Eloi, el héroe

02 de octubre de 2026 a las 05:30h

El lunes por la noche tuve la oportunidad de poder aplaudir, emocionada, a mi presidente y amigo, Eloi Planes, distinguido en los Premios La Vanguardia como mejor empresario del año. Un reconocimiento más que merecido, por lo que hace, pero sobre todo, por cómo lo hace.

De su trayectoria empresarial se ha escrito mucho, y con razón, pues es muy loable. Hoy, sin embargo, no quiero hablar del empresario que está de moda. Quiero hablar de la persona.

Confieso que había reservado este espacio para volver a escribir, una vez más, sobre la ley de mecenazgo y la necesidad de que culmine. Pero aquella noche entendí que hay algo que necesitamos aún mucho más que cualquier ley: las personas como Eloi.

Hombres y mujeres que tienen sensibilidad hacia el país, que miran hacia el futuro, que quieren dejar un legado y que se sienten corresponsables con lo que ocurre a su alrededor. Una ley puede estimular el mecenazgo, pero es la persona quien toma la decisión de ser mecenas o no. De dar sin esperar nada a cambio.

Y así, precisamente, es Eloi. Y por eso decidí cambiar el contenido de este artículo y compartir un poco cómo es este hombre empresario con ascendencia humanista.

Una ley puede estimular el mecenazgo, pero es la persona quien toma la decisión de ser mecenas o no

Eloi es, antes que nada, un buen hijo. Su padre, Joan Planes, fue un prohombre de nuestra casa, y hay herencias que pueden pesar como una losa. Esta lo habría podido ser. A él, sin embargo, lejos de pesarle, le ha espoleado. Ha sabido multiplicar el legado recibido y asumir, con naturalidad, el papel de motor de la familia.

Un día me dijo que la principal y más importante herencia que uno recibe de sus padres son los hermanos. Sabias palabras. Sobre todo si formas parte de una empresa familiar.

Y quizás esta frase explica mucho más de Eloi de lo que parece.

Porque Eloi es también un buen padre. Cercano, preocupado y entregado. Un padre que sus hijos no solo admiran, sino que viven y sienten cerca. Lo explicaron ellos mismos, con una valentía y una ternura que no dejaban lugar a dudas, durante la presentación hace pocos meses de su último libro de poemas —que, por cierto, escribe mientras viaja en avión—. Cada uno de ellos explicó qué significa su padre en su vida. Y, probablemente, no hay mejor reconocimiento que este.

Es, además, un romántico empedernido. De esos que no tienen ningún pudor en aprovechar un discurso cualquiera, ante un Palau de la Música lleno hasta la bandera, para declarar su amor incondicional y eterno a la mujer con quien se re-casa cada vez que puede.

Y es un hombre de amigos. De los de toda la vida y de los que la vida le ha ido trayendo. Con ellos ríe y llora, celebra y sufre, a corazón abierto. No hay mucho artificio en Eloi: es plano, transparente, sincero, sensato y nada soberbio. El ego, sencillamente, no parece formar parte de su equipaje.

El ego, sencillamente, no parece formar parte de su equipaje

Y luego hay una cualidad que, en mi opinión, explica buena parte de su magnetismo: sabe reírse de sí mismo.

Y de qué manera.

Lo hace con una franqueza y una naturalidad que desarman cualquier solemnidad y rompen cualquier barrera. Con él, incluso las cosas más serias pueden acabar con una carcajada. Y eso hace que todo sea más fácil.

Un día me dijo que tenía la suerte de no levantar anticuerpos. Tenía razón. Lo he podido comprobar en muchos de los lugares donde hemos ido juntos: Eloi entra en una sala y, al cabo de poco tiempo, parece que haya estado siempre.

Como jefe, esta manera de ser no desaparece. Al contrario, se convierte en una manera de ejercer el liderazgo.

Es cercano, respetuoso e inteligente. Pero, sobre todo, sabe dar confianza. Sabe escuchar, sabe dejar hacer y sabe estar ahí cuando hace falta. No necesita mandar para liderar. Y eso, en un mundo donde a menudo se confunde autoridad con liderazgo, es una diferencia importante.

Hace un tiempo me invitaron a una de las escuelas de negocio más prestigiosas de Barcelona para explicar el modelo de gobernanza de la Fundación que él preside y que yo tengo el honor de dirigir, la Fundació Catalunya Cultura. Nos presentaban como un caso de éxito.

Y resultamos ser, según los manuales, casi la antítesis del buen gobierno. El contraejemplo. Aquello que, en teoría, no se debe hacer nunca: ser amigos. Se ve que, según algunos manuales, nos lo pasamos demasiado bien.

Quizás sí.

Pero justamente aquí creo que hay una parte importante del secreto de que el trabajo que hacemos haya prosperado.

En la confianza. En la sinceridad con que compartimos una visión y una misión. En la inteligencia con que él lidera sin necesidad de mandar. En la generosidad con que te da espacio para hacer. Y en este apoyo, siempre presente y sin reservas, que sabe ofrecer cuando más lo necesitas.

Porque, antes que dos cargos, somos dos personas. Dos personas que se respetan, que comparten valores y un propósito, que tienen un camino en común y que, por encima de todo, se preocupan por su gente y por su país.

Quizás esta es también una de las grandes lecciones que me ha enseñado trabajar con él: que liderar no es ocupar un lugar, sino hacer que los demás puedan ocupar el suyo.

Liderar no es ocupar un lugar, sino hacer que los demás puedan ocupar el suyo

La ley de mecenazgo llegará, y la seguiremos reclamando con firmeza. Pero el país que queremos no lo construyen solo las leyes. Lo construyen personas que deciden mirar más allá de ellas mismas. Personas que dan, que se implican, que asumen responsabilidades y que entienden que su éxito también conlleva una responsabilidad hacia los demás.

Personas como Eloi.

Y quizás por eso, aquella noche, mientras lo aplaudía emocionada, pensé que Eloi tenía mucho de héroe, una persona que, sin ni pretenderlo ni saber cómo, ha acabado convirtiéndose en un referente.