CARAS DESCONOCIDAS

Vida en solfa de un tenor

Jordi Casanova interpretant l'òpera còmica de verdi, a partir del falstaff de shakespeare a Sabadell. © Enric Lucena
Jordi Casanova interpretant l'òpera còmica de verdi, a partir del falstaff de shakespeare a Sabadell. © Enric Lucena

Jordi Casanova ha dedicado treinta y cinco años de su vida a la música, veinticinco, de manera exclusiva. La vibración de sus cuerdas vocales ha dado voz a personajes de célebres óperas en escenarios de todo el mundo. Pero también ha sabido poner límites a giras por el extranjero, dejando paso a los más jóvenes y procurándose un plan laboral paralelo que le ha permitido combinar la docencia del canto lírico con la venta de seguros.

08 de enero de 2026

Nacer en un hogar donde la música se aprecia como compañera de vida facilitó el camino de cuatro hermanos que se acabaron dedicando a la música. El padre había estudiado violín y fue el tesorero de la asociación de conciertos del Teatro Fortuny de Reus. Iba a todos los conciertos que se programaban, y quiso que todos los hijos estudiaran música. Jordi Casanova i Barberà es el pequeño de aquellos cuatro hermanos y eligió aprender a tocar el violín. Su hermana mayor hizo solfeo y canto en el conservatorio, el segundo, estudió piano, y la tercera, guitarra y violín.

Pero el quinto curso de violín, a él, no le fue bien. “Hice un examen horrible. No lo tendría que haber hecho, porque era muy difícil y no estaba suficientemente preparado”, recuerda. Pero, aquello sirvió para que su hermana mayor le dijera, por qué no hacer canto. Y entonces Jordi hizo una audición para el Conservatorio Superior de Música de Barcelona, ante la catedrática Myriam Alió Francheri, nieta del músico y compositor catalán, Francesc Alió.

Lo cogieron y, casi sin darse cuenta, y muy pronto, ya se encontró en los escenarios haciendo conciertos en solitario o acompañando a corales que pedían solistas. “Soy un cantante accidental”, dice ahora al recordarlo. Pero entonces no hacía más que dejar que la vida lo guiara. Con veinte o veintiún años no era demasiado consciente de todo lo que significaba lo que hacía. Sí que se daba cuenta, sin embargo, que “tenía cierta facilidad para el canto y, sobre todo, que estaba en buenas manos. Tanto Myriam Alió como su marido, el compositor y pianista barcelonés Manuel García Morante, fueron como unos segundos padres para mí. Les estaré eternamente agradecido”, dice.

Jordi compaginó la música con los estudios de Historia del Arte, con la especialidad de Musicología. Y completó varios cursos de pedagogía musical porque ya pensaba en la opción de ser profesor. La oportunidad para hacerlo realidad surgió en la Universitat Ramon Llull Blanquerna, donde impartió clases de música en la carrera de Magisterio. Y tenía solo veinticuatro años. “Era todo un reto enseñar música a los maestros”, rememora. Crearon la especialidad de maestro especialista en música para infantil y primaria. “Hacer cantar, con polifonía, cánones, leer música muy rudimentariamente, a gente que no tenía ninguna formación musical era muy bonito”, recuerda.

En paralelo, cantaba, e iba componiendo su familia, con tres hijos que, sin ninguna premisa de los padres, se acogieron a la música para hacer camino profesional o para compaginarla con otras dedicaciones. Miquel es contrabajista de jazz y estudia un máster de jazz en Basilea. Joana es farmacéutica, pero también flautista y trompetista y toca en tres grupos. Y Ferran toca el clarinete y el saxo y es uno de los músicos que estos días, y hasta el 15 de febrero, sube a escena en el Teatre Romea con el espectáculo L’amor venia amb taxi de La Cubana, en el que toca y actúa.

Jordi lo sabe bien: “Cuando te inoculan el virus de la música, no hay ninguna vacuna que lo cure”. La afición de su padre por este arte que despierta y mueve las almas, caló en él y en sus hermanos, en los hijos y en todos los sobrinos también. “Hemos tenido suerte porque, sin obligarlos, nuestros hijos han llegado a actuar en el Liceu”, comenta Jordi.

El tenor Jordi Casanova cantando una misa de Mozart en el Auditori de Barcelona. © Auditori de Barcelona

Música en la vida

El canto lo ha llevado a conocer el mundo del escenario, a descubrir que, en un teatro de ópera, hay una barbaridad de profesionales trabajando, “una quincena de maquinistas que hacen los cambios de escena que previamente tienen que ensayar. Es increíble la maquinaria que hay detrás para que todo vaya como una seda”, explica.

En la sociedad coral Amics de la Unió de Granollers también ha dado clases de canto. Los coros de esta entidad son reclamados internacionalmente. Él ya sabe bastante bien qué son las giras, pero, como lo alejaban muy a menudo de la familia, durante un tiempo se dio una pausa de conciertos en el extranjero, y se hizo vendedor de seguros para poder compaginar su actividad docente con un plan B laboral.

El tenor Jordi Casanova en el espectáculo del Parsifal de Wagner. © Antoni Bofill

Hasta que, en una boda, coincidió con el tenor Eduard Jiménez, que le hizo replantearse dedicarse al canto, de nuevo, a fondo. Y lo hizo. Pidió una excedencia en la Ramon Llull y ya no volvió más. Hizo muchas actuaciones en el Liceu con producciones infantiles como La pequeña flauta Mágica, el Barbero de Sevilla, o Cenicienta.

Y con el director de los Amigcs de la Unió en Granollers, Josep Vila, crearon el aula de ópera. “Empezó primero con grupos pequeños, un trío, un cuarteto y creamos una miscelánea de ópera en la que yo hacía de director de escena y de profesor de canto, y hacíamos un concierto al semestre y uno a final de curso. Hasta que montamos una ópera entera, The Fairy Queen, con la orquesta del colegio de médicos, Ars Médica, donde mi actual mujer, Cristina Claret, que es médico endocrina, toca el violín”, explica. Hasta la pandemia, La boda de Fígaro, Fledermaus ---el murciélago de Strauss traducida al catalán--- y muchas otras óperas ocuparon buena parte del tiempo de Casanova dedicado a la música.

Y mientras tanto, iba cerrando contratos de seguros. “Me podía dedicar a ello el tiempo que quería, y con el paso del tiempo, mi plan B fue convirtiéndose cada vez más plan A, porque no quería viajar por todas partes sin parar, y también porque, por ley de vida, los jóvenes cantantes también quieren cantar y se les tiene que dar espacio”.

Ahora continúa dando clases de canto lírico en la Academia Barcelona Concertante, en la calle del Rosari de Sarriá. En sus clases, ayuda a modular la voz a alumnos que, como él, se han sentido atraídos por el canto. “Los alumnos amateurs y aficionados son los que me enseñan a ser mejor profesor, porque tienes que buscar recursos para ellos. Para enseñar a cantar, tienes que confeccionar un traje a medida, a nivel físico, energético, a nivel de la percepción. El trabajo mecánico es un trabajo apasionante y es muy bonito ver los progresos de la gente y cómo los alumnos fabrican su propia motivación a partir de ese progreso”.

Jordi Casanova acumula treinta y cinco años de su vida dedicados a la música, compartiendo escenario con figuras como Plácido Domingo y Joan Pons.

Jordi explica que “cuando aprendes a cantar, el instrumento eres tú. Tú te enfrentas a tu biología y a tu manera de ser, a tus miedos y dudas. Por eso, alguien muy controlador es muy complicado como alumno de canto, tienes que hacer entelequias, controlar que se sueltan. Estás luchando con la manera de ser de aquella persona y es por eso que el canto es una disciplina tan profundamente transformadora. A veces hay que hacer un juego simbólico, ponerse en la piel de otra persona, por ese motivo hacer teatro va tan bien, te permite hacer cosas que tú mismo no te permites hacer habitualemnte”.

"Ya puede existir un buen pianista u otros instrumentos, pero cuando alguien canta, no sé si porque eres tú mismo el instrumento, vibras. La voz tiene un poder que no tiene ningún otro instrumento"
“No sé qué atrapa del canto lírico, pero cuando oyes cantar a alguien, aquello es cautivante. Ya puede existir un buen pianista u otros instrumentos, pero cuando alguien canta, no sé si porque eres tú mismo el instrumento, vibras. La voz tiene un poder que no tiene ningún otro instrumento, es una expresión directa, no hay ningún mediador, y explicas cosas. Cuando cantas, explicas estados de ánimo, recuerdos, historias”. Incluso ---añade--- “cuando explicas algo, como por ejemplo en La Vieja Molinera ---un ciclo de lieder de Franz Schubert---, que yo canto en alemán, aunque la gente tiene un resumen de cada canción, queda embelesada, aunque no entienda nada. Es bestial”.

En reuniones familiares, como las de ahora por fiestas, siempre hay alguien que le pide que cante un poco y, “por sencillo que sea aquello que canto, hay gente que llora. La voz tiene un poder de conmover que no tiene ninguna otra expresión musical con un instrumento, y yo todavía hoy no me explico por qué”.

Espectáculo del tenor Jordi Casanova con el barítono Carles Daza. © Enric Lucena

Ha podido escribir toda una carrera de la que se siente muy afortunado, “he compartido escenario con Plácido Domingo y Joan Pons, he cantado con Edita Gruberova, Joyce di Donato, Muñeca Stemme, Diana Damrau y Juan Diego Flórez. He sido dirigido por grandísimos directores de altísimo nivel que te decían cómo abordar tu personaje, y siempre con papeles secundarios, pero me siento superprivilegiado de haberlo podido hacer. Sé que para poder hacer lo que he hecho yo hay una cola larguísima”.

Él puso mucha confianza en ello desde el inicio. Al Liceu, por ejemplo, fue por iniciativa propia. “Llamé a la puerta, dije que quería pedir una audición y me dijeron que me preparara cinco áreas, de las que elegirían dos. Y así, sin ningún representante, ya me ficharon para hacer una Traviata, interpretando el papel de Giuseppe, que hace de ayudante de cámara cuando en el segundo acto se van al campo”. La voz de Jordi como tenor le ha llevado a dominar el italiano y el francés, también el alemán y el inglés. “El italiano es lengua franca entre los cantantes de ópera, porque todos hemos cantado repertorio de Verdi”, comenta.

"Cuanto más nos alejamos de las humanidades, más insensibles nos volvemos ante los problemas que nos rodean, sociales, de la gente que no tiene casa o de aquella que debe huir de su país. Cuanto menos sensibles somos en general, menos sensibles somos a las realidades que nos rodean"
Y tener la voz como una de sus herramientas profesionales también le ha enseñado a cuidarla. “Debemos tener un cuidado especial, porque un resfriado, que para cualquier otra persona puede ser un mero trámite, para nosotros puede ser letal, impidiéndonos cantar. Es muy importante el descanso, no forzar la voz, sobre todo cuando se habla, y cuidarse muy preventivamente. Se debe mirar de evitar cambios de temperatura, llevar siempre un jersey para cuando entras en los transportes públicos en verano que hace un frío que pela, y cosas de estas”.

Jordi Casanova en la ópera de cámara en Sant Cugat.

Casi al final de su carrera profesional, con esta voz privilegiada entonando sonidos que son un masaje para el espíritu, reflexiona sobre lo que la música le ha aportado a su vida. “Todas las personas que nos dedicamos al arte, de alguna manera este arte nos ha hecho sensibles; y la sensibilidad quiere decir también empatía, saber estar con los otros”. Incluso, habla de cómo ha podido influir la música en el resto de las actividades que hace en la vida. “Cuando trabajo con los seguros, puedo entender qué sienten las otras personas, sus necesidades e inquietudes e intentar, así, hacerles un producto más a medida. Trabajar con la música y el arte te hace ser más sensible en el mundo que nos rodea". 

Es precisamente por este motivo que Casanova defiende "a ultranza que se continúe haciendo educación en las artes y las humanidades en las escuelas, porque esto quiere decir que estamos formando a niños y a futuros adultos sensibles al mundo y a las dificultades y a los retos que tenemos como sociedad. Cuanto más nos alejamos de las humanidades, más insensibles nos volvemos ante los problemas que nos rodean, sociales, del hambre, de la necesidad, de la gente que no tiene casa, de la gente que tiene que huir de su país, que huye de las guerras. Cuanto menos sensibles somos en general, menos sensibles somos a las realidades que nos rodean. Es por este motivo por el que defiendo tanto la educación en las humanidades, en las artes y en la sensibilidad”.

Añadir The New Barcelona Post como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

Carme Escales
Carme Escales
Ver biografía