Padre y su hija en una feria navideña. Foto de Sarah Plfug.

Padres con filosofía (entre la biografía y el surrealismo)

El filósofo más importante de la modernidad no tuvo hijos. Immanuel Kant, el pensador que nunca salió de Königsberg, consagró su vida al estudio y a la redacción de su proyecto crítico. Hasta tal punto llevaba una vida ordenada, hasta tal punto eran inflexibles sus hábitos y rutinas que sus conciudadanos podían ajustar la hora del reloj al verlo pasear por delante de sus casas. Se dice que solo una vez faltó a su cita con la puntualidad, una tarde en la que se quedó leyendo más de la cuenta las obras de su admirado Jean-Jacques Rousseau, de quien además guardaba un retrato en su gabinete. El pensador francosuizo, autor de diversas obras sobre educación, en cambio, sí tuvo hijos, y en número considerable. A todos ellos los abandonó en una institución para su formación, quién sabe si afectado aún por sus propios traumas de infancia o, más bien, por eso de no contravenir la teoría con la práctica, para ahorrarse el dolor de verse condicionado (es decir, limitado) en el legítimo ejercicio de sus libertades.

«Jean-Jacques Rousseau, autor de diversas obras sobre educación, tuvo un número considerable de hijos. A todos ellos los abandonó en una institución para su formación».

La incompatibilidad de la vida intelectual con la familia es uno de esos tópicos filosóficos que cabe hallar en los orígenes mismos del pensar en público, ya en la semimítica figura de un Sócrates siempre ansioso por encontrarse fuera del hogar que gobernaba Jantipa con mano de hierro, para conversar con quien fuera por aquellos caminos polvorientos. Un tópico cuya actualización paródica podemos leer en el opúsculo que lleva por título La vida sexual de Kant, firmado mediante el pseudónimo de Jean-Baptiste Botul. Mucho más sincera y fiable, al menos a priori, pretende ser la representación biográfica de Rousseau. Ya en las primeras páginas de sus Confesiones advertía con orgullo el carácter pionero de su empresa, una advertencia que busca ganarse al lector a través de un fabuloso pretexto (la sinceridad de su mostración, según ha señalado Paul de Man) a la postre imposible de corroborar: «Yo, que me voy a desnudar como nadie antes, a cambio pido una dosis de comprensión extra, dada la exposición que ello conlleva».

Hablando de actos de fe, que la celebración del Día del Padre coincida con el día de San José supone una ironía poderosa, repleta de sentido. Aquel creyó en la palabra de su mujer y aceptó el más glorioso papel de actor secundario, actuando como una suerte de padre adoptivo de Jesucristo, ser de naturaleza divina y, por tanto, infinitamente superior a él; lo cual a su vez no deja de ser un hecho paradójico, solo superado por el papel de la Virgen, partícipe carnal del alumbramiento del hijo de Dios. El irreverente cuadro La Virgen castigando al Niño Jesús ante tres testigos: André Breton, Paul Éluard y Max Ernst, del creador surrealista Max Ernst, plasma de un modo alarmante la distancia entre creador y criatura, así como su extraña confluencia en la sagrada familia. Incomprensible para la Virgen esa transformación suya, que se plasma en el temor de una mirada enfrentada a la inicial incredulidad de José, como refleja Pier Paolo Pasolini en su El evangelio según San Mateo a través de un silencio elocuente, adornado solo por el trino de las golondrinas. Pero la perplejidad de los padres no se acaba con la bíblica asunción del plan divino.

«Hablando de actos de fe, que la celebración del Día del Padre coincida con el día de San José supone una ironía poderosa, repleta de sentido».

La Virgen castigando al Niño Jesús ante tres testigos, de Max Ernst

Al contrario, aquel funciona como arquetipo que permite ilustrar la vivencia que maravilla/desasosiega a las sucesivas generaciones de criaturas una vez se convierten en creadoras, remotos padres del niño-dios (no en vano Freud empleó la expresión «His Majesty the Baby»); esto es, cuando pasan a vivir en primera persona el misterio de la encarnación y el consiguiente reconocimiento en la alteridad, a veces insondable, que son los hijos. No menos inquietante, si bien correlativo, es el no-reconocimiento de uno mismo en la mismidad, que eventualmente tiene lugar frente a un espejo. En nuestros tiempos de eficiencia productiva muchos padres tratan de justificar su deplorable aspecto físico y explicarse la razón de sus mermadas facultades cognoscitivas a partir de argumentos contrastados: la falta de sueño, la ausencia de un descanso verdaderamente reparador o la recurrencia siempre sorpresiva del imprevisto, que sume el orden cósmico en un perfecto caos. Y no son pocas las veces en las que reciben la consabida palmadita por parte de los todavía-no-padres, con una sentencia que en modo alguno puede hacerse viral, ni ser retuiteada con éxito: «me imagino (por tu cara y escasa agilidad mental) que lo de ser padre es duro… pero, «seguro que compensa»».

 

Una afirmación que tiene toda la pinta de ser retórica, es decir, que se plantea bajo la forma de la afirmación, cuando en realidad inquiere, demanda una confirmación (a la pregunta encubierta: ¿realmente compensa?). Incluso cuando es negativa, la respuesta incorpora en la mayoría de los casos una lectura incuestionablemente positiva: puede no compensar el tener hijos en un sentido material, pero es que nada de lo que supone su «venida» es ya calculable. Su realidad es transformadora y la nueva vida, con ellos, no es equiparable a la anterior. Como tampoco lo es el cambio de estatus, el salto de criatura a creador, en términos de responsabilidad. Muchos padres sabemos que no es una exageración «sentimentaloide» decir que pasan a ser más valiosos que la propia vida (o que son nuestra vida), pues también a efectos prácticos invertimos en ellos la mayoría de los recursos sin esperar (al menos, no siempre) un reconocimiento explícito. Esta es una lectura positiva de la respuesta negativa, pero asimismo parece pertinente contemplar algunas de las complejidades que conllevan la descendencia, y que propician situaciones cómicas.

«En la broma está contenida ya la verdad, grotescamente deformada o exenta de maquillaje. La cuestión es identificar en qué momento lo que se visualiza es real o surreal».

Una serie de anuncios, en ocasión de este memorable día, celebran la paradoja (que Kant obviamente no llegó a considerar en su estudio de los paralogismos de la razón humana) consistente en dar vida a otro y, como consecuencia de ello, dejar de tener vida propia. Muestran al clásico padre desfasado, al que uno o varios adolescentes ningunean impenitentemente. Y, con todo, el individuo se encuentra al final del anuncio ya «compensado», pues sostiene un cupón; supuesto billete a su felicidad, que ha de hacerle olvidar todo agravio. La escena combina situaciones reales, hasta frecuentes, con otra altamente improbable… pero que suaviza el drama. El regusto a caricatura está presente en la promoción televisiva, graciosa en la medida en que traslada un sintomático cupo de realidad. Pues en la broma está contenida ya la verdad, grotescamente deformada o exenta de maquillaje. La cuestión es identificar en qué momento lo que se visualiza es real o surreal. Y no lo decimos pensando todavía en Max Ernst, ni en ninguno de los artistas que quisieron trascender las aduanas del inconsciente, a través de la liberación de una realidad más real («sobre-real»).

Mira lo que has hecho es el título de la fantástica serie acerca de la paternidad, en la que Berto Romero parodia situaciones reales, que aquellos que no han tenido el gusto de experimentar creerán producto de la más pura y desatada ficción. No en vano alternan con flashbacks y flashforwards durante los que se fantasea a propósito de las causas/consecuencias de la educación dada y recibida. Situaciones tan surreales (mencionaremos solo tres) como la que protagoniza un pecho hermoso, del cual brota su preciado contenido en el momento menos oportuno; otra concerniente a un debate moral, relativo al uso ilegal de antitérmicos para mandar al niño a la guardería (y así poder trabajar); o aquella que escenifica (por fin) una cita romántica con la madre (hasta entonces convertida en la mujer más inaccesible del mundo) en la que no hay otro tema de conversación aparte de la criatura, pues «no quedan recuerdos de antes».

«También hemos mirado con verdadera pasión a una mujer que ya no es nuestra, intuyendo con felicidad nueva que, en efecto eso es así, porque ella nunca nos ha pertenecido realmente».

Situaciones que parecerán exageradas, y para algunos espectadores sonarán a caricatura. Sabemos, los padres, que todo es mucho más complejo y más sencillo de cuanto a uno le advierten, medio en broma medio en serio. Algunos hemos corregido textos sobre Kierkegaard y Lutero con un bebé en brazos. Hemos sido tentados con sentar en el estrado del aula universitaria al retoño de pocos años, no teniendo dónde dejarlo, aún con décimas de fiebre. Y también hemos mirado con verdadera pasión a una mujer que ya no es nuestra, intuyendo con una felicidad nueva que, en efecto, eso es así, porque ella nunca nos ha pertenecido realmente. Porque no es posible poseer lo que uno más quiere, a lo que uno se debe. Y que la verdadera magia, como padres, radica en asumir la porosidad de la línea que separa lo impensable y lo maravilloso.