Hará cosa de un par de lustros, un joven amigo -por aquel entonces, talento prodigioso de aquello que erróneamente llamamos "música clásica”- me pidió ayuda para sufragarse un nuevo instrumento. Uno sufre la desgracia de tener el alma medio yanqui en un país tozudamente catalán (en el universo anglosajón, en parte gracias a sustanciosas ventajas fiscales, la gente de pasta vive más que habituada a sacarse la billetera para sufragar un Guarnieri a los niños geniales, a rascarse el bolsillo para mejorar la acústica de un auditorio y etcétera). Absolutamente ignorante del ámbito monetario, como certifica mi persistente vida crediticia, decidí presentarle a un conocido, señorísimo de Barcelona y gran mecenas de arte (mayormente pictórico). Habituado a gastar toneladas de billetes en Nonells, Guinovarts y otros ilustres pintores catalanes, pensé de forma más bien naïve que le haría cierta gracia ejercer de pilar en la carrera de una promesa.
Cuando, acompañado de mi colega, le propusimos la compra de este instrumento... la persona en cuestión nos miró como si le hubiéramos sugerido financiar la barquita de un narcotraficante. De hecho, recuerdo que -haciendo gala de su honestidad socarrona habitual- nuestro homenot nos espetó: “¿y qué saco yo de comprar un violín?”. Pues bien, esta respuesta no fue enteramente culpa de nuestro ilustre interlocutor, un hombre de una sensibilidad extrema, pero sí muestra el pensamiento de gran parte de nuestras clases acomodadas, para las cuales tener un Barceló en casa permite fardar ante las amistades y ejercer de filántropo desinteresado... mientras que comisionar una sinfonía o becar la formación de un músico significa tirar dinero a las cloacas. Si elevamos el hecho a categoría, la anécdota también nos retrata crudamente el alma de un país para el cual el patrimonio sonoro no es algo que necesite de recursos.
Como ha demostrado el espléndido monográfico que nuestro Post ha dedicado al mecenazgo, la cultura catalana contemporánea no podría explicarse sin la iniciativa de unos filántropos que -durante el estallido cultural del Modernisme y del Noucentisme- pensaron que las naciones no sólo se apuntalan en el discurso sentimental... sino que básicamente se defienden con toneladas de fajos verdes. Por este motivo, no es de extrañar que el poder central -pensando en nuestra tribu- haya dilatado de una forma exasperante unas leyes de mecenazgo que no sólo facilitarían que la clase adinerada pudiera desgravarse varios millones de euros, sino que -nuevamente, pensando en América- crearía una tradición de familias que se obligan dulcemente a dedicar parte de su fortuna al fortalecimiento cultural de su país. La ley parece que ya llegará pronto, pero ese “pronto” lleva años repitiéndose.
En este sentido, sería necesario que las instituciones musicales de la tribu pusieran empeño en recordar a nuestra burguesía (actualmente, hay que decirlo todo, con unos actores de un conocimiento musical más bien limitado...) que comprarse una instalación de Eulàlia Valldosera o una cerámica de Barceló es una magnífica ayuda a los artistas y al país, pero que socorrer a Joan Magrané para que escriba una sinfonía o a Ramon Humet para que imagine una ópera sería aún más beneficioso para todos. Esto también se aplicaría a la carrera de nuestros intérpretes, a través de la adquisición de instrumentos, la organización de audiciones y de conciertos privados. Con esto no hablo sólo de afluixar la mosca, sino de tejer una relación íntima con la carrera de unos creadores que necesitan un apoyo económico que nunca les vendrá de la administración, a menudo muy generosa con los grandes equipamientos pero absolutamente sorda cuando se necesita apoyar a los agentes de la creación.
Pensaréis que escribo una chorrada, pero cuando alguna persona que conozco (sea adinerada o no) me pregunta qué le podríamos regalar a alguien para su cumpleaños u otra ocasión especial, siempre respondo lo mismo; ¡organicémosle un concierto! Es una práctica que he ideado muchas veces y, de hecho, mucha gente se sorprende de que músicos de gran éxito del país no tengan ningún tipo de reparo en arremangarse la camisa para tocar en un concierto privado a un precio muy inferior del que vale el pescado o el vino que se están pimplando los comensales. Mientras no haya mecenas como es debido, dediquémonos a hacer su trabajo y ejerzamos de pequeños patrones, aunque sea con el simple esfuerzo de dedicar algo más de pasta a los músicos que a las pizzas de diseño. Pensad en vuestro intérprete favorito; por desgracia, toca por un sueldo diez veces inferior a lo que imagináis. Y así nos luce el peluquín…