“Mejor que no suene nada de fondo; la música hay que tratarla bien, escucharla y no utilizarla para rellenar un hueco”. Tras un menú a base de cocina mediterránea, Magalí Sare se ha acodado a la barra para tomar un carajillo de Baileys de sobremesa. Lo que cuenta, ahora, es la conversación, sin otras interferencias. Porque la música ya la tiene ella dentro.
“Crecí en una familia muy musical. Mi padre, Frederic Sesé, es músico y divulgador y fue, entre muchas otras cosas, uno de los fundadores de Zeleste. Mi madre es psicopedagoga y muy aficionada a la música. Mi hermana, Júlia, es directora de coro y mi hermano, Gerard, es uno de los creadores de la compañía Generació de Merda”. En este contexto, Magalí aprendió a los seis años a tocar el piano, “y a los nueve la flauta travesera, porque quería tocar en la banda del colegio”. Nadie, en su familia, dudaba de que tenía por delante un brillante porvenir artístico, que ha desarrollado con la máxima profesionalidad, “luchando contra el caos y la informalidad que se suelen asociar al arte”.
Estudió clásica y, luego, en el Conservatorio de Sabadell, junto a piano y flauta, se metió también en el mundo de la percusión. “Ahí es donde el jazz se cruzó en mi camino, junto con otras músicas a las que resulta fácil llegar estando aquí, como el flamenco, las músicas latinas, la brasileña o el afrobeat”. Sonidos que ha ido fagocitando e integrando en un lenguaje musical suyo, intransferible, basado en la inquietud, en el viaje, en la necesidad de aprender y asumir nuevos retos, y en una enorme permeabilidad cultural.
Su nuevo disco, Descasada Vol. 1 (Segell Microscopi), el tercero que publica en solitario, “aúna todo lo que he ido haciendo y absorbiendo a nivel musical” y representa su trabajo más personal. “Es totalmente mío, ahí me encargo de todas las voces, piano y percusiones y, menos un arreglo puntual, todos los demás son míos”. También asegura que es el disco donde se ha sentido más libre, “porque no estoy hablando de mí, sino que es fruto de una investigación antropológica sobre cantos de boda de muchos países”. Canciones de mujeres que no quieren ser casadas: matrimonios forzados, niñas vestidas de blanco, damas que avanzan hacia altares que no elevan, sino que encadenan. El resultado es una colección de canciones que suman doce idiomas, noventa colaboradores y un sinfín de estilos musicales, “y que tendrá continuidad en un segundo volumen, ya en marcha”.
El canto del renacer
Entre los 19 y los 21 años, Magalí Sare vivió una pesadilla. “Una relación profundamente tóxica que me consumió y de la que salí en buena medida gracias a mi familia”. Tras todo aquel tiempo de anulación, de silencio forzado, “me di cuenta de que lo que quería era subirme a un escenario y cantar mis canciones para explicarme al mundo”. Así vio la luz, en 2018, su primer álbum en solitario Cançons d’amor i dimonis, resultado de todo aquel proceso de desbloqueo, “en el que llegaba a componer dos o tres canciones cada semana y en el que volví a nacer”.Desde entonces, Magalí no ha parado. “He sacado un disco con el guitarrista Sebastià Gris, que es mi pareja, he colaborado con Clara Peya en su álbum Estómac, saqué mi segundo disco en solitario, Esponja, y he viajado por todo el mundo, sobre todo con el contrabajista Manel Fortià, con el que tenemos el dúo Magalí i Manel”.
Con esta formación, que lleva ya grabados dos discos, la artista también experimentó “el odio que se genera en las redes sociales”, cuando a una legión de guardianes de las esencias no les gustó su reinterpretación de Els segadors para la investidura de Pere Aragonès, en plena pandemia, ante la imposibilidad de que la interpretara el Orfeó Català. “Pero no me arrepiento de nada —reivindica—. De eso tiene que ir el arte: de remover, de poner en discusión. ¡De cantar una canción aportando algo nuevo respecto a la original!”.
Libertad y música
“Cuando era niña veníamos a la Rambla con mi padre y recuerdo aquel escenario que pusieron delante del Liceu cuando este había ardido. Ya adolescente, bajaba a Barcelona con mis amigas desde Cerdanyola del Vallès, y aquello me hacía sentir poderosa. Para mí eso es Barcelona, libertad y música”. O, cuando menos, lo era.
La relación se ha ido complicando. “Los precios absurdos, la gentrificación y el hecho de que, en esta ciudad, cada vez hay menos salas de conciertos porque las van cerrando”, han llevado a la artista, que pone punto final a su carajillo, a vivir ahora mismo entre Barcelona y Centelles.
—Si quieres tomar algo más, estás invitada.
Mira a su alrededor con sus ojos de color café intenso. Desde la cristalera se ve cómo empieza a atardecer. La sobremesa se ha alargado. De fondo, el sonido cruzado de conversaciones, risas y los ruidos de la barra. El Bar atrapa. Y, enigmática, como si todo lo que está ocurriendo alrededor fuera una canción cuyas cadencias domina a fondo, una música que baila sin secretos en su cabeza, Magalí Sare sonríe.