“¿Qué es la belleza? ¿Por qué nos atrae? ¿Con qué emoción nos conecta?” La belleza, tan difícil de definir, a veces sugerente y escurridiza, lejos de ser frívola o accesoria, tiene un papel fundamental en nuestras vidas y en nuestra civilización. Nos da la oportunidad “de quedar suspendidos en algo más grande que nosotros mismos” y tiene un fuerte impacto en nuestro cerebro: “nos proporciona bienestar”. Así la contempla y la describe Anna Gener en su primer libro Sobre la belleza: apuntes de arte, arquitectura y ciudades, una invitación —reconoce— a que la gente “se exponga a la belleza y a su sorprendente poder”.
Barcelonesa, economista de formación y directora ejecutiva de Savills, Anna Gener es una personalidad de la vida barcelonesa, comprometida con la vida económica y cultural de Barcelona: es miembro de diversos patronatos —como el de la Fundació Museu Picasso de Barcelona— y forma parte de consejos asesores y juntas de gobierno de distintas entidades.
Su primer trabajo fue como auditora financiera, pero la belleza de la Torre Glòries (Torre Agbar en aquel momento) se impuso sobre su camino. Era octubre de 2003 y hacía dos años que auditaba la empresa que estaba promoviendo el rascacielos. Conocía muy bien el edificio a través de sus estados financieros. Pero el día que subió a la última planta todo cambió: tuvo una revelación. Ya no quería ser auditora; quería relacionarse con los espacios desde otra perspectiva. Dos semanas después tuvo su primera entrevista en Savills, y 22 años más tarde, en la misma Torre Glòries, es ella quien revela a la sociedad su expresión más bella: su último libro.
— ¿Qué pasó en la última planta de la Torre Glòries en 2003?
— Sentí una emoción muy fuerte, y todavía se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo. Vi la ciudad desde un lugar desde el que nunca la había visto. Pude asomarme a aquella ventana y disfrutar de Barcelona. Y también entendí que aquel edificio era una promesa de transformación. Aquel edificio cambiaría un entorno que entonces era muy complicado, con el nudo de Cerdà aún activo, que era una cicatriz urbanística y que visualmente separaba el Poblenou del resto de la ciudad. La Torre Glòries significó una manera diferente de entender la ciudad, que fue acompañada de un plan muy ambicioso: el 22@.
"La belleza tiene esa magia que la hace indescifrable. Pero al mismo tiempo, todos somos capaces de reconocerla"
— Ahora cierras el círculo y escoges la Torre Glòries para presentar tu libro.
— Sí, y es muy emocionante. Porque la Torre Glòries significa muchas cosas en mi vida personal, pero también en la historia de Barcelona. La Torre Glòries es la muestra de que Barcelona, con todos sus defectos, es una ciudad que sabe reinventarse como ninguna otra.

— Después de haber reflexionado tanto sobre la belleza, ¿cómo la describirías tú?
— Te confieso que no sé describirla, a pesar de haber leído e investigado tanto sobre ella. La belleza tiene esa magia que la hace indescifrable. Pero al mismo tiempo, todos somos capaces de reconocerla. Hay un cierto consenso sobre determinadas obras o cosas que son bellas, como si tuviéramos un lenguaje compartido. Y eso la hace muy atractiva. La belleza tiene algo sugerente, es como fugitiva, como si se te pudiera escapar de las manos.
— Casi no es tangible.
— Casi no lo es. Pero exponerte a ella tiene un impacto directo en uno mismo. Un instante de belleza te aporta felicidad, es una pequeña dosis de bienestar.
— ¿Crees que se puede entrenar la mirada para reconocerla?
— Sí, absolutamente. Cuando te expones mucho al arte, a edificios bonitos, a detalles cotidianos —un pomo de puerta, una luz, una cerámica—, te vuelves más consciente. Y cuanto más consciente eres, más la ves.
"La dinámica del siglo XXI nos aboca a ir acelerados, y eso va en contra de poder disfrutar de la belleza en su plenitud"
— En el libro aportas una cita del director de orquesta Teodor Currentzis, que habla sobre “abrir los ojos a la belleza”. Como si tuviera que ser un acto consciente, intencionado. Y es que quizá, con la vida tan acelerada que llevamos, cuesta detenerse a contemplar.
— Efectivamente. La dinámica del siglo XXI nos aboca a ir acelerados, y eso va en contra de poder disfrutar de la belleza en su plenitud. Para hacerlo, hay que tener una actitud combativa: debes procurar reservarte momentos para ver la belleza.
De hecho, Teodor Currentzis aplica esa expresión, “abrir los ojos a la belleza”, como una forma de “curar el dolor”, y es verdad. La belleza no solo puede aportarnos felicidad y bienestar, sino que también consuela ante la tristeza y el dolor. Hay museos que ya colaboran con hospitales o terapeutas para acompañar a personas enfermas o en momentos difíciles, y eso me parece precioso.
Hay iniciativas para que personas con enfermedades terminales puedan vivir sus últimos días con el placer y el consuelo que puede ofrecerles la belleza, el arte.
Y creo que los museos podrán tener un nuevo significado en el futuro, si son más conscientes de lo que pueden aportarnos en este sentido.

— ¿Crees que la arquitectura del siglo XXI lo tiene presente también?
— La arquitectura del siglo XXI está muy centrada en la sostenibilidad medioambiental, que también es una forma de belleza. Y está bien, pero es cierto que la belleza en el sentido más clásico ha quedado un poco relegada.
— Y gana lo útil sobre lo bello.
— Así es, y en el fondo no debería ser así. No tendrían que ser excluyentes. De hecho, la escuela de la Bauhaus, que para mí es una grandísima inspiración, hizo una gran aportación con su enfoque hacia la utilidad. Querían hacer espacios útiles para la gente, pero nunca renunciaron a la belleza. La belleza también era un pilar fundamental para la escuela de la Bauhaus, precisamente porque entendían su capacidad de generar bienestar. De hecho, hablaban del derecho a la belleza.
"Deberíamos ser capaces, igual que lo fueron los arquitectos de la Bauhaus, de introducir modernidad, sostenibilidad y procesos de industrialización de la construcción y, al mismo tiempo, construir viviendas bellas"
— ¡Pero ahora se llevan los edificios “cebra”!
— Sí, y es un gran error. Deberíamos ser capaces, igual que lo fueron los arquitectos de la Bauhaus, de introducir modernidad, sostenibilidad y procesos de industrialización de la construcción y, al mismo tiempo, construir viviendas bellas, no solo para la gente que vive en ellas, sino también para el entorno, para quienes pasean por la calle. Ahora bien, no todo lo que se construye es feo: hay arquitectos con mucha sensibilidad hacia la belleza y que le tienen un gran respeto, precisamente porque son conscientes del impacto que tiene su obra en el entorno.
— ¿La belleza es subjetiva?
— No. Me niego. Esa frase de “sobre gustos no hay nada escrito” es de gente que no ha leído los tratados que existen sobre estética y la belleza en el ámbito filosófico, en la historia del arte y de la arquitectura.

— También hay expresiones artísticas que buscan, decididamente, rechazar la belleza. En la moda, por ejemplo, se ve muy claro.
— Sí. Hay autores que han decidido hacer obras deliberadamente feas, que normalmente son una forma de expresar dolor —como se ve en muchos artistas de la Segunda Guerra Mundial— o protesta y disconformidad. Y está bien, porque no se entiende la belleza sin la fealdad. Al final, los artistas son capaces, con sus obras, de dar respuestas a las grandes preguntas que nos hacemos los seres humanos y también deben hablar de la parte oscura de nuestra alma y de la humanidad.
"La belleza en Barcelona reside en el conjunto del Eixample, no solo en los grandes edificios que todos conocemos, sino también en las muchas fincas anónimas y extraordinariamente bellas"
— Que, además de oscura, es bella también.
— Sí, y sobre todo porque es la real. Y, por tanto, también debemos abrazar todo ese arte que no busca la belleza. Ahora bien, dicho esto: no buscar la belleza, desde el punto de vista del receptor, no es una actitud muy inteligente. Es decir, negarnos a buscar la belleza es una pérdida enorme, porque nos estamos limitando a un disfrute que es muy importante para nuestras vidas y nuestra felicidad. Este libro, para mí, es una invitación a que nos expongamos a la belleza, que además es abundante y gratuita.
— Nunca antes habíamos tenido tan fácil el acceso a la belleza y al arte como ahora.
— La experiencia en un museo siempre será de mucha más calidad que mirar una obra por internet, pero igualmente, esa obra en internet puede aportarte un momento maravilloso en tu día. Y es tan fácil y rápido como dedicar dos segundos a poner Picasso o Botticelli en nuestro buscador.

— ¿Cómo podemos entrenarnos para conectar con la belleza en nuestro día a día?
— Para empezar, hay que tener ganas de disfrutar de la vida y tirar del hilo de esas ganas. Y entender que cada vez que te expones a la belleza, le estás haciendo un regalo a tu cerebro. Y eso no es una intuición: la neurociencia ya ha demostrado que el cerebro se siente mejor en determinados espacios, y que es en la naturaleza donde nos sentimos mejor. Así que podemos crear rutinas de belleza: ir a museos, buscar espacios tranquilos, volver a lugares que nos hacen sentir bien.
Para algunos será el mar, para otros una calle, una librería, el lugar donde nos enamoramos o la cocina de nuestra madre. Creo que deberíamos hacer un esfuerzo por reconocer esos espacios que nos hacen sentir bien, y acudir a ellos.
"Recuperar las calles y recuperar Barcelona después de la pandemia, para mí, fue una celebración de la vida, y una recuperación de su belleza"
— ¿Y para ti, cuál sería ese lugar?
— La Rambla. Me trae muchos recuerdos de la adolescencia, cuando estudiaba en el Liceu. Era un lugar mágico, lleno de vida, y me sentía muy privilegiada de estar allí. Ahora está en obras, pero espero que recupere mucha de la belleza que tuvo.
— Hablando de la belleza de Barcelona: ¿dónde reside para ti la belleza de esta ciudad?
— Está en el conjunto del Eixample: en la trama de Cerdà, que urbanísticamente es de una calidad extraordinaria, y en la arquitectura modernista. No solo en los grandes edificios que todos conocemos —la Pedrera o la Casa Batlló—, sino también en las muchas fincas anónimas y extraordinariamente bellas que, en conjunto, hacen una aportación arquitectónica única en el mundo.
— Esa belleza de la ciudad, como explicas en el libro, a menudo te ha servido de refugio. Como aquel día que paseabas por el Paseo de Gracia, angustiada, y de repente miraste las baldosas del suelo… y te transportaron al mar.
— Lo recuerdo perfectamente, con mucha emoción. Acabábamos de salir de la pandemia y volvíamos a pisar la calle. Lo había añorado tanto... Barcelona es una ciudad que se puede oler, tocar, escuchar —con su bullicio y su ritmo único—, y poder recuperar todo eso fue muy emocionante. Recuperar las calles y recuperar Barcelona después de la pandemia, para mí, fue una celebración de la vida, y una recuperación de su belleza.