Barcelona llevaba semanas convertida en un pequeño santuario laico dedicado a Javier Camarena: banderolas y pósters en que el tenor sostenía su frasco de elixir como quien conserva con orgullo una reliquia doméstica. Y, sin embargo, la ópera ---siempre aficionada a los golpes de guion--- decidió otra cosa. El icono no pudo actuar en la primera sesión, y el foco cayó sobre el tercer tenor del reparto, Filipe Manu. Su interpretación, más inclinada al gesto cómico que a la solidez vocal, mostró oficio y desenvoltura; resolvió dignamente la papeleta, en una ópera que plantea desde el humor la doble vertiente del destino ---caprichoso y arbitrario, al tiempo que implacable y necesario--- con el trasfondo de los amores de Tristán e Isolda. Nada casualmente, la luminosa Adina de Serena Sáenz entra en escena leyendo una revista del corazón en que cuenta las maravillas de “la regina Isotta”, con quien se nos invita a vincularla en diversos momentos.
L’elisir d’amore, ópera concebida en pocas semanas por Gaetano Donizetti ---apenas quince días, según algunas fuentes--- para suplir el encargo que otro compositor nunca entregó, es una obra maestra nacida del trabajo apresurado y la inspiración, por esas casualidades del destino. La partitura da prueba del mejor ingenio del compositor: una mezcla de lirismo inmediato, humor bien calibrado, y deudas mozartianas sin complejos. Quizá por eso se respira una espontaneidad arrebatadora desde el mismo comienzo, a pesar de los tópicos que indisimuladamente exhibe.
Heredero directo del texto de Scribe, el libreto trae ya empaquetados los arquetipos: el enamorado tímido, la muchacha lista, el militar overconfident y el vendehúmos irresistible. Y, aun así, Donizetti logra tejer musicalmente un relato generoso en juegos de apariencias: las identidades se pliegan como espejos y abundan los trampantojos sentimentales, que nunca se vuelven del todo crueles… Aunque por momentos se masca la tragedia, como en los juegos imprudentes del Così fan tutte.
L’elisir es una obra maestra nacida de la prisa, por esas casualidades del destino: una mezcla de lirismo inmediato, humor bien calibrado, y deudas mozartianas sin complejosNo es raro ver a la dottoressa Despina en el estrambótico Dulcamara, quien habrá de ceder su posición de privilegio a Adina, como aquella ---la sirvienta y educadora de Fiordiligi y Dorabella--- habría querido. Similar lógica atraviesa la puesta en escena de Mario Gas, costumbrista y festiva, con un aire felliniano que la convierte casi en un ritual popular: desde la farola ---ya icónica y, para muchos, asociada a otras comedias musicales, así la anterior Cantando bajo la lluvia o la obviamente posterior La La Land--- hasta las luces que salpican el escenario como en una verbena perpetua o cuando menos recurrente, de acuerdo con la temporalidad circular de las civilizaciones arcaicas.
Con el espíritu de ese topos emocional que consagró Serrat en su canción Fiesta, se compartirán espaguetis, vino de la tierra y supersticiones de estraperlo. Y el doctor se mezclará con todos en la celebración de la boda que inaugura el segundo acto, con las luces de la sala aún encendidas, como si jamás hubiese existido una barrera entre charlatanería y salvación, ni separación estricta entre los que están de uno y otro lado del escenario.
Prueba de la porosidad es que ese ambiente pagano, vibrante, volvió a convencer en el Liceu: no envejece la puesta en escena de un remotísimo 1983, quizá porque evoca una memoria colectiva más antigua que las representaciones teatrales. El elixir que Nemorino ingiere creyendo en sus poderes ---vino, en realidad--- se convierte en un artefacto antropológico antes que dramático. Funciona porque ---como el placebo, solo que con efectos bien sensibles en este caso--- creemos que funciona; porque permite que el afectado se alinee tanto más con lo deseado, otorgándole estatuto de verdad… con lo que realidad corresponde.
Suena a pensamiento mágico y lo es, sin duda. Pero no por oposición a la realidad, sino por conformar la esencial credulidad en nuestras representaciones personalísimas: la fantasía, conectada inevitablemente con la esfera afectiva, opera como lente a través de la cual nos entendemos y creemos ser vistos. Los científicos lo explican con neurotransmisores; el dottore Dulcamara, con un frasco y una sonrisa.
El elixir funciona como el placebo, porque creemos que funciona y así permite que el afectado se alinee tanto más intensamente con lo deseadoEntre tanta alquimia, es inevitable recordar que la versión bufa del filtro tristaniano oficia un efecto similar al de la tragedia de origen medieval, que Wagner reformularía en su conocida ópera en 1865, treinta y tres años después. No deja de ser irónico y profundamente sintomático que el Liceu nos proponga un viaje, en la misma temporada desde ese elixir ligero, mediterráneo, a la reformulación wagneriana de aquel relato de origen celta o bretón; como si la historia del amor máximamente condicionado se desplegara ante nosotros en dos extremos de un mismo arco mítico.
La descarga emocional por la percepción de la fatalidad, y consiguiente ---todavía aristotélica--- catarsis, conoce por anticipado en la comedia de Donizzetti un efecto de signo inverso, si bien no menos curativo, a través de la risa que despiertan las escenas costumbristas. La visibilización de impulsos eróticos, más creíbles desde la deformación inherente a la dramaturgia, provoca la descarga de energía psíquica que Freud había explicado en El chiste y su relación con el inconsciente.
Musicalmente, la función en el Liceu fue sólida, por momentos muy inspirada. La orquesta brilló en los solos de viento y el coro ---conciencia colectiva, pequeño experimento sociológico sobre la presión del entorno---, mostró cohesión, color y una energía que supo acompañar cada fluctuación emocional del escenario. En esta ópera sin apenas secundarios, Ambrogio Maestri caracterizó a un Dulcamara expansivo y carismático, consciente de su función histriónica, como preparándose para el Falstaff, esta misma temporada en el Liceu.
Es más, volvería a hacer una divertida aparición final ---una vez acabada la función--- caminando por el pasillo de la platea e interpelando al público, a quien ofrecía una bottiglia mientras entonaba su hit, en que se arroga poderes sobrenaturales: “Questo è un balsamo celeste / questo è un filtro universale!” La clase de artista capaz de vender un coche sin ruedas, y aun así recibir agradecimientos. No podemos olvidar tampoco al Belcore de Huw Montague Rendall, que, abundando en la caricatura, se mostró como un manual viviente del macho ---aquí soldado--- fanfarrón.
Pero, por encima de todos, reinó Serena Sáenz. Su Adina ---astuta y luminosa, con una línea vocal tan fresca como precisa, y una soberbia actuación en el registro bufo--- logró esa rara mezcla de inteligencia dramática y encanto natural. En su primera interpretación del personaje, cautivó por claridad y por juego, manejando el pulso de la ópera sin vacilaciones. Llevó a los espectadores de la mano hasta el desenlace deseado, sin pudor a mostrar desde el comienzo ese juego, el de la espontaneidad máximamente artificiosa.
Pudieron ser los aplausos más tímidos de lo esperado, en algunos momentos cumbre de la ópera, quizá aún bajo la sombra del cartel que anunciaba otro nombre en el papel del protagonista masculino. En cualquier caso, la magia ---síntesis de teatro, música y fe compartida--- volvió a funcionar. La fórmula de L’elisir d’amore se mantiene infalible no por lo que cura, sino por la verdad que pone ante nuestros ojos, y de forma placentera: que seguimos siendo criaturas fáciles de seducir, y que el estado de embriaguez emocional ---ese eros platónico--- es, en realidad, fuente de toda creación verdadera.
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