DEL CAMPO DE BATALLA AL EMPODERAMIENTO PERSONAL

Aaron Hill (coach): “Ser valiente no es no tener miedo; es saber qué hacer con él"

L'exsoldat britànic i coach Aaron Hill. © Àngel Bravo
L'exsoldat britànic i coach Aaron Hill. © Àngel Bravo
(Redactora en The New Barcelona Post)
23 de enero de 2026

¿Qué significa ser valiente? Durante mucho tiempo, Aaron Hill creyó que la valentía consistía en resistir cualquier adversidad sin mostrar debilidad. Con esta imagen de sí mismo, se alistó en las Fuerzas Armadas británicas, donde trabajó durante diez años, una etapa que continuó con otra década en seguridad privada, en ambos casos en zonas de conflicto. Todo cambió a raíz de un episodio violento que lo obligó a replantearse su verdadero propósito y el significado real del éxito. Después de una vida entera construida alrededor del concepto de valentía, conversaciones profundas y preguntas dolorosas sobre su pasado lo llevaron a una nueva comprensión: ser valiente no es no tener miedo, sino ser consciente de él.

Esta reflexión lo acercó al coaching: Hill quería ayudar a personas que, como él, se habían construido una coraza —a través del trabajo, el éxito o el rol social—, una imagen que ahora empezaban a desmontar. Hoy, este exsoldado británico, originario de Bath, vive en Sant Cugat del Vallès con su esposa, catalana a quien conoció en Inglaterra, y sus hijos. Acompaña a clientes de todo el mundo, también de Barcelona, que han perseguido el éxito profesional y la aprobación externa, a menudo a costa de su salud emocional. En la capital catalana, Hill también impulsa los Courageous Conversation Walking Groups, encuentros para hablar con calma mientras se camina por una ciudad que a menudo parece imponernos un ritmo acelerado. Habla con calma, seguridad y honestidad, fruto de haber encontrado el equilibrio y el sentido, y de haber aprendido a revisitar los episodios oscuros que lo han llevado hasta hoy.

— El concepto de resiliencia ha marcado tu trayectoria. Tanto es así que hoy te defines como “Resilience Coach”, y tu pódcast se titula precisamente Forging Resilience. ¿Cómo definirías el arte de la resiliencia?

— La resiliencia, de entrada, es solo una palabra, pero tiene un significado trascendental en mi trayectoria. De hecho, es un significado que ha ido cambiando a medida que he ido creciendo: cuando era joven, en las Fuerzas Armadas, entendía la resiliencia como la capacidad de ser duro y no mostrar debilidad, resistiendo incluso en las condiciones más extremas. Ahora entiendo la resiliencia como la capacidad de comprendernos a nosotros mismos y a nuestras emociones para saber responder ante los obstáculos de la vida. No se trata de reaccionar ante ellos, sino de reflexionar sobre cómo responder ante situaciones imprevisibles.

— La importancia de comprenderse a uno mismo... ¿Siempre has tenido esta conciencia?

— No me había analizado hasta pasados los 40 años: no me había detenido a pensar qué sentía, y menos trabajando en zonas de conflicto, donde no tienes espacio para pararte a reflexionar. Las reflexiones y lecciones de aquella etapa solo he podido integrarlas en los últimos años, cuando verdaderamente me he analizado profundamente.

— Es decir, que en los últimos años has revivido aquellos duros momentos del pasado. 

— Sí: después de años de autorreflexión y descubrimiento, de coaching, terapia, amigos, preguntas difíciles y de conocerme realmente. Probando cosas nuevas, aprendiendo y también llorando. Mirar hacia dentro es imprescindible, pero no siempre tenemos el espacio, o incluso puede que no estemos preparados para hacerlo.

"En medio de un ataque militar, me quedé paralizado y bloqueado. Y me dije a mí mismo que era un cobarde, pensaba: ¿cómo puede ser que actúes así después de tantos años preparándote?"

— Y revisitando esos momentos, ¿qué conclusiones extraes de tu historia personal?

— Con el tiempo he entendido que a lo largo de toda mi vida me he impuesto una idea: debía ser fuerte. Para ser amado y reconocido, debía destacar, quizá también porque era el mayor de cuatro hermanos. Así, aunque crecí en una familia con mucho amor, que siempre me ha animado, sentía esa necesidad de sobresalir. Y pensaba que la manera de demostrarlo era con actos difíciles y físicos: fútbol, rugby, travesías en bicicleta por la montaña o incluso triatlones Ironman…

— E incluso alistarte en las Fuerzas Armadas.

— Exacto. La validación que buscaba a través del deporte la trasladé a las zonas de combate. Ahora, con los años, veo que no me siento cómodo en situaciones de conflicto. Y es curioso, porque incluso cuando había superado un reto muy exigente, destacar entre mi promoción y alistarme oficialmente en las Fuerzas Armadas, no me sentía satisfecho conmigo mismo.

— ¿Por qué?

— Hubo un episodio que me marcó: en medio de un ataque militar, me quedé paralizado y bloqueado. Y me dije a mí mismo que era un cobarde, pensaba: ¿cómo puede ser que actúes así después de tantos años preparándote? Pero, con el paso del tiempo, he vuelto a aquel momento que en su día me marcó, y entiendo que es una respuesta totalmente normal: era joven, solo tenía 25 años y nada ni nadie nos puede enseñar a estar preparados para condiciones tan extremas. Y no solo recuerdo este episodio en el campo de batalla, sino muchos otros momentos de mi trayectoria que he querido esconder bajo la coraza de persona fuerte y líder.

— ¿Hay algún otro episodio que todavía recuerdes hoy?

— Recuerdo que de pequeño me daba miedo hablar en público. En una representación escolar, con todos los padres mirándome y el foco apuntándome, me hice pis encima. Así que durante años intenté a toda costa evitar hablar en público. Por ejemplo, hace unos años nunca me habría imaginado dando entrevistas y haciéndola en catalán; era salir totalmente de mi zona de confort... y ¡mírame ahora!

— Precisamente ahora te dedicas al arte de la palabra: a hablar con clientes, en tu pódcast o incluso en público…

— Exacto. He aprendido a diferenciarlo: las emociones que puedo sentir en un episodio determinado de mi vida no me definen como persona. Si tengo miedo en un momento concreto, no significa que sea cobarde. De hecho, ser valiente no es no tener miedo, sino saber qué hacer con él. El miedo o los nervios son un sentimiento humano y nos recuerdan que estamos conectados con lo que sucede a nuestro alrededor, y, además, incluso pueden servirnos de guía para tomar ciertas decisiones.

— ¿Cómo fue la transición de las fuerzas armadas y la seguridad privada en zonas de conflicto hacia el coaching?

— Hay un episodio que me marcó para siempre: hace unos 10 años, mientras hablaba con mi esposa y mi hijo por Skype desde Kabul, una explosión hizo temblar todo mi despacho. Me pregunté: ¿qué hago aquí, lejos de mi familia? Fue entonces cuando me di cuenta de que ese trabajo ya no me llenaba y decidí que quería encontrar mi pasión. Primero, como entrenador personal, ya que el deporte siempre me había gustado, y luego con el coaching, inspirado por el coach que me ayudó a mí. Quería ayudar a otras personas como él lo había hecho conmigo: ayudarles a revisitar sus monstruos interiores.

— Y tu historia puede inspirar a muchos clientes a quitarse la coraza.

— Siempre digo que no todo el mundo necesita un coach, pero hace falta querer iniciar este proceso, que no siempre es cómodo: visitaremos lugares oscuros de la mente, esos huecos que omitimos cuando contamos nuestra historia.

"Cuando perseguimos el éxito en el trabajo, a menudo olvidamos preguntarnos: ¿realmente me hace feliz?"

— ¿Cuándo es un buen momento para buscar un coach?

— La mayoría de las personas buscan ayuda cuando ya están desbordadas. Pero siempre digo que el mejor regalo que me ha dado la vida es haber vivido un proceso de coaching cuando no atravesaba una gran situación de estrés, porque es en ese momento cuando puedes hacerte preguntas profundas.

— ¿Cómo es un proceso de coaching? ¿Qué consejos das a tus clientes?

— Yo no doy consejos; como mucho puedo ofrecer algunas herramientas. Tampoco es lo mismo que un proceso de terapia: no queremos ni intentamos sustituirla. Pero en un proceso de coaching es esencial que se establezca una relación de confianza entre ambas partes: que el cliente pueda sentirse cómodo para contar su historia, tomando distancia para analizarla y comprenderla. Por su lado, el coach debe escuchar sin juzgar y hacer las preguntas pertinentes cuando toca; es el encargado de crear un espacio de paz, confianza y libertad. El concepto de acceptance, para mí, es clave: aceptar y no juzgar. Esto es fundamental para el coach, pero también para uno mismo: debemos aceptar nuestra propia historia, que no significa estar de acuerdo con todas las decisiones, pero sí no juzgarla.

— Señalas que es importante tomar distancia para analizar nuestro pasado. ¿Cómo podemos hacerlo?

— Exacto. Contar nuestra historia a alguien externo puede ayudarnos; un coach puede acompañarnos en este camino y ayudarnos repasar nuestra trayectoria. Pero también puede ser de gran ayuda escribir: en inglés decimos think in ink (pensar en tinta), es decir, escribir ayuda a reflexionar, a revisitar el pasado con calma, aceptar y extraer lecciones. Por ejemplo, antes me decía a mí mismo que era un cobarde por aquel episodio traumático en el campo de batalla; ahora, con distancia, miro a aquel joven de 25 años con compasión.

— Muchos de tus clientes son personas con trayectorias similares a la tuya. Hombres, que pasados los 40 años, empiezan a analizarse e intentar comprenderse. 

— Tengo clientes de todo tipo, pero es cierto que mi principal cliente soy yo mismo. Y como yo, muchos hombres que tras años protegidos bajo una coraza, ahora se replantean a sí mismos. Esta coraza puede ser la valentía, como en mi caso, pero también el trabajo: refugiándose en él y pensando que es la única manera de alcanzar el éxito.

"Nadie nos ha enseñado a ser vulnerables, a mostrarnos débiles o a afrontar determinadas situaciones. Estamos acostumbrados a aguantar y aguantar, porque la sociedad nos dice que, si no, somos unos flojos"

— Para muchas personas, el trabajo lo es todo.

— Cuando perseguimos el éxito en el trabajo, a menudo olvidamos preguntarnos: ¿realmente me hace feliz? Y quizá a algunas personas sí, pero debemos plantearnos: ¿de dónde viene esta necesidad de validarnos a nosotros mismos por nuestro trabajo? ¿Realmente me siento completo con los pasos que voy logrando? ¿Estoy orgulloso de mí o siempre querré más? No hay una receta única ni una herramienta que funcione para todos. Hay que hacerse preguntas, reflexionar, tener conversaciones profundas. Incluso revisar nuestros hábitos diarios: ¿nos beneficia coger el móvil nada más levantarnos? Si es lo que nos funciona, adelante.

— ¿Es posible encontrar esa calma de la que hablas en grandes ciudades como Barcelona que, con su ritmo acelerado, parecen invitarnos también a vivir con prisa?

— Llevo años viviendo en Sant Cugat del Vallès, porque mi esposa es de aquí —aunque nos conocimos cuando ella estaba en Inglaterra—, y el contraste con mi pequeña ciudad natal, Bath, es evidente. Hay movimiento continuo, las tiendas abren permanentemente, y ese ritmo, quieras o no, influye en cómo nos sentimos. Pero debemos saber encontrar nuestro propio ritmo, y a mí me funcionan las transiciones, es decir, crear espacios de paso entre una esfera y otra, por ejemplo, entre el trabajo y la familia, para no mezclarlo todo. A veces tres respiraciones profundas pueden marcar la diferencia. Cada uno debe encontrar su herramienta: deporte, naturaleza, meditación…

— Comentabas que muchos de tus clientes son hombres que, después de años, ahora se quitan la coraza. ¿Crees que tiene que ver con el rol que, tradicionalmente, la sociedad impone a los hombres?

— Totalmente. Se nos dice que debemos ser fuertes, y así nos lo imponen: no podemos mostrar emociones, no podemos expresar que el estrés nos está superando. Por este motivo también nos cuesta pedir ayuda. Atiendo a muchos empresarios que llevan un ritmo de vida muy alto. Nadie nos ha enseñado a ser vulnerables, a mostrarnos débiles o a afrontar determinadas situaciones. Estamos acostumbrados a aguantar y aguantar, porque la sociedad nos dice que, si no, somos unos flojos. Y estas personas buscan ayuda cuando las ruedas del coche ya se han salido.

— ¿Con qué expectativas llegan cuando inician un proceso de coaching?

— Habitualmente vienen con un objetivo concreto: liderar una empresa, alcanzar el éxito. Pero debemos darle la vuelta a esos conceptos. Por ejemplo, si uno de nuestros puntos débiles es la procrastinación, quizá debemos ir a la raíz: ¿de dónde viene? Puede ser del miedo. Tal vez procrastino una tarea porque tengo miedo de hacerla mal y que los demás tengan una mala imagen de mí.

"El mayor éxito es ser capaz de gestionar todo lo que nos da la vida: también la decepción y la tristeza, y no huir"

— Durante muchos años para ti el éxito era sinónimo de valentía. ¿Qué es el éxito para ti ahora?

— Para mí, lo más valioso ya no son los hechos o los resultados, sino cómo soy. Mi mérito es who I am being (cómo soy), no what I am doing (qué hago). Durante mucho tiempo busqué validación en el terreno físico: en las Fuerzas Armadas, en triatlones de larga distancia… y aún hoy, a veces, la busco a través del éxito profesional.

Ahora el éxito quizá sea pasar un día tranquilo con mis hijos y poder disfrutarlos. Acompañarlos al colegio, por ejemplo, me hace sentir privilegiado. Puedo tener objetivos financieros o de marca personal, pero con el tiempo he aprendido que no son prioritarios. Éxito es salir a caminar, sentir los pájaros, el viento, estar conectado con todos mis sentidos. Y, sin duda, el mayor éxito es ser capaz de gestionar todo lo que nos da la vida: también la decepción y la tristeza, y no huir de ellas. Eso, para mí, es la forma más clara de valentía.

Sobre el autor

Ainara Valadez
Ainara Valadez Medina

Redactora en The New Barcelona Post

Ver biografía