Observa el humo saliendo de la taza de té negro, “mi actual vicio”. Las notas de Tomara, de Vinicius y Toquinho acompasan la atmósfera de media mañana y Dani Orviz sonríe. “Con los años, he alcanzado un equilibrio agradable entre una vida que se puede definir como normal, y otra que no es nada normal”. Entre las rutinas de un padre de familia y la explosión de palabras y gestos sobre escenarios de todo tipo. “Por fuera puedo parecer más bien tranquilo, pero mi cabeza está en constante movimiento”, advierte.
Crecido en un pueblo asturiano, en el seno de una familia de maestros “con una alta sensibilidad por todo lo artístico y cultural”, empezó a escribir cuentos y poemas ya de niño. Años después se marchó a Madrid, donde estudió Publicidad y Relaciones Públicas. “En aquel momento yo escribía, pese a que pensaba en hacer carrera en el ámbito del marketing”. Pero llegó el momento de dar el salto al mundo profesional, “y verme en una agencia de publicidad me hizo darme cuenta de que yo no quería aquello, ni entonces ni para mi futuro”. Pasaban demasiadas cosas en aquella cabeza y ninguna apuntaba hacia aquel mundo de talento al servicio del entorno corporativo. “Me puse a trabajar de cualquier cosa, como acomodador en un cine o maquetador de catálogos, que me permitieran estar despejado para escribir poesía”.
En 2007 recaló en Bukowski, “un club de micro abierto en el centro de Madrid”, a partir de donde se aficionó a la lectura en voz alta de sus versos, pero el momento en el que todo empezó a cambiar tuvo lugar dos años después, en el también madrileño Libertad 8. “Ahí descubrí la slam poetry, concursos de poesía escénica en los que los poetas competimos recitando nuestros versos ante el público, que actúa como jurado. Y aunque al principio no me acababa de convencer la parte competitiva, sí me sentí a gusto con este formato porque me permitía añadir una vertiente teatral a mi poesía”.
Caminos que se dejan abiertos
Cuando la slam poetry se cruzó en su vida en 2009, Dani Orviz vio que había ahí un futuro profesional. “La posibilidad no solo de abrir un camino, cosa que creo que he hecho sin pisar a nadie, sino de dejarlo abierto para todos los que puedan venir detrás”. Los siguientes años no paró, ni dentro ni fuera de su cabeza.Publicó poemarios como Muere sonriendo, Viejo caos Universal o La del medio de las Ketchup. Creó espectáculos como Mecánica planetaria o Massaslam, viajó a países. Este y oeste de Europa y, más adelante, Latinoamérica, “conociendo a gente que tiene tus mismas inquietudes de todo el mundo”. Fue consolidando su trayectoria, hasta 2012, el año del despegue.
“Aquel año gané el campeonato nacional y, poco después, el europeo de slam poetry que se celebraba en Amberes. Además, fue cuando me mudé a Barcelona, que tiene una manera de trabajar y funcionar a la que me adapté muy bien”. Sorbe un trago de té. “Un año después, en 2013, conseguí la medalla de bronce en la copa del mundo de slam poetry celebrada en París”, añade.
La cabeza sigue dando de sí. Los engranajes ruedan sin pausa y a sus espectáculos, actuaciones y formaciones, añade dos nuevos proyectos: “El primero es trabajar en el desarrollo de poesía para niños y el segundo, que es muy personal y no sé dónde me llevará, es un cómic en verso que explica el impacto que tuvo Crónicas Marcianas en nuestra idiosincrasia. Qué huella nos dejó aquel programa que, más que de telebasura, yo defino como de teleforraje: de contenido que llena, satura, pero ni nutre ni alimenta”.
Que, pese a todo, mantiene su carácter
“Mi Barcelona será siempre la literaria y la imaginaria, la que han glosado, pintado, actuado, vivido artistas, escritores y poetas. Una ciudad que, por otro lado, te puedes seguir encontrando cuando caminas por sus calles”. Afincado en L’Hospitalet, el poeta no ha dejado de amar aquella urbe a la que llegó hace ahora catorce años, y de la que se enamoró irremisiblemente una noche en que, con la que acabaría siendo su mujer, subieron al Tibidabo. “Estábamos al lado del parque de atracciones, ya cerrado, y ver desde aquel mirador cercano la ciudad desplegada a nuestros pies fue un momento mágico que procuro revivir siempre que puedo”.
Por supuesto, Barcelona no se libra “del proceso de homogeneización que afecta a tantas ciudades y que tan contraproducente me parece, pero creo que a pesar de todo consigue mantener su carácter”, razona, poniendo punto y final a su té negro.
--- Lo que no pierde ni un ápice de su carácter es la oferta gastronómica de este Bar. Se acerca la hora de comer y tal vez te pueda apetecer un menú, unas tapas o un bocata…
Los acordes de Valsa da Tunisia interpretados por Toquinho se cuelan por entre los ruidos de la cocina, ya en el apogeo de su trajín. Dani Orviz se lo piensa unos instantes antes de decantarse por unas tapas. “Y quizás un postre, que, aunque soy más bien de salado, tengo una creciente tendencia hacia el dulce”. Y vuelve a sonreír, según se le acercan sobre la barra los cubiertos y la servilleta.
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