LA PUNYALADA

En Gràcia, ¡más tiradores de cerveza!

El carrer Verdi engalanat per les festes de Gràcia (c) Maria Asmarat : ACN
El carrer Verdi engalanat per les festes de Gràcia (c) Maria Asmarat : ACN

El Ayuntamiento prohíbe a los baristas de Gràcia la disposición de tiradores de cerveza en el exterior de sus establecimientos.

22 de agosto de 2025

En casa siempre nos hemos alejado de las aglomeraciones y del jaleo en general, lo que ---aparte de convertirnos en individuos ordenadamente aburridos--- nos ha provocado cierta alergia para con el universo de la xerinola y de la fiesta mayor. Pero también vivimos en un hogar orgullosamente mediterráneo, con lo que no hacemos aspavientos cuando la civilidad y el orden se rompe (momentáneamente, of course) para regalarse un deslizamiento conyugal con el caos. En este sentido, nos complace que cualquier fiesta mayor ---lejos de asemejarse al Fórum de las Culturas o a un cóctel de intelectuales del CCCB--- sea un espacio fogoso donde uno se pueda regalar una pixadeta fora de test o un cariñoso encuentro carnal en una esquina. Toda esta metafísica de tres al cuarto viene a cuento porque nuestro Ayuntamiento ha prohibido a los bares de Gràcia la instalación de barras y tiradores de birra en el exterior de sus establecimientos, para así controlar mejor las previsibles toneladas de vómito y orina en la calle.

Tirando del diccionario legalista y progre, la administración aduce que la normativa (al parecer, ya vigente años atrás antes de la polémica) comportará unas fiestas más inclusivas, sostenibles y con menos tendencia a la masificación. La cosa tiene cierta coña, porque a las asociaciones de vecinos sí se les permitirá disponer de barras para vender todo tipo de bebidas en sus calles, bajo la excusa de que el prive es uno de los principales soportes económicos a la hora de engalanar las calles de la barriada. Esta excepción a lo que los cursis llaman “las normas convivenciales” no es la única, pues cualquier paseante de las fiestas puede comprobar cómo, desde hace muchos años, en Gràcia se organizan conciertos de música bastante discutible a horas en las que todos deberíamos conciliar el sueño. Por todo ello, entiendo muy bien el enfado de nuestros queridos baristas; no sólo por la discriminación que citaba, sino porque se les señale como la causa primordial de cualquier desenfreno.

De hecho, que los establecimientos puedan distribuir mejor las zonas de servicio alcohólico con tiradores exteriores es algo que ---lejos de promover el caos--- suele facilitar la ordenación y distribución de las masas. A su vez, y les habla un antiguo experto en temas de borrachera, les hago saber que, si una persona tiene la noble intención de viajar a Gràcia para tajarse y acabar tintando la vía pública con su orina o excrementos, lo hará igualmente aunque tenga que llevarse los barriles de cerveza de casa. Si la administración está preocupada por la venta excesiva de alcohol y la hipotética carencia de civismo que pueden comportar las orgías de cerveza, tiene una opción mucho más fácil que limitar el trabajo de los profesionales de la hostelería; a saber, intentar que la policía cumpla su función y multe a la gente que ensucia la vía. Pero promover un algarabía natural como las fiestas y hacerse el santo haciendo ver que lo regulas, mireusté, resulta un alehop de doble moral difícilmente tragable.

Si el lector es un indígena graciense de toda la vida, tendrá la tentación de responderme que mi opinión es producto de la extranjería y que, si quiero más cerveza para los demás, que venga yo mismo a limpiar sus consecuencias. Que no se pongan nerviosos, puesto que servidor habita en Ciutat Vella y está más que acostumbrado a toparse continuamente con homenajes a Jackson Pollock en forma de vómitos y a surfear por la Baixada de Santa Eulàlia con toda la alegría del mundo entre un inmenso catálogo de tifas. Yo entiendo que la administración quiera facilitar unas fiestas lo máximo de compatibles con el entendimiento y la convivencia; lo único que me atrevo a discutir es que todo ello tenga algo que ver con el hecho de que 120 establecimientos de Gràcia puedan instalar sus tiradores de birra durante sólo quince días. Aquí es necesario enmendar la conducta humana, si es el caso, no el trabajo de los profesionales que la aprovechan para ganarse la vida con decencia.

Hace siglos que, como la mayoría de vecinos de Gràcia, evito las fiestas para no acabar con los tímpanos destruidos y con una dosis extra de alprazolam. Pero este año me precipitaré alegremente al lugar y aprovecharé la presencia de nuestros queridos baristas ---una parte esencial de la cultura barcelonesa--- para afluixar la mosca y beber un par de cervezas sin alcohol en una de esas plazas espantosas del barrio. Si tengo ganas súbitas de mear, justamente gracias a los baristas, podré dirigirme a sus servicios a la hora de expulsar a los remanentes de dicho líquido horripilante. Hecha la consumición, regresaré medio nostálgico a casa, con un poco de envidia de los conciudadanos que todavía pueden probar la avena como dios manda, con su cuota natural de alcohol. Y si hay una parte ínfima de mis impuestos que son necesarios para limpiar los restos de la batalla pues, tal y como van las cosas, la seguiré pagando con mucho gusto.

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Bernat Dedéu
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