El archivo de una ciudad es como su hipocampo, la estructura clave que consolida sus recuerdos a corto, medio y largo plazo. Sin la labor de almacenamiento, estudio, interpretación, clasificación y descodificación de sus documentos, de sus archivos históricos y administrativos, una urbe vagaría amnésica en el tiempo. Sin un bastidor capaz de poner, en cada momento y lugar, y de forma organizada, aquellos recuerdos, aquellos hechos del pasado que la definen como un ente vivo singular. Sería una ciudad vacía, lobotomizada, que ignoraría la práctica totalidad de sus porqués, sus cuándos y sus cómos.
Desde el año 1249, el Arxiu Municipal de Barcelona ha velado, a través de la entrega de generaciones de archiveros, y en los más dispares contextos históricos, sociales y culturales, por mantener viva la identidad de la ciudad a través de su memoria documental. Profesionales que se han sucedido, unos a otros, en la labor de atesorar y procesar toneladas de documentos, en un oficio que, a lo largo de los siglos, con especial fuerza en las últimas dos décadas, ha evolucionado hasta cambiar por completo.
Toda esta historia se recoge ahora en el volumen Fem Arxiu, construïm ciutat (Ajuntament de Barcelona) que repasa los casi 800 años de singladura del Arxiu de la mano de Ramon Alberch i Fugueras, auténtica eminencia en materia. Formado en Historia, este gerundense que se enamoró rápidamente de “esta profesión en la que el día que tomas posesión del cargo tienes 500 años de trabajo atrasados” ha sido –entre muchísimos otros cargos– director del Arxiu Municipal de Girona entre 1978 y 1989, del Arxiu Municipal de Barcelona entre 1990 y 2004 y del sistema de archivos de Catalunya, entre 2004 y 2010.
Una historia turbulenta
La de 1249 era una Barcelona dinámica que vivía un momento de eclosión como importante núcleo urbano de la Corona de Aragón. Mientras los antiguos señores feudales decaían, la ciudad experimentaba un auge del funcionariado que respondía al crecimiento de estructuras jurídicas, sociológicas y burocráticas. “Barcelona tenía ya sus estructuras de gestión territorial como el Consell de Cent, pero, poco a poco, Jaume I fue dándole más poder hasta que, en 1249, sienta las bases del gobierno municipal a través de un privilegio, de donde se derivarán varias figuras de la gestión ciudadana”, explica Alberch. “De hecho, si miras las listas de cargos públicos de aquella Barcelona te das cuenta de la importancia que tenía como puerto del Mediterráneo y como polo de atracción. ¡Tenía una potencia económica enorme!”, añade.Al principio, la historia del Arxiu está íntimamente relacionada con las órdenes religiosas. “Cuando se creó, el Ayuntamiento se dio cuenta de que no tenía un espacio físico donde poder ir atesorando los documentos, así que los depositaba en conventos religiosos. El primero fue el de los Dominicos de Santa Caterina, aunque al cabo de algo más de un siglo, a raíz de un contencioso entre el poder municipal y la Inquisición, los documentos fueron trasladados al convento de los Franciscanos”.
A pesar de los varios cambios de ubicación, el peor momento de la historia del Arxiu llega en 1714, con el Decreto de Nueva Planta de los Borbones. “En aquel momento en que la Ilustración ponía en valor la importancia de los archivos, los Borbones quisieron castigar a Barcelona por haberse posicionado en favor de los Austrias y uno de los frentes que atacaron fue el de su archivo municipal. Era una manera más de quitarle poder a aquella ciudad tan potente, lo cual además entraba perfectamente en su esquema centralista. De este modo, en 1718 anulan la plaza de archivero mayor y deciden que serán los regidores de la ciudad –en realidad, todos pertenecientes a la nobleza catalana– los que, de forma periódica, se irán turnando para mantener el archivo. Y claro, los nobles podían cobrar ese servicio, pero en su inmensa mayoría ni hicieron acto de presencia”, lamenta Alberch.
Aquel abandono, que duraría hasta el siguiente siglo, tendría consecuencias nefastas a nivel de conservación del caudal documental. “Hoy en día, de libros del Consell de Cent sólo se conservan 29 volúmenes del periodo entre de 1301 y 1433, cuando se tendrían que conservar como mínimo unos 130, puesto que eran anuales. Y del registro de deliberaciones, que recogen las actas de las reuniones del Consell donde se hacían constar las decisiones y acuerdos más importantes, se conservan 223 volúmenes del periodo que va de 1433 a 1714, cuando debería haber unos 280”.
Salvar los restos del naufragio
El siglo XVIII fue la debacle para el Arxiu. “Antoni de Capmany se hacía cruces, cuando explicaba en qué condiciones se encontraba los documentos que le ayudaron a escribir sus Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona. Aquello estaba dejado de la mano de Dios hasta que, en 1821, en pleno trienio liberal, tienen lugar reformas políticas y administrativas como la organización provincial. Así, el archivero Joan Maymó recibe el encargo, por parte del síndic Francesc Tomàs, de reflotar el Arxiu y salvar los proverbiales restos del naufragio”, relata el autor de Fem Arxiu, construïm ciutat.De este modo, entre 1821 y 1848, el Arxiu vive una etapa de recuperación y consolidación a través de diversas reformas y reorganizaciones, y experimenta un importante auge entre finales del XIX y 1910. “Es el momento de la Reinaxença y, más adelante, del Noucentisme, y en este contexto se consolida el concepto del archivo como centro de investigación vinculado al romanticismo y al nacionalismo, a la recuperación de las glorias catalanas, del pasado esplendoroso de nuestro país. Y ya en 1917, en plena efervescencia de una burguesía enriqueciéndose muchísimo gracias a la neutralidad del país durante la Primera Guerra Mundial, se funda el Archivo Histórico de Barcelona”.
Sobrevivir a la Guerra Civil
El libro de Ramon Alberch narra las vicisitudes del Arxiu durante la Guerra Civil y explica cómo se salvaron de los bombardeos muchos de sus documentos. “La figura clave es Agustí Duran i Sanpere, un catalanista moderado, noucentista de corazón, que durante la guerra se fue llevando los documentos a lugares aislados, como Viladrau, para ponerlos a salvo. Al acabar la contienda le hicieron un juicio de depuración, pero mucha gente fue a testificar en su favor. Personas a las que había ayudado, capellanes, burgueses... A eso se sumó el reconocimiento por haber salvado tantos documentos históricos, administrativos, pero también religiosos. Y al final fue readmitido a su puesto de archivero y dirigió el Instituto Municipal de Historia de Barcelona hasta 1957, año en el que devino presidente del Institut de les Lletres Catalanes. Como solía ser habitual en la época, y hasta 1975, año de su muerte, Duran vivió en el mismo archivo, en la casa Ardiaca, junto con su familia”. Alberch suspira. “Aquello era algo más que su trabajo, ¡era su vida!”, apostilla.Tras sobrevivir al duro embate de la Guerra Civil, el Arxiu encaró un siglo XX en el que, entre los años 80 y principios de este siglo, iba a experimentar excitantes cambios. “A partir de 1987 se unifican los criterios de gestión de los distintos archivos que existían y que, hasta entonces, funcionaban, aunque estaban desconectados el uno del otro. De hecho, los directores del municipal y del histórico ni siquiera se conocían”.
En este tiempo, el trabajo de archivero ha cambiado muchísimo. “La del individuo que trabaja en soledad y silencio, sin hablar con nadie, aislado, es ya sólo una figura retórica”, aclara Alberch. Para él, los buenos profesionales de ahora “deben ser capaces de funcionar en contacto con muchos otros profesionales, desde juristas hasta historiadores, y deben, por tanto, ser personas con mucha empatía y capacidad de trabajar de forma trasversal con otros perfiles. A la vez, deben ser personas perseverantes y pacientes y ser muy metódicas y organizadas. Por otro lado, es cierto que con la IA hay algunos trabajos dentro de este ámbito profesional que están desapareciendo o ya están extintos, y eso representa un enorme cambio de paradigma para nosotros, y a muchos niveles”.
Destino: Can Batlló
Desde mediados de los 80 y hasta ahora, el Arxiu ha sido una unidad funcional, que trabajaba con un criterio unificado, aunque con sedes repartidas en trece edificios: El Arxiu Històric de la Casa Ardiaca, que atesora documentos del Siglo XIII hasta mediados del XIX, el Arxiu Contemporani de la calle Bisbe Caçador, el Arxiu Fotogràfic de la calle Comerç y los archivos de cada uno de los diez distritos de la ciudad.“Pero, aunque tenga su documentación repartida en diferentes sedes, el Ayuntamiento tiene un patrimonio impresionante, importantísimo, al nivel de otras grandes ciudades europeas. Con la idea de podernos comparar con estas, con París, con Ámsterdam, con Marsella o con Viena, que tienen agrupados sus archivos metropolitanos en grandes equipamientos, nace el proyecto de hacer lo mismo en Barcelona para darle fortaleza, identidad y visibilidad a todo este patrimonio que gestionamos”, explica Alberch.
Así, está en marcha el ambicioso plan de agrupar todo el fondo documental que ahora está repartido en trece sedes en un único edificio, Can Batlló, una antigua fábrica del barrio de Sants con 21.000 metros cuadrados que acogerán, en futuro, los más de 30 kilómetros que sumarían todos los documentos del Arxiu si se pusieran en fila.
De hecho, el libro Fem Arxiu, contruïm ciutat es una derivada de este proyecto. “Empezó como un informe que me encargó el anterior director del Arxiu, Joaquim Borràs, para convencer al Ayuntamiento de la importancia de aunar todo el archivo en un único equipamiento”. Con la celebración, hace unas semanas, del Congreso Internacional de Archivos en Barcelona, la actual directora, Ana Pazos, tuvo la idea de convertir aquel informe en un libro que explicara y pusiera en valor sus ocho siglos de vicisitudes.
Su autor sonríe satisfecho. “En el libro he concentrado sólo los aspectos más relevantes, pero se han quedado fuera cajas y cajas de información”. Datos, historias, personajes y anécdotas que, afortunadamente, no se han perdido en la oscuridad, no se han quedado suspendidos en el limbo del olvido, irrevocablemente borrados de la memoria colectiva, sino que están ahí, al alcance de todo el mundo. Esperando a ser redescubiertos por los curiosos que tengan el placer de asomarse al Arxiu Municipal de Barcelona.
A la memoria de nuestra ciudad.
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