Uno de los errores más frustrantes al hacer una fotografía es descubrir demasiado tarde que ha quedado desenfocada, sobre todo cuando ya no existe la posibilidad de repetirla: el instante que queríamso capturar se ha esfumado y solo nos queda una imagen borrosa. La reacción immediata es pensar que se trata de una fotografía inservible, perdida. Un fallo que ya no podemos corregir. Pero ¿y si realmente no fuera un error? ¿Y si aquello que hemos aprendido a descartar —desde una imagen borrosa hasta una pintura que parece inacabada— pudiera ser precisamente lo que el artista quería conseguir?
¿Puede algo que a primera vista parece estar mal hecho llegar a parecernos bello? ¿Y, sobre todo, puede llegar a ser arte? Esa es la pregunta que articula la muestra Desenfocado. Otra visión del arte, que invita a mirar de nuevo aquello que normalmente descartamos por estar desenfocado. Abierta desde finales de mayo y hasta el próximo 27 de septiembre en el CaixaForum, la exposición ha quedado hasta ahora eclipsada por la muestra vecina Chez Matisse. El legado de una nueva pintura, que por méritos propios ha concentrado todas las miradas gracias a la intensidad de colores del pintor francés.
Pero ahora que Matisse ya ha abandonado el museo, es un buen momento para detenerse ante una exposición que hasta ahora ha pasado algo desapercibida. Enfrentarse al arte contemporáneo ya supone, en ocasiones, un reto: no siempre sabemos qué estamos mirando ni qué debemos encontrar en una obra. Si, además, el concepto que articula la muestra es tan abstracto como el desenfoque, la visita exige todavía más calma. Hay que bajar el ritmo y mirar dos veces.
La exposición contiene, además, algunos pequeños tesoros que de por sí ya convierten la muestra en una parada cultural imprescindible. Entre ellos, Le bassin aux nymphéas, harmonie rose (1900), uno de los cuadros de la célebre serie de los Nenúfares de Claude Monet. Una obra que permite contemplar en la capital catalana, y sin necesidad de viajar a París, una pieza procedente del Musée de l'Orangerie, meca del impresionismo e institución con la que el CaixaForum coorganiza la muestra.
Fue precisamente en este museo parisino donde la muestra pudo verse por primera vez, antes de viajar a Madrid y poder contemplarse desde hace unos meses en Barcelona, donde ha aterrizado, además, con algunas novedades. Entre ellas, The Harbour of Brest: The Quayside and Château, de William Turner, cedido por la Tate Modern de Londres, colocado junto a Monet y otro de esos pequeños tesoros por los que la muestra requiere una visita.

El recorrido parte precisamente de la sala en la que Turner comparte espacio con los Nenúfares de Monet, a quien la muestra atribuye el hecho de haber introducido el desenfoque como concepto consciente dentro de la historia del arte. El interés del artista francés no estaba tanto en reproducir los nenúfares de forma fidedigna —una aspiración que durante siglos había marcado buena parte de la pintura, empeñada en representar la realidad con la mayor precisión posible, como si de una fotografía se tratase—, sino en pintar cómo los veía él. La luz, el momento del día en el que los observaba o incluso las condiciones del ambiente cambiaban la manera en que veía a los nenúfares, y eso era precisamente lo que quería trasladar al cuadro.
Una decisión estética y consciente que le llevó a introducir el desenfoque en sus cuadros, con formas difuminadas y contornos poco definidos que podían dar la impresión de estar inacabados. Y precisamente esa apariencia inacabada, casi de boceto, fue durante mucho tiempo uno de los argumentos utilizados por la crítica de arte para menospreciar su arte: sus pinturas parecían a medio terminar, como si el artista no dominara las técnicas de la pintura.
Hoy, sin embargo, aquella supuesta imperfección por la que se le criticaba es considerada una verdadera revolución en la historia del arte. Quizás, sin embargo, atribuírsela únicamente a Monet —como parece proponer la muestra— sea simplificar demasiado la historia del arte y del desenoque. Mucho antes, Leonardo da Vinci ya había difuminado los contornos de sus personajes y objetos con la técnica conocida como sfumato, y el propio Turner, que comparte sala con Monet en esta exposición, también exploró cómo la luz podía transformar la manera de percibir un paisaje.
Pero a la exposición no parece importarle demasiado esta cronología, y quizá por eso las obras no están ordenadas por fecha. No pretende establecer quién fue el primero en desenfocar, sino mostrar cómo un mismo recurso puede adquirir significados muy distintos según quién lo utilice y en qué momento. Así, junto a los nenúfares de Monet, el desenfoque aparece en pinturas, fotografías, esculturas y vídeos. En total, son 77 obras de 58 artistas, desde Alberto Giacometti y Mark Rothko hasta Soledad Sevilla o Bill Viola.
Obras que obligan al visitante a detenerse: hay obras que piden acercarse. Otras, alejarse. Algunas solo adquieren sentido cuando se entrecierran los ojos. En otras, el teléfono móvil puede ser como una ayuda para intentar ver mejor: lo que a simple vista aparece borroso o descompuesto, al fotografiarlo y verlo en la pantalla vuelve a adquirir una forma más definida.

El desenfoque como forma de representar el dolor y la tragedia
Solo así, deteniéndose ante una obra tras otra, podemos descubrir los distintos significados que ha ido adquiriendo el desenfoque en el arte. Más allá de una elección estética, como en el caso de Monet o Turner, también puede convertirse en la única herramienta posible para abordar determinadas tragedias como la Segunda Guerra Mundial o cuestiones sociales. Y quizá uno de los usos más interesantes sea precisamente este: utilizar lo borroso para representar aquello que resulta demasiado difícil, doloroso o complejo de mostrar con claridad.
Uno de los ejemplos más contundentes de la muetra es Six Seconds, del artista chileno Alfredo Jaar, fotografía convertida en la imagen central y promocional de la exposición. La obra nace del trabajo del artista sobre el genocidio de Ruanda de 1994 y de su intento de representar una tragedia cuya dimensión parecía imposible de transmitir.
La fotografía muestra a una joven ruandesa de espaldas totalmente desenfocada. Podría parecer, a primera vista, una fotografía fallida, una de esas imágenes que cualquier periódico o editor descartaría rápidamente. Pero se trata de una decisión artística deliberada. Jaar había quedado con la joven para que le relatara la tragedia que había vivido, después del cruel asesinato de sus padres. Cuando llegó el momento de fotografiarla, ella cambió de opinión, decidió no hablar y marchar.

Jaar levantó entonces la cámara y disparó casi sin enfocar. El resultado es una figura completamente borrosa, una imagen que en otro contexto probablemente habría sido descartada. Pero Jaar entendió que aquel supuesto fallo era precisamente lo que debía permanecer en la fotografía ya que “representa mi incapacidad por explicar la experiencia de esta mujer o la desgracia de Ruanda”, recuerda el artista en el texto que acompaña a la imagen en la muestra del CaixaForum. Jaar podía fotografiar a aquella mujer, pero no podía fotografiar su dolor ni transmitir a través de una cámara todo lo que había vivido. El desenfoque se convierte así en una forma de expresar esa distancia: la imposibilidad de comprender por completo una experiencia tan dolorosa que no nos pertenece.
Una idea que se repite en buena parte de la exposición, donde lo borroso aparece vinculado a algunos de los episodios más traumáticos del último siglo. La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, los atentados del 11-S —con la icónica fotografía de Thomas Ruff— o, en un contexto mucho más reciente, la pandemia de covid —con una serie de imágenes de Nan Goldin tomadas desde su apartamento de Brooklyn — aparecen representados a través de imágenes borrosas.
Y quizá ahí vuelva a aparecer una de las preguntas que recorre toda la exposición: ¿por qué hemos decidido que una obra perfectamente acabada tiene que ser necesariamente mejor que una que parece incompleta? La historia del arte está llena de aquello que, en su momento, fue considerado un error —como los Nenúfares de Monet— y que, con el tiempo, se convirtió en una revolución.

Pero la verdadera revolución que propone la exposición, sin embargo, quizá no esté solo en reivindicar lo desenfocado, sino en enseñarnos a mirar de nuevo: en entender aquello que consideramos un error. Un recordatorio que también ofrece la última sala, que propone estirarse en un sofá y contemplar las formas que dibujan las nubes a través de diferentes gafas que distorsionan la realidad. Parece un juego infantil: tumbarse y reconocer animales, personajes u objetos en una masa de nubes que pasa ante nuestros ojos.
La exposición propone recuperar ese juego que con el paso a la adultez vamos abandonando para volver a hacer algo que parecía tan sencillo: parar, mirar y dejar que la imaginación haga el resto. Porque quizá hemos aprendido a llamar error a todo aquello que no vemos con claridad y, como ocurre con las nubes, solo hace falta tener el tiempo suficiente para descubrir que también puede haber belleza en aquello que no está perfectamente enfocado.
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