El Teatre Lliure sopla cincuenta velas. Medio siglo después de aquel 2 de diciembre de 1976 en que un colectivo joven e independiente inauguró la sala de Gràcia, el proyecto ha crecido hasta convertirse en un espacio fundamental e imprescindible de las artes escénicas de nuestro país.
Al frente de esta celebración, e integrado en el equipo encabezado por Julio Manrique, se encuentra Francesc Casadesús, adjunto a la dirección y responsable de programación del teatro. Nos explica cómo se ha planificado este aniversario: desde la relectura de clásicos de la casa como Júlia hasta la gran exposición en el Palau Robert, pasando por complicidades con el Liceu o el Palau de la Música.
— Celebramos cincuenta años del Lliure. ¿En qué crees que ha cambiado más la Fundación y en qué se mantiene fiel a la idea original?
— Son cincuenta años, y en este tiempo han pasado muchas cosas. Los cambios más importantes tienen que ver con el crecimiento: el Lliure de Gràcia se quedó pequeño y lo que era un proyecto impulsado por un grupo de jóvenes del teatro independiente se convirtió en una institución pública, con apoyo y misión públicos. Además, se añade el traslado a Montjuïc, a un espacio maravilloso.
En todo caso, podemos hablar de crecimiento y de consolidación de un proyecto, pero no de renuncia a las ambiciones artísticas. El Lliure sigue siendo, igual que en el origen, un espacio de apoyo al artista, al arte y a la libertad. En este sentido, se mantiene fiel a unos valores, aunque el tiempo evoluciona.
El Lliure sigue siendo, igual que en el origen, un espacio de apoyo al artista, al arte y a la libertad.
— Ha crecido y se ha consolidado. ¿La programación teatral de este año tiene vinculación con la celebración del aniversario?
— Totalmente. Había un grupo de personas que hacía tiempo que trabajaba en esta celebración y nosotros, al entrar en el equipo de Julio Manrique, tuvimos muy presentes sus propuestas para construir el programa. La programación de espectáculos responde claramente a esta celebración, sobre todo durante el primer trimestre, empezando con el Festival Grec —con quien celebramos los 50 años en una coproducción— y hasta diciembre. Además, alrededor de los espectáculos hemos construido toda una serie de actividades paralelas importantes, pensadas más mirando hacia el futuro que hacia el pasado.
— Por ejemplo, se recupera Júlia, una obra que ya se hizo hace unos 15 años.
— Júlia fue una obra emblemática de la historia del Lliure, dirigida por Lluís Homar y protagonizada por Anna Lizaran, pero esta es otra Júlia. Responde a conflictos diferentes: no solo a la diferencia de clase social del original de Strindberg, sino también a la relación entre un joven inmigrante magrebí y una mujer joven barcelonesa de clase alta. El tema se revisa teniendo en cuenta cómo ha cambiado Barcelona.
— Se actualiza y se contemporiza, manteniendo el guiño a aquella producción histórica.
—Hacemos Júlia, pero reescrita por la directora Christiane Jatahy a partir del clásico. Forma parte del espíritu del Teatre Lliure: inspirarse en los clásicos, reescribirlos y llevarlos a la actualidad.
— Aparte de la cartelera teatral, ¿cuáles son las actividades paralelas más destacadas?
— La más importante es la exposición Un Teatre Lliure en el Palau Robert, abierta hasta el 17 de enero. Nosotros no solemos hacer exposiciones, pero esta la hemos planteado desde la óptica de cómo hace teatro un teatro: no es una retrospectiva nostálgica, sino una experiencia viva, donde entras como si fueras a ver una obra. Cinco escenógrafos han creado instalaciones para transmitir emociones, combinando el homenaje histórico con el presente en un punto céntrico como es Passeig de Gràcia con Diagonal.
— También en el Palau Robert, en noviembre haréis El teatre amagat. ¿En qué consiste?
— Al tratarse de un teatro, no podíamos limitarnos a instalar la exposición sin dinamizarla. Ya participamos en Barcelona Dibuixa con un taller infantil de dibujo con luz, y también haremos la clausura del simposio con Albert Serra hablando del futuro de la dramaturgia y el cine. En cuanto al público infantil y familiar, nuestra programación se traslada allí con El teatre amagat, una propuesta creada por la artista Marga Socias pensada para escuelas y fines de semana familiares. Consiste en recorrer la muestra buscando dónde se esconde el teatro en cada instalación y elegir palabras que definan qué significa el teatro para cada uno. Es gratuita y está hecha con mucha sensibilidad.
— Vivimos la cancelación de la fiesta de aniversario por culpa de la lluvia. ¿Tenéis previsto reprogramarla?
— Lo único que pudimos mantener fueron los fuegos artificiales bajo la lluvia, con cuatro personas en la plaza con paraguas; fue triste y bonito a la vez. La fiesta tal como estaba planeada, al aire libre en Montjuïc, con escenario, música en directo, versiones y decenas de kilos de coca que tuvimos que congelar, no se podrá repetir con aquella envergadura porque no disponemos del presupuesto para volver a montar toda la infraestructura. Estamos pensando alguna alternativa, pero a otra escala.
— ¿Las visitas dramatizadas que se hicieron en el interior del teatro se repetirán?
— De los dos días previstos solo se pudieron hacer el sábado, además del pase técnico de prensa del viernes. Fue una experiencia preciosa y seguro que la volveremos a programar, no sabemos si este año o la temporada que viene.
— En aquella visita, diferentes personas vinculadas a la sala explicaban vivencias personales. Como integrante de aquel recorrido, ¿qué anécdota compartiste?
— Contamos con testimonios de espectadores, socios, trabajadores y artistas. Expliqué un momento muy emotivo para mí: cuando Peter Brook subió al escenario del Lliure y se despidió diciendo "todo lo que queda es silencio", poco antes de morir. Fue una vivencia inolvidable verlo aquí.
Este aniversario es precisamente una búsqueda sobre nuestro propio legado.
— ¿Qué legado consideras que deja el Lliure después de estos 50 años?
— Este aniversario es precisamente una búsqueda sobre nuestro propio legado, y hemos querido construirlo acompañados de otras instituciones culturales para no hacer una celebración endogámica. Invitar al Liceu y que programe un concierto dirigido por Josep Pons con la Orquesta del Lliure, ir al Palau de la Música con la obra de Carles Santos o participar en la Bienal de Pensamiento con debates sobre teatro y democracia junto a Juan Mayorga demuestra que el Lliure es mucho más que un edificio. Está ligado al espíritu de 1976: un anhelo de libertad y un grupo de apasionados que se entregaron para que el arte llegara al máximo de gente posible. El teatro debe seguir siendo fiel a este compromiso de independencia.
— El aniversario también cuenta con una rama editorial, como la publicación de Cor calent.
— Además de la colección habitual de textos teatrales Llum de Guàrdia, editamos tres libros especiales. El primero es Cor calent, que nace para visibilizar a los trabajadores de la casa que habitualmente quedan en la sombra. Encargamos a tres autores —Magí Sunyer, Marta Orriols y Marta Vives— que entrevistaran al personal y escribieran relatos. El título surge de la frase que un regidor histórico, Manolo, decía siempre a los actores antes de salir a escena: "Pies fríos y corazón caliente".
A través de estos cuentos se explican oficios como la regiduría, la iluminación, la maquinaria, la taquilla o el vestuario, con anécdotas como el día que se hizo un casting de langostas o la fijación de Fabià Puigserver por confeccionarlo todo a mano. Los otros dos títulos son un libro sobre la historia de la Orquesta del Teatre Lliure y un catálogo recopilatorio que actualiza el registro de todas las producciones hechas en los últimos 20 años.
— Si pudieras viajar en el tiempo a cualquier estreno de este medio siglo, ¿cuál elegirías?
— He asistido a muchísimos estrenos y cuesta elegir uno solo porque la trayectoria del teatro es un continuo. Más que un estreno, elijo el archivo documental que mostramos en la exposición: la filmación que Antoni Chic hizo el 2 de diciembre de 1976 durante la inauguración. Se ve al público entrando en la sala vestido como en la época y, sobre todo, la ovación espontánea que estalló antes de empezar la función. No aplaudían la obra, sino la esperanza: un proyecto que nacía y un futuro compartido de libertad. Es de los momentos más emblemáticos y catárticos de la historia de la sala.
No aplaudían la obra, sino la esperanza: un proyecto que nacía y un futuro compartido de libertad.
— De ese momento también habéis hecho una acción en el bar de Gràcia.
— Hemos localizado a una veintena de las personas que aparecen en esa filmación entrando en la sala. Con una cámara fija en el bar del Lliure de Gràcia les preguntamos qué significó para ellos ese aplauso inaugural. Es un material que se expone allí y que también estará disponible en la web.
— Mirando hacia el futuro, ¿cómo visualizas el teatro dentro de cincuenta años?
— Como programador me tengo que anticipar continuamente. Durante estos cincuenta años el Lliure no se ha detenido y continúa muy vivo. Mientras sepamos escuchar nuestro entorno y responder a las inquietudes colectivas, el teatro seguirá siendo un espacio de revolución, preguntas y reflejo de la sociedad. Puede coger un texto de hace dos mil años, ponértelo delante e interpelarte sobre cómo actuarías tú hoy. Los temas y los creadores serán otros, pero el teatro seguirá respondiendo a las urgencias humanas.
El teatro seguirá siendo un espacio de revolución, preguntas y reflejo de la sociedad.
— ¿De qué manera afectará el desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial a la escena?
— El teatro siempre ha asimilado con rapidez cualquier avance técnico útil, como se ha visto recientemente con la transición hacia una iluminación totalmente LED y el uso de energías renovables. Los artistas serán los primeros en experimentar con la inteligencia artificial y se acabará incorporando a la escena, confío que desde una vertiente lo más humana posible. La sociedad utilizará la tecnología para formular sus propias preguntas.
— ¿El sector aplica criterios de sostenibilidad medioambiental?
— Sí, nos regimos por el Theatre Green Book, un estándar internacional consensuado que marca las pautas para una gestión sostenible: desde la eficiencia energética de los edificios hasta la reutilización y el reciclaje de los materiales en las producciones. En el Lliure hace años que trabajamos siguiendo estos parámetros.
— A diferencia del cine, donde la inteligencia artificial genera inquietud por su impacto laboral, ¿en el teatro hay temor de que pueda sustituir procesos creativos?
— El teatro es un arte en vivo radicalmente artesanal. No creo que la IA pueda sustituir nunca a los actores en el escenario, aunque sí que puede agilizar procesos técnicos. Algunos perfiles están más alerta, como el campo de la traducción, donde las herramientas generativas ofrecen resultados prácticos a pesar de no alcanzar una calidad literaria o artística. Pero la esencia viva del escenario no peligra.
El teatro es un arte en vivo radicalmente artesanal.
— Cataluña vive cifras récord de asistencia a las salas. ¿A qué atribuyes este momento?
— Más allá de los récords o de las cifras absolutas, me preocupa la calidad de lo que ofrecemos, y ahora mismo ambas cosas van ligadas: tenemos una alta afluencia y a la vez una producción propia sólida, diversa y comprometida con la dramaturgia catalana contemporánea. Influye el factor pospandémico —la necesidad de encontrarnos, de compartir experiencias y huir de la soledad—, pero también el trabajo constante de coordinación entre teatros públicos y privados para fidelizar públicos jóvenes y familiares. Hay que celebrarlo y seguir trabajando para que este crecimiento cultural se mantenga.
— ¿Cómo responde el público joven a las últimas temporadas?
— Depende del atractivo de la propuesta artística, pero también del hecho de eliminar barreras económicas. Con iniciativas como el carné Generació Lliure, dirigido a jóvenes de hasta 35 años con precios muy asequibles, se ha demostrado que, si se hace una oferta interesante y se elimina el freno del precio, la juventud responde y llena las salas.
— ¿Cómo se integra la oferta para niños y familias?
— Se programa de manera orgánica y transversal dentro de la temporada general, desde actividades vinculadas a exposiciones como El teatre amagat hasta espectáculos concebidos para diferentes franjas de edad. Hay que pensar en todos los públicos sin compartimentar.
— ¿Mantenéis activo el servicio de canguro durante las funciones?
— Sí, continuamos ofreciéndolo en colaboración con Més que Cures, una asociación del barrio integrada mayoritariamente por mujeres migrantes. El servicio funciona previa reserva, sobre todo en funciones de tarde como las del sábado, que es cuando las familias más lo solicitan. En horarios nocturnos comprobamos que no había tanta demanda.
— Si tuvieras que recomendar obras que hayan marcado tu trayectoria a alguien que se inicia en el mundo del teatro, ¿cuáles elegirías?
— Para mi generación fueron decisivos espectáculos como el Mahabharata de Peter Brook o el trabajo de Pina Bausch; el descubrimiento de aquellos grandes creadores internacionales que pasaron por Barcelona fue transformador. De todas formas, cada espectador tiene su propia epifanía: el momento exacto en que descubre el teatro, conecta con el escenario y ya no lo puede abandonar.
— En tu caso fue con Peter Brook.
— Sí.
El teatro plantea preguntas, conmueve e interpela.
— ¿Cómo definirías, en síntesis, el papel de las artes escénicas en la sociedad?
— Actuar como espejo y como reflejo. Más que ofrecer respuestas cerradas, el teatro plantea preguntas, conmueve e interpela. Coloca al espectador ante historias universales para que se pueda mirar a sí mismo y entender mejor su propia realidad.
