“A través de la música es como establezco un vínculo con todos esos mundos que hay en este mundo”. La versión de Autumn in New York por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong acompasa la atmósfera matutina del Bar mientras, acodada a la barra, la clarinetista, cantante y compositora Carola Ortiz disfruta de una humeante taza de té matcha. “¡Ahí se nota que soy piscis! –ríe– Por esa capacidad de conectar con distintos universos”.
Hija de un contrabajista de jazz y de una madre vinculada al mundo del teatro, la artista lleva expuesta, desde su más tierna infancia, a un sinfín de estímulos musicales que la han hecho viajar muy lejos. Primero, a través de las sonoridades y, más adelante, desplazándose a lugares recónditos para descubrir sus léxicos musicales y, a través de estos, el carácter de sus gentes, sus formas de ser; de ver y vivir la vida.
Puede que el primer viaje que cambiara por completo sus coordenadas fuera el que hizo a Nueva York a los 27 años. “Yo venía del jazz y ahí toqué con algunos muy buenos músicos locales, y todo iba bien, todo fluía, pero me di cuenta de que ese es su lenguaje. Que ellos son americanos y el jazz es algo suyo, pero yo soy mediterránea, yo tengo otro background”. Ahí es cuando la artista empezó a ahondar en músicas que, por contexto, le eran más próximas: “el flamenco, Maria del Mar Bonet o la canción griega…”.
A partir de aquel momento, es como si la vida hubiese conspirado para llevarla por diversos caminos. Por viajes sonoros y espirituales que la han convertido en una de las artistas de referencia de la llamada world music hecha aquí. La que la artista define como una persistente sensación de sincronía mediante la que encauza, uno tras otros, proyectos que bucean en distintos folclores. Que visitan todos esos mundos que están en este.
El inexpugnable empuje de las sincronías
En 2016, Carola Ortiz debutaba con Sirin, un álbum que aunaba todas las influencias que había ido atesorando y que la artista recuerda como “una fiesta en la que invité a muchos de mis amigos a colaborar”. Aunque no tuviera una dirección clara, aquel disco marcaba un enfoque menos jazzístico y más centrado en la world music. Marcaba el futuro.
Después de esto, llegó otro de aquellos viajes que lo cambian todo. “Fui a la India y me explotó la cabeza”, rememora. Fue un revulsivo. “Una sensación de que todo se estuviera alineando para explorar aquellas sonoridades”. Una sincronía. De ahí salió Spirala, su segundo disco, que llegó a estar incluido en la prestigiosa lista de World music de 2018 del crítico de referencia Ted Gioia.
Una tercera epifanía llegó al año siguiente. “Me fui a vivir al Maresme y ahí entré en contacto con el mundo de la poesía, al que hasta entonces no había prestado mucha atención”. De nuevo, la percepción de que todo se alinea. “Me di cuenta de que la poesía es, en sí misma, música. Que es pura rítmica”. Empezó a explorar a poetas catalanes como Salvat-Papasseit y a poner música a sus versos. “Fue cuando me pasé al catalán, que hasta entonces era un idioma más de los que usaba para cantar”. De aquel idilio nació Pecata beata, su tercer álbum, seguido poco después por Cantareras, que es ---cómo no--- el resultado de otra sincronía vital: la del encuentro de la artista con el retaje folclórico de Galicia y el cruce de este con otra de sus grandes pasiones, la electrónica.
Como no podía ser de otra manera, su nuevo disco, Enllà (El Segell Microscopi), también se deriva de un proceso de concordancia, el que vivió cuando descubrió la poesía de Dario Olaortua, de Argentona, que Carola ha convertido en una colección de ocho canciones que barren desde rumbas hasta habaneras o tango, “pero yendo a la esencia, sin necesidad de revestir en exceso cada canción”. Sorbe un poco de té, orgullosa de vivir una vida en contacto con su creatividad, paladeando cada paso de sus muchos procesos artísticos.
Huir del exceso de postureo
Algo cambió en la parroquiana cuando, hace un tiempo, tras doce años viviendo en Barcelona, decidió huir hacia el Maresme. Hacia el silencio y la calma que la alejaban de aquella ciudad cosmopolita y musical, llena de barrios distintos y distinguibles, que había disfrutado, pero que ahora estaba cada vez más invadida por turistas y paladines de un postureo superficial que no le gusta.
Y, mientras vive en un mundo interior que mira hacia las sonoridades del Mediterráneo oriental, esta devota de Jordi Savall confiesa ---acabándose su té matcha--- que, ahora mismo, y a pesar de todas las cosas que le gustan de ella, pisa Barcelona lo menos posible.
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Los compases de Gee, baby, ain't i good to you, de Ella y Satchmo, endulzan el mediodía. Gourmet confesa, Carola Ortiz sonríe. “El menú de mediodía me llama si tenéis algún pescadito fresco”, anuncia, y hace una pausa antes de avisar: “¡y que tenga un buen postre que, como nieta de reposteros, no pienso perdonar!”.
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