La histórica Casa Degli Italiani ha inaugurado la exposición fotográfica dedicada a Tazio Nuvolari, El conductor de la emoción, consagrada al legendario piloto de carreras italiano. Se trata de la primera de una lista de múltiples actividades relacionadas con esta figura y en este edificio del pasaje Méndez Vigo durante el mes de octubre, donde están previstas exhibiciones de coches históricos, mesas redondas y presentaciones de libros.
De entrada, cabe decir que la Casa Degli Italiani brilla como nadie en Barcelona en términos de servicio piscolábico: lo digo porque es la segunda vez que debo reconocérselo y porque es una muestra de cortesía, de buen gusto e incluso de reivindicación culinaria nacional encomiable. No creo que sea necesario entrar en detalles, porque no es el objetivo de este artículo (dejando aparte la plástica preponderancia del Aperol Spritz): acudan a sus eventos y compruébenlo. Después, como verán, el palacete y su terraza son una excepción en pleno corazón del Eixample, que nos convierte enseguida en descubridores de un oasis, un jardín, un espacio perfecto para los paréntesis y la atención en una sola cosa. En este caso, Tazio Nuvolari: para ignorantes como yo, una de las leyendas más importantes del motor mundial.
El tema es que, en sus inicios, esta bala humana comenzó a destacar en el III Gran Premio Penya Rhin de voiturettes en el circuito de Vilafranca del Penedès (que era un circuito temporal, habilitado en carreteras públicas), donde alcanzó la quinta posición en un automóvil rojo marca Chiribiri.
Cuántas cosas nuevas, un momento, que pongo orden: en primer lugar, hablamos de los años 20 (Chiribiri fue vendida a Lancia en 1929); en segundo lugar, la Penya Rhin era un club automovilístico y motociclista barcelonés, que tomaba el nombre del café-restaurante (junto al actual café Zurich) donde los fundadores celebraban tertulias para hablar sobre todo de acontecimientos deportivos y terminaron organizando carreras puntuables para grandes premios (fueron los primeros en celebrar carreras en la Rabassada).
De hecho, algunos de los veteranos asistentes al acto me confesaban que podía escribir que la Penya Rhin aún está viva, y que la encarnan ellos (fotografía de grupo con mitos como Antoni Zanini o Salvador Cañellas); y, en tercer lugar, lo que decíamos: Nuvolari circulando por las carreteras del Penedès, gracias a la amistad con Deo Chiribiri, que lo invitó a participar con su equipo. También aprovechó para asistir a la inauguración del circuito de Terramar, cerca de Sitges (construido con placas de hormigón bien encajadas, como aún se puede ver, hoy abandonadas en forma de extraño anfiteatro con peraltes).
El caso es que su actuación en moto para probar este circuito fue tan destacada, y su estilo tan valiente y acrobático, hasta el punto de elevarse de la pista y mantenerse suspendido, que enseguida los espectadores lo bautizaron como el corredor de la emoción. Según la leyenda, Nuvolari besó a la hija del propietario del Hotel Terramar en el punto más alto del peralte. Después, Nuvolari voló por el mundo antes de regresar a Catalunya en 1936.
Los parlamentos (el presidente de la Casa Degli Italiani, Mirko Scaletti, o el comisario de la exposición, Giampaolo Benedini) se desarrollan justo delante de una moto de época, marca Norton, que junto con las revistas, los libros y las pantallas con vídeo complementan los múltiples paneles con fotos (y poco texto) de la exposición. Temas como la guerra y las hospitalizaciones por accidentes, objetos del piloto, fotografías como la de él mismo haciendo de dentista alocado, su manía por el entonces llamado sexo débil, los múltiples premios y carreras, las fotografías tomadas por él mismo (“la mirada de Tazio”), la intensa relación con Pirelli, las Américas, su funeral con una moto subida encima del ataúd recorriendo las calles de Mantua.
En definitiva, un as de ases en términos de talento, valentía, seducción y ganas de vivir que se transmite en todo lo que organiza la Casa Degli Italiani. Estaba todo el mundo que debía estar, pero sobre todo la proximidad y la simpatía que hacen de los italianos unos de los mejores anfitriones del mundo. Hacen que te sientas como en casa y que olvides, durante un buen rato, que los que están lejos de casa son ellos. No hagan caso, pues, al nombre de la fundación: esta es una casa para todos.