Entrar en un hospital y sentirse peor. O, al contrario, notar una cierta calma sin saber muy bien por qué. Los espacios en los que estamos influyen en cómo nos sentimos, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Para Clara Rius, socia directora de Ahead Barcelona Healthcare Architecture, esta idea debería estar en el centro de cualquier proyecto, especialmente cuando se diseña para personas en situaciones vulnerables.
A partir de la investigación —antes y después de construir—, Rius cuestiona formas de hacer que durante años se han dado por válidas: desde tomar como referencia a un “usuario estándar” que, en realidad, no representa a la mayoría, hasta diseñar sin entender del todo a las personas que habitarán, utilizarán y transitarán esos espacios. En esta conversación, defiende una arquitectura que pone el foco en un aspecto esencial: que no haga daño. Una forma de trabajar que empieza por escuchar y saber adaptarse, y que tiene en cuenta a quienes más lo necesitan. Porque lo verdaderamente preocupante es que esto, todavía hoy, no sea lo habitual.
— ¿Cambió de alguna manera vuestra forma de proyectar cuando empezasteis a trabajar con la evidencia científica?
— Totalmente. Podría decir que antes diseñábamos de manera intuitiva —y seguir la intuición está bien—, pero creemos que es fundamental basar el diseño en criterios científicos. Los estudios indican que los espacios tienen un impacto en las personas, tanto positivo como negativo, así que no existen los espacios neutros. La mayoría de las percepciones y de los conocimientos que tenemos son inconscientes, así que la única forma de comprender cómo impactan estos espacios en las personas es a través de la ciencia. Por eso nos interesan los artículos, las pruebas y las mediciones, porque nos dan herramientas para entender, un poco mejor, cómo deben ser los diseños.
Un espacio del Hospital Sant Joan de Déu reformado por Ahead Barcelona Healthcare Architecture. © Dani Rovira— ¿Cómo se investiga diseñando?
— Se empieza leyendo, y mucho. Hacemos investigación previa, pero también evaluamos los espacios una vez ya están ocupados (POE, del inglés Post-Occupancy Evaluation). Porque la investigación debe hacerse tanto antes como después de construir los espacios.
Creo que esto tiene que ver con la responsabilidad de diseñar: no se puede empezar a dibujar sin haber entendido todo lo que rodea el proyecto —el entorno, los usuarios, las necesidades y lo que ya existe. Muchos arquitectos están acostumbrados a entender solo de forma superficial qué se necesita, distribuir los espacios, hacer un presupuesto de obra, poner cuatro maderas en la fachada y fotografiar el espacio terminado sin personas ni trastos molestos.
La directora socia de Ahead Barcelona Healthcare Architecture, Clara Rius.— ¿Existen espacios para la salud que sean hostiles?
— Hay muchos espacios hostiles, en general, y los espacios de salud también pueden serlo. Aquí la perspectiva cambia porque se trata de personas vulnerables: personas enfermas, personas que acompañan a alguien enfermo o personas que cuidan. La ventana de tolerancia de una persona enferma es completamente diferente a la de una persona sana; lo que ocurre en el entorno impacta de manera distinta en cada una. Un espacio puede ser hostil para cualquier persona, pero el impacto y las repercusiones sobre el bienestar y la salud de las personas vulnerables pueden ser mucho mayores.
“La luz natural y el contacto con la naturaleza deberían ser imprescindibles, casi como una cuestión de derechos humanos”
— En este campo, el diseño de espacios es menos un tema técnico y más un tema social.
— En cualquier caso, quienes diseñamos los espacios tenemos una responsabilidad enorme. Y, precisamente por eso, no es posible diseñar espacios hostiles para personas que no se encuentran bien de salud. El impacto puede ser inconsciente, aunque el cuerpo y la mente de las personas habitan esos espacios y se nutren de ellos.
Es una responsabilidad social: poner a la persona en el centro. Se habla mucho de ello, pero se hace poco. Es fundamental escuchar y ponerse en el lugar de los demás. En los espacios de salud no es fácil entender cómo se siente una persona que atraviesa un proceso oncológico o de salud mental si no lo has vivido de cerca. Por eso es importante ser humildes y escuchar sin juzgar.
— Aunque estas preocupaciones no sean tangibles, luego se tienen que convertir en una herramienta técnica para diseñar espacios.
— Y es aquí donde nos apoyamos en la ciencia. No existe un espacio ideal para todo el mundo, ni siquiera para una sola persona, así que el camino que seguimos es el de diseñar espacios que no hagan daño. Hoy sabemos qué elementos pueden perjudicar a las personas: las proporciones, los colores o la acústica. También sabemos que la luz natural y el contacto con la naturaleza deberían ser imprescindibles, casi como una cuestión de derechos humanos. Necesitamos la luz natural para vivir, igual que necesitamos el aire. Por eso debemos dejar de justificar determinadas decisiones: hay elementos que deben estar sí o sí.
El centro de día Meliana, diseñado por Ahead Barcelona Healthcare Architecture. © Milena Villalba— Para alguien ajeno a la arquitectura, ¿qué siente una persona en un espacio bien diseñado?
— Primero: puede que una persona no sienta nada, ya sea en un espacio agresivo o en un espacio de bienestar, en un momento determinado y de forma consciente. Pero, inconscientemente, todo entra a través de los sentidos hasta el cerebro, donde se procesa. El cuerpo y la mente lo saben. Puede ocurrir que tengas dolor de cabeza o que se remueva algo sin saber por qué cuando vuelves a ese lugar. O, al contrario, sentir que un espacio te da paz, tranquilidad, que estás a gusto o que te concentras mejor.
Para percibir cómo nos impacta un espacio, hay que detenerse y sentirlo. La parte visual es la que más se percibe, pero hay otros factores que activan y estimulan el resto de los sentidos. Juhani Pallasmaa, en Los ojos de la piel, evidencia que la arquitectura contemporánea se ha vuelto casi exclusivamente visual, cuando la experiencia es siempre corporal. Así que es fundamental aprender a cerrar los ojos para entender que tenemos otros sentidos, más allá de la vista, que son igualmente importantes.
“Cuando diseñas para los extremos (de edad, de movilidad o de visión), lo ‘medio’ funciona”
— Entonces, ¿qué ocurre cuando se diseña para el cuerpo entero?
— Buscamos siempre el bienestar de las personas. Y, por eso, lo primero es entender qué necesitan realmente. En el ámbito de la salud, las necesidades son diferentes: no son las mismas en un espacio pediátrico, oncológico o de salud mental. También hay que tener en cuenta a todos los usuarios: pacientes, profesionales, acompañantes e incluso transeúntes. Con esta información, se definen las herramientas de diseño: ¿qué colores y qué proporciones son adecuados? ¿Cómo se organizan los espacios y qué relación tienen con la luz? ¿Qué contacto hay con el exterior y con la naturaleza?
Es importante, además, diseñar espacios flexibles: aunque el usuario se generalice, cada persona es un mundo. Deben existir elementos que puedan personalizarse o moverse, como la luz o el mobiliario.
La nueva área quirúrgica de Oftalmología, reformada por Ahead Barcelona Healthcare Architecture.— Un usuario es un cuerpo genérico. ¿Qué ocurre cuando ese cuerpo genérico, el estándar, es masculino?— No debería ser así. En AHEAD entendemos a la persona como persona y, por eso, diseñamos pensando en los extremos: de edad, de movilidad o de visión, por ejemplo. Cuando diseñas para los extremos, lo “medio” funciona. Y hacerlo es complejo: implica pensar más. Estamos trabajando con entidades sociales de salud mental, un mundo que a menudo no se conoce. Son entidades que realizan una labor intensa y difícil con personas sin hogar, mujeres que han sufrido violencia o personas con trastornos de salud mental. Y ese trabajo no se ve, no aparece en las noticias. El foco, en definitiva, son los extremos.
En cuanto al estándar masculino, en arquitectura todavía se enseña a menudo así en la universidad. Nos basamos en las medidas del modulor de Le Corbusier, un sistema pensado a partir de un hombre de 1,83 m, con una antropología física muy concreta. Y esas características no representan a la población: hay un 52% de población femenina que, además, vive más años, hace más uso de los espacios de salud, como pacientes o acompañantes… Y además también es mayoritaria en muchos equipos sanitarios y residencias. Si hay algo que debemos hacer, es diseñar pensando en las mujeres. En definitiva, hay que superar estos modelos antiguos y, insisto, diseñar para los extremos.
“Lo más importante es no hacer daño, porque hemos normalizado diseños y proporciones que pueden ser nocivos o incluso maltratar”
— Sobre el espacio de debate dialogA: ¿por qué un estudio de arquitectura necesita un espacio de intercambio como este?
— Cuando creamos el departamento de investigación, nos dimos cuenta de que mucha información se quedaba dentro del estudio, así que decidimos compartirla. No se trata solo de difundir lo que sabemos, sino también de expresar lo que queremos y las inquietudes que tenemos. Optamos por hacerlo en forma de “círculo de conversación”, una metodología que permite un intercambio dinámico. Invitamos a personas de distintos ámbitos a conversar sobre un tema concreto, a partir de un documento previo elaborado y compartido por nosotros. La investigación se hace para mejorar la sociedad, así que hay que compartirla para poder avanzar. Hemos aprendido mucho sobre gestión, presupuestos, política y usuarios. También hemos aprendido a ser más conscientes de las distintas miradas y a no juzgar sin conocimiento.
El centro de día Meliana. © Ana Amado— ¿Qué deberíamos dejar de aceptar como normal en los espacios que habitamos y utilizamos?
— Hay aspectos biológicos esenciales para las personas, como la luz y el acceso a la naturaleza, que ni siquiera deberían necesitar justificación a la hora de diseñar. Creo que lo más importante es no hacer daño, porque hemos normalizado diseños y proporciones que pueden ser nocivos e incluso maltratan. También debemos dejar de aceptar el diseño pensado para una parte muy concreta de la población —la que llamamos “estándar”— y pasar a diseñar para los extremos. Se debe pensar más cuando se diseña para los extremos, este es el quid de la cuestión. No es un papel que se usa y se tira si no ha funcionado: son edificios que duran años.