Mercè Conangla: “En un mundo hostil, la desobediencia emocional es necesaria”

La psicòloga Mercè Conangla © Marc Llibre
La psicòloga Mercè Conangla © Marc Llibre
(Redactora en The New Barcelona Post)
24 de noviembre de 2025 - 15:46
Las palabras de Mercè Conangla desprenden un armónico equilibrio entre inquietud y sensibilidad. Entre una inquietud intensa, casi feroz, por aprender y entender no solo el mundo que le rodea, sino también su relación con los otros. Porque defiende que para amar a este mundo lo más importante es explorarlo, conocerlo y, así, valorarlo. Y, por otro lado, una sensibilidad profunda que se transmite en cada palabra, en cada gesto, y en cada mirada. Una sensibilidad que le permite cuidar a los tres planetas que todos habitamos: nuestro mundo interior, las relaciones que nos sostienen y el mundo exterior, aquel que compartimos con los demás habitantes del planeta.Precisamente, esta inquietud feroz es la que la ha llevado a estudiar primeramente enfermería, y posteriormente psicología, con especialidad clínica y educativa. A formarse continuamente y compartir este conocimiento en forma de libros, con casi unos treinta volúmenes publicados —el último titulado Cambio climático emocional—. Y es su sensibilidad la que la ha impulsado a mirar el mundo de una nueva forma, desarrollando el concepto de ecología emocional junto con Jaume Soler —compañero de profesión, camino y vida—. Un concepto que posteriormente derivó en la Fundación Ecología Emocional, que celebra treinta años creando espacios de diálogo, educación emocional y autoconocimiento. En una sociedad que parece condenada a las prisas, a la oscuridad y a la soledad —especialmente en grandes ciudades como Barcelona—, Conangla defiende la necesidad de contagiar la esperanza y la bondad, pero también de detectar estos valores en la sencillez de los pequeños gestos.— ¿Cómo definirías el concepto de ecología emocional?— Ecología proviene de la palabra griega oikos, que significa casa. Y, por lo tanto, ecología es el conocimiento de la casa. Y, en nuestro caso, la casa que tenemos que conocer y cuidar está dividida en tres planetas: nuestro mundo interior, el de las relaciones y el mundo exterior, que puede ser la familia, el trabajo, nuestra ciudad o incluso el planeta. La ecología emocional enseña a dirigir bien nuestras cargas emocionales hacia estos tres planetas y a cuidar a los tres a la vez. Porque si yo estoy contaminada, si vivo enfadada o frustrada, inevitablemente esparciré basura emocional en los demás, o incluso en el resto del mundo. Por eso estos tres planetas están interconectados como si fueran las tres patas de un mismo taburete: si falla una, todo se desajusta.— ¿Cómo tenemos que cuidar estos planetas?— Empezando por conocernos. Siempre vuelvo a este verbo: conocer. Si no conozco una cosa, no la puedo valorar. Y si no la valoro, no la respeto. Y si no la respeto, no la quiero. Pasa con un mismo, con las personas de nuestro alrededor, con las ciudades, con todo. Por ejemplo, si yo no conozco Barcelona, si no la piso, si no conozco su gente y sus rincones, no sentiré orgullo de vivir en ella. Pasa exactamente igual con un mismo: por eso hay que conocer, valorar, respetar y, por último lugar, querer.

— Un trabajo de autoconocimiento y de conocimiento del mundo exterior que desde la Fundación defendéis que debe hacerse desde muy pequeños.

— Es esencial. Debemos enseñar a los niños a poner nombre a las emociones desde el principio. Saber distinguir el miedo, la tristeza, la ira… Porque si no entendemos estas emociones, es muy común contestar “estoy fatal” cuando nos preguntan cómo estamos. Pero “fatal” no es una emoción, es una especie de saco en el que metemos todo: tristeza, frustración, soledad, decepción, rabia… Cuando conseguimos poner nombre a estas emociones, podemos empezar a entenderlas, a ordenar el caos y entonces trabajarlas. Y este es un proceso continuo: que se puede empezar de pequeño o con 70 años. Un proceso esencial precisamente en el momento actual: donde el mundo es incierto y la angustia, la depresión y la desesperanza parecen generalizadas.

"Estamos hiperconectados pero incomunicados. La mayoría de nuestras relaciones son superficiales, tópicas"

— Especialmente en un momento como el actual, en el que, aunque especialmente la gente joven cada vez más se atreve a hablar abiertamente de salud mental, también están creciendo la ansiedad, la depresión, el estrés.

— Hay una angustia generalizada, mucha tristeza, un incremento de depresiones, de la ansiedad e incluso de los intentos de suicidio. Muchos jóvenes miran a su alrededor y ven dificultades: la vivienda, los sueldos, la precariedad, la sensación de que vivirán peor que sus padres. Cuando solo ves obstáculos, tienes miedo e ira, y con esos sentimientos puedes hacerte daño, a ti y a los demás. Y también al planeta: porque la reacción lógica es: “¿por qué debemos cuidar nuestro entorno si vemos que todo se hunde?”

— Y, en muchos casos, esos sentimientos derivan en lo que se conoce como ecoansiedad.

— Sí, se junta la impotencia, la decepción con los políticos, la indignación con las empresas contaminantes, el miedo. Y ante este escenario hay personas que se estancan y se ahogan en la indiferencia o la parálisis, y nos encontramos ante un concepto que definimos como “la globalización de la indiferencia”; es decir, la gente se crea una coraza frente a las desgracias para dejar de sufrir. Y, en el otro extremo, está la reacción contraria: la hiperresponsabilidad, jóvenes que acaban agotados por todas las restricciones que se autoimponen.

— ¿Y qué podemos hacer ante todo este mundo que parece tan oscuro?

— Debemos sembrar esperanza. Y eso es tan simple como realizar acciones tan sencillas como ser más amable, regalar una sonrisa, tener un detalle con alguien, ceder el paso. Pequeños detalles que hacen una ciudad menos hostil. Es importante no pensar en todo aquello que no podemos controlar, sino en todas esas acciones que sí están en nuestras manos: regar una planta, apagar la luz cuando salimos de la habitación o no dejar el grifo abierto. Pero también es importante crear redes: espacios de escucha, de encuentro real, de diálogo. Porque la soledad afecta a mucha gente mayor, pero también es una herida profunda entre adolescentes y jóvenes.

"Cuando una persona sufre emocionalmente necesita ser escuchada. No que le arreglen la vida"

— Parece paradójico, ¿no? Tenemos más facilidades que nunca para estar conectados gracias a las redes sociales, pero, al mismo tiempo, nos sentimos más solos.

— Estamos hiperconectados pero incomunicados. La mayoría de nuestras relaciones son superficiales, tópicas. Es decir, si imaginamos las relaciones sociales como una pirámide, la base de esta, es decir, la mayoría de comunicaciones, son tópicas, con temas neutros. Después hay un segundo nivel de la pirámide, que es el de la opinión, el “ante esta situación, yo opino esto”, que es un intercambio intelectual muy interesante. Pero casi nunca llegamos al último nivel de la pirámide: el del “yo siento”, porque abrirnos emocionalmente a los demás parece que nos da miedo. Y esto también lo vemos en redes: solo vemos vidas perfectas, felices, pero detrás puede haber mucha tristeza y soledad. Debemos crear espacios de escucha profunda para que surjan relaciones profundas.

— ¿Cómo podemos establecer y fortalecer estas relaciones?

— Primero, hay que trabajar e identificar nuestras emociones: porque así conseguiremos no mezclarlas con las de los demás. Cuando alguien sufre, no puedo decirle “te entiendo perfectamente”, porque no es verdad. Porque aunque hayamos pasado por la misma situación, no todo el mundo transita las mismas emociones. Debemos preguntar: “¿cómo te sientes?”. No proyectando mi historia, sino respetando la suya.

— ¿Y a partir de aquí, cómo podemos ayudar a una persona de nuestro entorno si vemos que sufre?

— Una persona cuando sufre emocionalmente necesita ser escuchada. No que le arreglen la vida. A veces, con las mejores intenciones, decimos “yo, en tu lugar, haría esto…”, pero tú no eres el otro. Lo más importante es sentir que alguien está ahí: sentir un “habla, te escucho”. Una mano, un contacto, un “si me necesitas, llámame, sea la hora que sea”. Yo no podré calmar tu dolor, pero sí estar contigo.

— Y solo nos faltaría el tercer planeta: el mundo exterior.

— Todos convivimos en este pequeño planeta, y deberíamos remar juntos en la misma dirección para preservarlo, porque no tenemos un planeta de recambio. Pero en vez de remar conjuntamente, nos peleamos, hay guerras internacionales, nos hacemos daño y contaminamos el entorno. Por este motivo debemos cuidar los tres planetas: nuestro interior, nuestras relaciones y el mundo exterior. Y debemos  cuidar la Tierra también porque su estado acabará afectando a nuestro interior: si vivimos en una ciudad sucia, agresiva, con prisas, entonces estaremos mal.

"Si voy al gimnasio tres días a la semana, ¿por qué no entreno también mi capacidad de estar presente, de respirar, de gestionar el miedo?"

— ¿Se puede vivir bien en una ciudad donde todo va rápido como Barcelona?

— Es posible, pero si tenemos las herramientas para hacerlo. Por ejemplo, si pienso que no puedo hacer nada para que esta ciudad sea menos hostil, me victimizo. Pero si me pregunto: “¿qué puedo hacer yo hoy?”, recupero el control. Y debemos centrarnos en estas pequeñas acciones. Pero también alzar la voz cuando hace falta: debemos enseñar a los niños a ser más rebeldes.

— ¿Rebeldes?

— Sí, rebeldes emocionalmente. Cuando el mundo parece hostil, la desobediencia emocional es más necesaria que nunca. Y uno de los peligros de las nuevas generaciones es precisamente este: que son demasiado obedientes, que se lo creen todo. Debemos saber decir “hasta aquí”. La sociedad nos empuja a vivir rápido, en automático: “no pienses, no sientas”. Pero debemos saber pararnos, alejarnos de este sistema que nos empuja a ser productivos continuamente y centrarnos en nosotros mismos. Estamos muy preocupados por nuestra salud física y vamos mucho al gimnasio, pero también deberíamos ir al gimnasio emocional.

— Entrenarnos emocionalmente.

— Sí, y sobre todo porque vemos que debemos prepararnos para situaciones inesperadas: apagones, pandemias, escenarios que ahora ni imaginamos… Y estar preparados no es solo tener un kit de emergencia, sino también tener un buen músculo emocional. Si voy al gimnasio tres días a la semana, ¿por qué no entreno también mi capacidad de estar presente, de respirar, de gestionar el miedo?

— ¿Cómo podríamos mejorar Barcelona para que fuera más agradable para sus habitantes?

— Las personas que diseñan las ciudades, los políticos o los arquitectos, deberían contemplar más el factor emocional. Y, en este sentido, nosotros trabajamos con el concepto de la ciudad CAPA: creativas, amorosas, pacíficas y autónomas.

"Las personas que diseñan las ciudades, los políticos o los arquitectos, deberían contemplar más el factor emocional"

— ¿Y Barcelona lo es?

— Tiene potencial. Barcelona, por ejemplo, siempre se ha dicho que es creativa, sí, pero la creatividad debe estar orientada a humanizar, no a hacer consumir más. Pero también debe ser amorosa y pacífica: necesitamos espacios de silencio, espacios amables, una ciudad donde no siempre vayamos apretados e irritables. Pero donde también haya espacios de red, de sentirnos parte de una comunidad que nos impulsa. Y sobre todo necesitamos bondad.

— ¡Bondad! ¿Dónde podemos encontrar este valor tan imprescindible para un mundo más amable?

— La podemos encontrar en todas partes: porque la bondad es el cuidado sensible del planeta, de las personas y de uno mismo. Es amor por la vida, ternura, generosidad, humildad, belleza… De hecho, en la Fundación Ecología Emocional tenemos un observatorio de la bondad, y durante unos días nos dedicamos a observar estas acciones bondadosas cotidianas. Y, una vez te pones las gafas de la bondad, la ves en todas partes: desde la persona que cede un asiento en el metro hasta la sonrisa que nos regala un vecino.

— A veces nos cuesta reconocer estos gestos.

— Sí, porque vamos demasiado rápido, con el piloto automático. Y, por este motivo, también es importante que eduquemos a las personas, desde pequeñas, a reconocer y también contagiar la bondad. Y sobre todo a agradecerla, pero no un gracias mecánico, como cuando en el patio de la escuela obligamos a los más pequeños a pedir perdón después de haberse peleado, pero no lo sienten de verdad. Debe ser un agradecimiento vivo.

"Si todo el mundo agradeciera sinceramente, Barcelona sería menos hostil, más respirable, más humana"

— Si todos practicáramos esta mirada, la ciudad cambiaría…

— Solo una semana dedicada a la gratitud sería transformadora. Si todo el mundo agradeciera sinceramente, Barcelona sería menos hostil, más respirable, más humana. Y podemos proponernos un agradecimiento sincero al día o a la semana, y veríamos el impacto que tiene.

— En una ciudad tan rápida y a veces hostil, defiendes la esperanza.

— Porque la cultivo cada día y porque siento que está ahí. Porque no pienso tirar la toalla: debemos poder plantarnos contra este mundo rápido y sembrar esperanza, porque la necesitamos.

— ¿Cómo podemos hacerlo?

— Primero, cuidándonos a nosotros mismos: y esto lo podemos hacer de muchas maneras: desde la meditación, la contemplación, un rato de silencio, un libro o una canción que nos nutra. A veces es tan sencillo como sacar cinco minutos al día. Porque yo puedo alimentar mi cerebro o contaminarlo: y de esta decisión dependerá cómo tratemos a los demás y al mundo. Y eso es ecología emocional: cuidar los tres planetas para que la vida pueda florecer en ellos.

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Sobre el autor

Ainara Valadez
Ainara Valadez Medina

Redactora en The New Barcelona Post

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