
— Un trabajo de autoconocimiento y de conocimiento del mundo exterior que desde la Fundación defendéis que debe hacerse desde muy pequeños.
— Es esencial. Debemos enseñar a los niños a poner nombre a las emociones desde el principio. Saber distinguir el miedo, la tristeza, la ira… Porque si no entendemos estas emociones, es muy común contestar “estoy fatal” cuando nos preguntan cómo estamos. Pero “fatal” no es una emoción, es una especie de saco en el que metemos todo: tristeza, frustración, soledad, decepción, rabia… Cuando conseguimos poner nombre a estas emociones, podemos empezar a entenderlas, a ordenar el caos y entonces trabajarlas. Y este es un proceso continuo: que se puede empezar de pequeño o con 70 años. Un proceso esencial precisamente en el momento actual: donde el mundo es incierto y la angustia, la depresión y la desesperanza parecen generalizadas.
"Estamos hiperconectados pero incomunicados. La mayoría de nuestras relaciones son superficiales, tópicas"
— Especialmente en un momento como el actual, en el que, aunque especialmente la gente joven cada vez más se atreve a hablar abiertamente de salud mental, también están creciendo la ansiedad, la depresión, el estrés.
— Hay una angustia generalizada, mucha tristeza, un incremento de depresiones, de la ansiedad e incluso de los intentos de suicidio. Muchos jóvenes miran a su alrededor y ven dificultades: la vivienda, los sueldos, la precariedad, la sensación de que vivirán peor que sus padres. Cuando solo ves obstáculos, tienes miedo e ira, y con esos sentimientos puedes hacerte daño, a ti y a los demás. Y también al planeta: porque la reacción lógica es: “¿por qué debemos cuidar nuestro entorno si vemos que todo se hunde?”
— Y, en muchos casos, esos sentimientos derivan en lo que se conoce como ecoansiedad.
— Sí, se junta la impotencia, la decepción con los políticos, la indignación con las empresas contaminantes, el miedo. Y ante este escenario hay personas que se estancan y se ahogan en la indiferencia o la parálisis, y nos encontramos ante un concepto que definimos como “la globalización de la indiferencia”; es decir, la gente se crea una coraza frente a las desgracias para dejar de sufrir. Y, en el otro extremo, está la reacción contraria: la hiperresponsabilidad, jóvenes que acaban agotados por todas las restricciones que se autoimponen.


— ¿Y a partir de aquí, cómo podemos ayudar a una persona de nuestro entorno si vemos que sufre?
— Una persona cuando sufre emocionalmente necesita ser escuchada. No que le arreglen la vida. A veces, con las mejores intenciones, decimos “yo, en tu lugar, haría esto…”, pero tú no eres el otro. Lo más importante es sentir que alguien está ahí: sentir un “habla, te escucho”. Una mano, un contacto, un “si me necesitas, llámame, sea la hora que sea”. Yo no podré calmar tu dolor, pero sí estar contigo.
— Y solo nos faltaría el tercer planeta: el mundo exterior.
— Todos convivimos en este pequeño planeta, y deberíamos remar juntos en la misma dirección para preservarlo, porque no tenemos un planeta de recambio. Pero en vez de remar conjuntamente, nos peleamos, hay guerras internacionales, nos hacemos daño y contaminamos el entorno. Por este motivo debemos cuidar los tres planetas: nuestro interior, nuestras relaciones y el mundo exterior. Y debemos cuidar la Tierra también porque su estado acabará afectando a nuestro interior: si vivimos en una ciudad sucia, agresiva, con prisas, entonces estaremos mal.
"Si voy al gimnasio tres días a la semana, ¿por qué no entreno también mi capacidad de estar presente, de respirar, de gestionar el miedo?"
— ¿Se puede vivir bien en una ciudad donde todo va rápido como Barcelona?
— Es posible, pero si tenemos las herramientas para hacerlo. Por ejemplo, si pienso que no puedo hacer nada para que esta ciudad sea menos hostil, me victimizo. Pero si me pregunto: “¿qué puedo hacer yo hoy?”, recupero el control. Y debemos centrarnos en estas pequeñas acciones. Pero también alzar la voz cuando hace falta: debemos enseñar a los niños a ser más rebeldes.
— ¿Rebeldes?
— Sí, rebeldes emocionalmente. Cuando el mundo parece hostil, la desobediencia emocional es más necesaria que nunca. Y uno de los peligros de las nuevas generaciones es precisamente este: que son demasiado obedientes, que se lo creen todo. Debemos saber decir “hasta aquí”. La sociedad nos empuja a vivir rápido, en automático: “no pienses, no sientas”. Pero debemos saber pararnos, alejarnos de este sistema que nos empuja a ser productivos continuamente y centrarnos en nosotros mismos. Estamos muy preocupados por nuestra salud física y vamos mucho al gimnasio, pero también deberíamos ir al gimnasio emocional.

— Entrenarnos emocionalmente.
— Sí, y sobre todo porque vemos que debemos prepararnos para situaciones inesperadas: apagones, pandemias, escenarios que ahora ni imaginamos… Y estar preparados no es solo tener un kit de emergencia, sino también tener un buen músculo emocional. Si voy al gimnasio tres días a la semana, ¿por qué no entreno también mi capacidad de estar presente, de respirar, de gestionar el miedo?
— ¿Cómo podríamos mejorar Barcelona para que fuera más agradable para sus habitantes?
— Las personas que diseñan las ciudades, los políticos o los arquitectos, deberían contemplar más el factor emocional. Y, en este sentido, nosotros trabajamos con el concepto de la ciudad CAPA: creativas, amorosas, pacíficas y autónomas.
"Las personas que diseñan las ciudades, los políticos o los arquitectos, deberían contemplar más el factor emocional"
— ¿Y Barcelona lo es?
— Tiene potencial. Barcelona, por ejemplo, siempre se ha dicho que es creativa, sí, pero la creatividad debe estar orientada a humanizar, no a hacer consumir más. Pero también debe ser amorosa y pacífica: necesitamos espacios de silencio, espacios amables, una ciudad donde no siempre vayamos apretados e irritables. Pero donde también haya espacios de red, de sentirnos parte de una comunidad que nos impulsa. Y sobre todo necesitamos bondad.

— ¡Bondad! ¿Dónde podemos encontrar este valor tan imprescindible para un mundo más amable?
— La podemos encontrar en todas partes: porque la bondad es el cuidado sensible del planeta, de las personas y de uno mismo. Es amor por la vida, ternura, generosidad, humildad, belleza… De hecho, en la Fundación Ecología Emocional tenemos un observatorio de la bondad, y durante unos días nos dedicamos a observar estas acciones bondadosas cotidianas. Y, una vez te pones las gafas de la bondad, la ves en todas partes: desde la persona que cede un asiento en el metro hasta la sonrisa que nos regala un vecino.
— A veces nos cuesta reconocer estos gestos.
— Sí, porque vamos demasiado rápido, con el piloto automático. Y, por este motivo, también es importante que eduquemos a las personas, desde pequeñas, a reconocer y también contagiar la bondad. Y sobre todo a agradecerla, pero no un gracias mecánico, como cuando en el patio de la escuela obligamos a los más pequeños a pedir perdón después de haberse peleado, pero no lo sienten de verdad. Debe ser un agradecimiento vivo.
"Si todo el mundo agradeciera sinceramente, Barcelona sería menos hostil, más respirable, más humana"
— Si todos practicáramos esta mirada, la ciudad cambiaría…
— Solo una semana dedicada a la gratitud sería transformadora. Si todo el mundo agradeciera sinceramente, Barcelona sería menos hostil, más respirable, más humana. Y podemos proponernos un agradecimiento sincero al día o a la semana, y veríamos el impacto que tiene.
— En una ciudad tan rápida y a veces hostil, defiendes la esperanza.
— Porque la cultivo cada día y porque siento que está ahí. Porque no pienso tirar la toalla: debemos poder plantarnos contra este mundo rápido y sembrar esperanza, porque la necesitamos.

— ¿Cómo podemos hacerlo?
— Primero, cuidándonos a nosotros mismos: y esto lo podemos hacer de muchas maneras: desde la meditación, la contemplación, un rato de silencio, un libro o una canción que nos nutra. A veces es tan sencillo como sacar cinco minutos al día. Porque yo puedo alimentar mi cerebro o contaminarlo: y de esta decisión dependerá cómo tratemos a los demás y al mundo. Y eso es ecología emocional: cuidar los tres planetas para que la vida pueda florecer en ellos.
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