En la penumbra cómplice del SpeakEasy del Dry Martini nos citamos con Ivan Forcadell (Alcanar, 1993). El escenario no podría ser más apropiado: un espacio donde las apariencias engañan y donde la verdad se encuentra detrás de estanterías llenas de botellas de alcohol.
Forcadell no es un artista convencional. Piensa y habla a una velocidad trepidante. Aunque tiene muy claro su camino, se define como un “superviviente”. Como un artista “híbrido”. Alguien que ha sabido sumar la herencia del trabajo duro del agricultor de regadío con la sofisticación del mercado del arte contemporáneo. Con una sinceridad desarmante y una ausencia total de vergüenza que, según confiesa, le ayuda a “pagar facturas”, Forcadell ha pasado de cargar el coche con cuadros rumbo a Menorca a cautivar a galerías y coleccionistas.
— ¿Qué te impulsa a hacer lo que haces?
— A mí el estado vital que más me gusta es trabajar. Me gusta mucho trabajar, me gusta mucho crear y me gusta mucho jugar. Para mí, la gran premisa es que tengo que disfrutar del proceso. He invertido en trabajar mejor para poder hacer las cosas que me interesaban. En muchas me he equivocado, pero ahí está la gracia.
— Eres artista, empresario… ¿cómo te defines?
— Superviviente. La sociedad de 2026 te pide ser un híbrido, un híbrido por necesidad en un mundo que cambia constantemente. Lo único que necesitas es no perder la esencia y la base. Yo necesito mi propio libro para revisarme, para saber si me está yendo bien y poder recular. Ser empresario es muy creativo, pero… ¡qué manía tenemos de definirlo todo! Yo soy artista, pero es que los grandes nombres del arte contemporáneo todos son empresarios. Se mueven por el mercado; si no, no los conoceríamos. Mover una cámara para que alguien te mire cuesta mucho dinero. Al final, ¿por qué la gente conoce a Picasso o Dalí? ¡Porque eran caros!
— Hablemos de disciplina. ¿Eres una persona disciplinada?
— Sí, mucho. Y eso, en gran parte, es lo que me hace artista. Viene de mi casa, de toda la vida. El agricultor de regadío es de clase muy trabajadora, ni verano ni nada. Yo vengo de una casa de mujeres, gestionada por mujeres, donde se ha trabajado mucho y donde había unos innegociables que nunca se tocaban. Hay unas frases que dice mi madre: “Gos fart no casa”. También decía: “Si hi ha un plat a taula on en són cinc i en ve un del carrer, s’asseu i ja en som sis”. Para mí, la vida va de eso.
“Yo soy artista, pero es que los grandes nombres del arte contemporáneo todos son empresarios. Se mueven por el mercado; si no, no los conoceríamos”
— ¿Cómo te acercas a este mundo del arte?
— El farmacéutico de mi pueblo me regaló un libro de Miró cuando tenía 12 o 13 años y ahí empezó todo. Me hice adulto a través de Miró, era una pasión. No lo entendía, pero me hacía gracia. Después, de una forma compulsiva, como soy yo, empecé a interesarme por ello. Yo quería ser veterinario e hice el bachillerato científico, pero unos días antes de la selectividad decidí presentarme al artístico. Cogí el libro del instituto, leí cuatro páginas y saqué una nota muy buena en Historia del Arte sin haberla estudiado nunca. 
"Que una pieza mía valga millones de euros me da igual. El éxito son las pequeñas victorias"

