CONVERSACIONES EN EL SPEAKEASY

Ivan Forcadell: "No tener vergüenza me ayuda a pagar facturas"

L'artista Ivan Forcadell. © Àngel Bravo
L'artista Ivan Forcadell. © Àngel Bravo
(Editor de The New Barcelona Post)
15 de mayo de 2026

En la penumbra cómplice del SpeakEasy del Dry Martini nos citamos con Ivan Forcadell (Alcanar, 1993). El escenario no podría ser más apropiado: un espacio donde las apariencias engañan y donde la verdad se encuentra detrás de estanterías llenas de botellas de alcohol.

Forcadell no es un artista convencional. Piensa y habla a una velocidad trepidante. Aunque tiene muy claro su camino, se define como un “superviviente”. Como un artista “híbrido”. Alguien que ha sabido sumar la herencia del trabajo duro del agricultor de regadío con la sofisticación del mercado del arte contemporáneo. Con una sinceridad desarmante y una ausencia total de vergüenza que, según confiesa, le ayuda a “pagar facturas”, Forcadell ha pasado de cargar el coche con cuadros rumbo a Menorca a cautivar a galerías y coleccionistas.

— ¿Qué te impulsa a hacer lo que haces?

— A mí el estado vital que más me gusta es trabajar. Me gusta mucho trabajar, me gusta mucho crear y me gusta mucho jugar. Para mí, la gran premisa es que tengo que disfrutar del proceso. He invertido en trabajar mejor para poder hacer las cosas que me interesaban. En muchas me he equivocado, pero ahí está la gracia.

— Eres artista, empresario… ¿cómo te defines?

— Superviviente. La sociedad de 2026 te pide ser un híbrido, un híbrido por necesidad en un mundo que cambia constantemente. Lo único que necesitas es no perder la esencia y la base. Yo necesito mi propio libro para revisarme, para saber si me está yendo bien y poder recular. Ser empresario es muy creativo, pero… ¡qué manía tenemos de definirlo todo! Yo soy artista, pero es que los grandes nombres del arte contemporáneo todos son empresarios. Se mueven por el mercado; si no, no los conoceríamos. Mover una cámara para que alguien te mire cuesta mucho dinero. Al final, ¿por qué la gente conoce a Picasso o Dalí? ¡Porque eran caros! — Hablemos de disciplina. ¿Eres una persona disciplinada?

— Sí, mucho. Y eso, en gran parte, es lo que me hace artista. Viene de mi casa, de toda la vida. El agricultor de regadío es de clase muy trabajadora, ni verano ni nada. Yo vengo de una casa de mujeres, gestionada por mujeres, donde se ha trabajado mucho y donde había unos innegociables que nunca se tocaban. Hay unas frases que dice mi madre: “Gos fart no casa”. También decía: “Si hi ha un plat a taula on en són cinc i en ve un del carrer, s’asseu i ja en som sis”. Para mí, la vida va de eso.

“Yo soy artista, pero es que los grandes nombres del arte contemporáneo todos son empresarios. Se mueven por el mercado; si no, no los conoceríamos”

— ¿Cómo te acercas a este mundo del arte?

— El farmacéutico de mi pueblo me regaló un libro de Miró cuando tenía 12 o 13 años y ahí empezó todo. Me hice adulto a través de Miró, era una pasión. No lo entendía, pero me hacía gracia. Después, de una forma compulsiva, como soy yo, empecé a interesarme por ello. Yo quería ser veterinario e hice el bachillerato científico, pero unos días antes de la selectividad decidí presentarme al artístico. Cogí el libro del instituto, leí cuatro páginas y saqué una nota muy buena en Historia del Arte sin haberla estudiado nunca.

— ¿Y la marca “Ivan Forcadell”, cuándo empieza a ser rentable?

—Yo llevo ocho o nueve años malviviendo, pero empecé a ganar dinero desde la pandemia. El “clic” fue en Menorca. Inauguraron una sucursal de una galería muy importante. Pensé que nunca se habían visto tantos coleccionistas por metro cuadrado. Cargué el coche de cuadros, me fui allí y empecé a hablar con la gente. Una mujer del comité del Reina Sofía me compró un cuadro, la propietaria de Jack Daniel’s… toda esa gente empezó a comprarme.

“Mi gran meta es poder crear estando cerca de mi casa. No soporto las residencias artísticas”

— Eres una persona con muy poca vergüenza, ¿no?

— Sí, yo hablo con todo el mundo. Porque soy una persona con mucha curiosidad y porque, al final, no tener vergüenza me ayuda a pagar facturas. Pero el arte tiene que estar bien hecho, no todo vale. Hay que ser honesto con la idea que se quiere cumplir. Es decir, ganar mucho dinero ahora, vender muchos cuadros cuando tienes 32 años y eres extraordinariamente barato, es cargarte a ti mismo. Yo ahora gano dinero, pero he cambiado mi producción: produzco mucho menos e intento colocar las cosas que más me gustan.

— ¿Cómo gestionas económicamente este éxito?

—Tengo una norma que copié de los marineros: cada pastel que me llega lo divido en cinco cuentas del banco. La primera es para vivir, la segunda para impuestos, la tercera para la gasolina (que es la comunicación), la cuarta para el “barco” (por si hay averías en el estudio) y la última… me olvido de ella, es como si no existiera.

"Que una pieza mía valga millones de euros me da igual. El éxito son las pequeñas victorias"

— ¿Cuáles son tus próximas metas?

—Tengo metas conceptuales. Mi gran meta es poder crear estando cerca de mi casa. No soporto las residencias artísticas; irme a un cuartucho de Budapest a pintar con colores que no son los míos no es para mí. Quiero crecer poco y bien, centímetro a centímetro. Si creces sin base, las cosas se derrumban.

— ¿Qué es para ti el éxito?

— Pasar el mayor tiempo posible con la gente que me importa. A mí, que una pieza mía valga millones de euros me da igual. El éxito son esas pequeñas victorias: llegar a las ocho de la tarde, que alguien se interese por mi trabajo, explicárselo desde la anécdota e irme a dormir tranquilo. No quiero irme a la cama nervioso o de mal humor. Yo quiero estar cubierto de barro hasta arriba durante el día, pero a la hora de cenar quiero estar tranquilo.

Sobre el autor

Guillem Carol
Guillem Carol Vallès

Editor de The New Barcelona Post

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