“Mis melodías son la hostia. Como pianista soy justito, pero no conozco a mucha gente que escriba melodías como las mías. Lo que pasa es que, en realidad, yo no tengo mucho mérito en eso. El mérito es de la música, la que habla es ella. Yo me limito a dejarla pasar a través de mí y, después, eso sí, a trabajar duro para acabar de darle forma, de darle un camino”. La noche ha caído sobre la ciudad y el Bar está animado. Tras un tapeo, el pianista y compositor Emilio Solla se toma un gintónic de Tanqueray acodado a la barra, mientras las notas de Uno está de Bobbi Humphrey restallan en el ambiente. “Uno tiene que ser espectador de lo que crea —prosigue—, y saber callar para que la que trascienda sea la música, sólo ella, sin ensuciarla con las miserias del ego”.
Las notas, compases, melodías y silencios llevan desde su más tierna infancia hablándole. Además de ingeniero, su padre era crooner y contrabajista aficionado. “Desde pequeño quise tocar el piano y a los ocho años ya me inscribieron en el conservatorio de Buenos Aires”. Como suele ser habitual, fue en la adolescencia cuando se cruzaron por su camino las músicas que lo iban a arrebatar. “Oscar Peterson, Chick Corea, Bill Evans y, en mi primer viaje fuera de la Argentina, cuando fuimos a Canadá a ver a unos tíos que vivían ahí, descubrir el Köln concert de Keith Jarrett”. A estos hallazgos se sumó, poco después, la entrada en su vida de la música de su tierra, el tango, “a través de Piazzola, obvio”.
Y eso es, fundamentalmente, lo que ha venido caracterizando su obra: “El hecho de llevar la música argentina a diferentes sitios, a eso me dedico”, sonríe. Para eso, tuvo que irse de Buenos Aires, “a otros lugares que me vinieran grandes para ponerme a su altura”. Así es como recaló en 1996 en Barcelona y, diez años después, en Nueva York. “Un lugar que te pone las pilas, y donde el nivel es siempre altísimo. La Jungla, como la llama mi amigo Paquito D’Rivera, donde te das cuenta de que nadie es necesario, que te estimula constantemente y donde da igual lo que hiciste ayer, porque mañana se te puede tragar”.
Hecho a mano, entre mucha gente
Cuando, todavía joven, Emilio Solla vio en directo a Pat Metheny con el pianista Lyle Morgan, lo paró todo. “Dejé ese mismo día de dar clases a mis alumnos y me puse a estudiar piano a tope, aquello acabó de construir mi técnica”. Para él, seguir dando clases hubiese sido, en aquel momento, traicionar a la música. Enturbiarla con esas miserias del ego que deben siempre mantenerse lejos.
Quizás sea esta autoexigencia, esta necesidad de seguir abriendo caminos a través del estudio y el trabajo duro, el ingrediente que le haya hecho encajar en ese ambiente tan duro y competitivo como es el de la Gran Manzana. Ahí ha desarrollado el grueso de una carrera musical que le ha valido un Grammy Latino en 2021 y otras seis nominaciones, y en la que ha trabajado al lado de ilustres de la talla de Paquito D’Rivera, Arturo O’Farrill, Yo-Yo Ma, Edmar Castañeda o el saxofonista y cantaor Antonio Lizana, “con el que en breve vamos a grabar un nuevo álbum”, anuncia.
De momento, su último elepé es Handmade (Club del Disco), grabado al frente de su noneto La Inestable de Brooklyn, y cuyo título es ya de por sí toda una declaración de principios, en tiempos de torpeza autoinducida por la IA. “Estoy encantado presentándolo y tocándolo, poniendo en valor todo el equipo que, con su trabajo, sus horas de estudio y esfuerzo, hacen que esta música llegue, tenga vida”. Una labor artesanal, orgánica, que es cosa de muchos talentos alineados. Sincronizados, para que la música hable alto y claro.
Bienvenido, de nuevo
Tras veinte años viviendo en Nueva York, el parroquiano está intensificando el contacto con Barcelona que, en realidad, jamás se perdió. “Voy a ir alternando temporadas entre aquí y allí, porque esta es una ciudad que me dio la bienvenida desde el minuto uno”, y sorbe un trago de gintónic antes de matizar, entre risas: “Piensa que, en 1996, llegué aquí casi por accidente, con la idea de trasladarme a Madrid a la primera que pudiera. Pero esa idea duró exactamente 24 horas, enseguida me quise quedar en esta ciudad que amo de forma total, por su mar, por su montaña, por sus calles, porque en muchos aspectos es como un Buenos Aires, pero mejorado, donde las cosas funcionan mejor”.
Y remata su bebida antes de sentenciar: “Lástima que a veces sea un lugar donde cuesta tanto arrancar las ideas, emprender, trascender la institucionalización que empequeñece, que tiende a convertir los sitios en endogámicos”. Tras lo cual observa el fondo de su vaso, ahora vacío a no ser por los hielos fundiéndose, y la rodaja de limón arrugada.
— Lo que no empequeñece es la noche aquí dentro. ¿Te apetece otro gintónic? ¡Estás invitado!
Heart’s desire de Don Blackman suena de fondo. A Emilio Solla le gusta. Mira a su alrededor, el Bar vibra de gente con hambre de nocturnidad. Sonríe.
— ¿Por un casual, no sabréis hacer un buen pisco sour? –pregunta.
— ¡Como en la mismísima Lima!
