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Una plaza para tres estaciones

La estación de trenes de Lleida es un edificio monumental: construido en 1927, tiene poco que envidiar a la Estación de Francia de Barcelona o la de Portbou, por decir dos estaciones que se pueden considerar referenciales por su elegancia arquitectónica, tocadas de un cierto aire neoclásico francés (evaluar el servicio ferroviario de cada una ya es harina de otro costal).
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e Lleida se dice que solo tiene tres estaciones: el invierno, el verano y la del tren. Es una broma recurrente para tomarse con un poco de humor el rigor meteorológico que caracteriza la capital de Ponent. Lo podríamos resumir así: en invierno te hielas –y los días de niebla se te meten no solo dentro de los huesos, sino hasta los sueños– y en verano cae un sol de justicia y no hay donde esconderse. El término medio es difícil de hallar. Y por eso la tercera estación más clara para computarle a Lleida es la del tren. No es cualquier estación. El edificio monumental es de 1927 y tiene poco que envidiar a la Estación de Francia de Barcelona o la de Portbou, por decir dos estaciones que se pueden considerar referenciales por su elegancia arquitectónica, tocadas de un cierto aire neoclásico francés (evaluar el servicio ferroviario de cada una ya es harina de otro costal).

Como curiosidad, esta es de las pocas estaciones catalanas que reúnen trenes de dos operadoras diferentes, de Renfe y de Ferrocarrils de la Generalitat

Desde 2003, cuando llegó el primer tren de alta velocidad procedente de Madrid, la estación de la capital del Segrià adopta el fastuoso nombre de Lleida-Pirineos. Aparte de la alta velocidad hacia Camp de Tarragona y Barcelona, de ahí sale la línea de Barcelona y Manresa (el tren llegó por primera vez a Lleida por esta lado, en 1860) y la línea hacia La Pobla de Segur (primero se puso en marcha la línea hacia Balaguer, en 1924, que 25 años después llegaría hasta La Pobla). Como curiosidad, esta es de las pocas estaciones catalanas que reúnen trenes de dos operadoras diferentes, de Renfe y de Ferrocarrils de la Generalitat. Todo ello hace que la estación de Lleida, situada en un enclave bastante privilegiado y relativamente céntrico, a un tiro de piedra del río Segre, en el límite con el centro histórico y la zona donde se ensancha la ciudad, sea un lugar de paso de todo tipo de personal.

El sitio que el viajero busca –aquí el nombre es especialmente ajustado– está en el tren o en el destino del tren o en los quehaceres de la noche o del día siguiente. La plaza de la estación encarna mejor que nadie el culo de mal asiento del individuo de hoy: en realidad no estamos donde estamos

Una plaza de estación de tren –en esta serie que dedicamos a recorrer las plazas del país todavía no nos habíamos detenido en ninguna de esta tipología–, una plaza de estación de tren –decía– es, por definición, un mero lugar de paso, sin chispa ni hechizo, donde siempre se tiene prisa, donde por regla general se llega tarde. Incluso alguien que espera a alguien adopta el aire de esperar por poco rato, mirar ansiosamente el reloj porque el tren ya ha llegado o está a punto de salir.

A pesar del intento que pueden insinuar los cuatro bancos repartidos a lo largo de la plaza de la estación de Lleida –y unos pocos árboles esporádicos–, no parece lugar donde pasar mucho rato. El sitio que el viajero busca –aquí el nombre es especialmente ajustado– está en el tren o en el destino del tren o en los quehaceres de la noche o el día siguiente. La plaza de la estación encarna mejor que nadie el culo de mal asiento del individuo de hoy: en realidad no estamos donde estamos, no estamos donde tenemos los pies porque ya querríamos estar en otra parte mientras lamentamos aquello que dejamos atrás. La plaza es un tráfico desagradecido hacia quién sabe qué. Observando este trajín se pueden sacar algunas conclusiones divertidas del perfil del viajero, aquí pintorescamente mezclado. Pocas veces el ecosistema que habitamos se junta en una porción de suelo en un pastiche tan variado. Por la mañana llegan los estudiantes. Por la noche, los ejecutivos. Del tren de alta velocidad que viene de Madrid, bajan tipos encorbatados, maleta en mano y decididos a atar algún negocio, a asistir a algún congreso o similar. Si el tren viene de Sevilla, es más posible que bajen familiares que vienen de visita a ver a los parientes. En el caso del Avant que llega de Barcelona y Tarragona –un regional más barato que el AVE– veremos estudiantes y trabajadores. Y del regional de La Pobla lo más probable es que veamos bajar estudiantes y abuelas sin carnet de conducir. Si es temporada de esquí, una parte del pasaje del alta velocidad irá hacia el Pirineo y completará la última arista de radiación de este nudo comunicativo –a menudo demasiado olvidado– que es Lleida.

Una pareja –parecen estudiantes– se hace la remolona antes de entrar en la estación. Ahora una broma, ahora unas carcajadas, ajenos al horario del tren, a si es invierno o si es verano. Parecen tener todo el tiempo del mundo

Algunos de los viajeros recién llegados se dirigirán al parking de la estación. Encima, tras una verja, verán los claros de un bosque de filamentos de columnas, plantadas en un tiesto de hormigón. Son la forma estéticamente imaginativa que toman los cimientos que se dejaron para construir, en el futuro, un centro comercial. Me explica un amigo que ahora se vuelve a hablar del tema, que quizás lo harán. Mirándolo bien, la plaza de delante de una estación también puede ser el símbolo de esperas impacientes, de esa impresión de ver pasar trenes que se han desperdiciado. Y después están las pequeñas decisiones que tienen lugar y que, no por rutinarias, pierden importancia. El restaurante donde comer, un mapa de la ciudad, yo quiero ir a la Seu Vella primero, por qué no nos acercamos al río, ahí delante tenemos la oficina de turismo…

Un grupo de cuatro jubilados sale de la estación y trata de crear cuórum de hacia dónde tirar.

–Paseemos un poco, para abrir el apetito antes de almorzar, que aún es temprano.

Tres jovencitos marroquíes se abrazan con la familia, que les ha venido a recibir. La matriarca los observa radiante mientras el padre los apremia a entrar en el coche.

Una pareja –parecen estudiantes– se hace la remolona antes de entrar en la estación. Ahora una broma, ahora unas carcajadas, ajenos al horario del tren, a si es invierno o si es verano. Parecen tener todo el tiempo del mundo.