Un recorrido que toca el alma y evoca documentales imprescindibles como Home. La tierra vista desde el cielo, de Yann Arthus-Bertrand con música de Armand Amar, o la increíble La sal de la tierra, de Wim Wender, film homenaje al fotógrafo Sebastião Salgado.
Tras la introducción de la asistente de sala, nos adentramos en el primer espacio. Allí, imágenes de alta definición y sonidos envolventes nos trasladan a selvas húmedas, desiertos vivos y fondos marinos llenos de misterio. La naturaleza se convierte en espectáculo visual y, proyectada sobre nuestros rostros y cuerpos, nos recuerda que lo invisible también es belleza. Personas de pie, sentadas o tumbadas en el suelo se rinden al hechizo. Detrás de nosotros, un hombre de pelo blanco suspira con los ojos cerrados, como si quisiera impregnarse del único sentido ausente: el olor de aquella naturaleza que nos rodea. De pronto, en una escala que nos sobrepasa, vemos al colibrí elevarse a cámara lenta y a flores desconocidas abrirse en segundos vertiginosos.
El segundo espacio nos recibe con un lenguaje nuevo: voces humanas en diversas lenguas, en tono poético, nos repiten que todo está interconectado. Secuencias de flujos eléctricos, sinapsis vegetales, explosiones estelares, quizás el fluir de la savia arbórea o de la misma sangre, todo es a la vez, como decía la canción, una danza de átomos.
Y nos movemos hacia la tercera sala donde, mientras la proyección va in crescendo, sucede lo inesperado: un niño descalzo corre y baila con la naturaleza proyectada sobre él. Es mi hijo pequeño y temo un desastre. Pero en lugar de interrumpirlo, cedo. Porque pronto otras criaturas se suman, y corren y bailan felices bajo las imágenes y la música. Y me sonrío recatadamente.
Pienso entonces que eso es lo que deberíamos permitirnos: conectarnos como hacen los niños con su entorno, danzar bajo la luz y el color de una naturaleza que reclama ser vista y reconocida. Para que, una vez fuera, sepamos volver a ella, correr sobre su superficie y recordar que somos uno.
Los testimonios de científicos, defensores del medio ambiente y comunidades locales refuerzan este mensaje, nos hablan desde el corazón. Historias reales que nos recuerdan que cada acción, por pequeña que parezca, suma en la protección de la vida.
La muestra es mucho más que una propuesta cultural: es una oportunidad para redescubrir el vínculo sagrado que nos une con todos los seres vivosSalimos de allí dejando literalmente nuestra huella en lo que simboliza el tronco de un árbol, en un espacio educativo e interactivo en el que todos pueden participar y que permite a niños y adultos experimentar y aprender juntos.
Vivimos en tiempos convulsos donde la inmediatez y las prisas no nos dejan a penas respirar. Donde incluso las noticias son de rápido consumo. Sin embargo, seguimos conectando a través de la emoción. Y si algo logran propuestas como esta, es conmovernos desde la experiencia, brindándonos pausa, belleza y compasión hacia aquello a lo que no somos ajenos. Porque, nosotros, también somos naturaleza.
Uno de los mayores aciertos de la exposición es su tono: no hay catastrofismo, sino esperanza. Som Natura no solo nos muestra lo que estamos perdiendo, sino que nos recuerda todo lo que aún podemos salvar. Es una llamada a actuar, pero también una invitación a creer en la capacidad del ser humano para cambiar.
Galardonada con el Premio Numix 2025 a mejor exposición internacional, esta muestra es mucho más que una propuesta cultural: es una oportunidad para mirar hacia dentro y hacia fuera, y redescubrir el vínculo sagrado que nos une con todos los seres vivos.