A veces no recordamos un restaurante por lo que sirve, ni por la técnica, ni siquiera por el relato que lo envuelve. Hay lugares que se quedan en otra parte, más difícil de señalar. Sin darte cuenta, algo se ha movido por dentro. Al salir, las recetas ya no son las protagonistas. Lo es todo aquello que cuesta más decir: las decisiones que no tomamos, lo que dejamos atrás, el peso secreto de algunas palabras.
Una cosa así pasa en Kimchi Mama. El local coreano se esconde en un callejón de Hostafrancs, pequeño y discreto. Dentro, hay dibujos hechos a mano en las paredes, tarros de kimchi alineados con una paciencia doméstica, tapones de corcho para contener el eco y fotografías de visitantes que se han atrevido a fermentar con el equipo. En un rincón, la frase de una camiseta colgada recuerda que hay que vivir con intención.
Lo que atrapa no es solo el espacio familiar, ni esa atmósfera que parece revivir el Busan de hace una década. Lo que realmente engancha es la conversación con Jinho Shin y Kyoung-ae Kwo, la pareja detrás del proyecto, y su manera sutil de llevar el restaurante hacia otro lugar, más cerca del lenguaje que de la cocina. Esa intuición se confirma ya en la entrada, con una entrevista de Shin colgada en la pared. Cuando pregunto por qué, la respuesta llega breve, directa, como un verso libre: “Porque soy poeta”.
"Por casualidad o no, algunos platos del menú de Virens miran hacia Corea"La noche anterior había visto algo parecido desde otro ángulo. En Virens, Jimmy Millán y Gio Esteve compartían barra y trabajo en una propuesta donde recetas, memoria y materia parecían hablar un mismo idioma. El artista y el chef han empezado a organizar cenas mensuales en las que la cocina interpreta la trayectoria artística de Millán, que también firma la vajilla. Por casualidad o no, algunos platos del menú miran hacia Corea, como el fantástico guiso de garbanzos con anguila ahumada, oscuro y profundo.
La conversación con este tándem creativo deriva con facilidad hacia la creación y la necesidad de dar sentido a lo que hacemos. Millán habla de un punto rojo que aparece una y otra vez en sus obras. Para él, señala el instante en que se acaba el día y, al mismo tiempo, la posibilidad de empezar de nuevo. Después llegan la IA, la vigilancia constante, ese clima extraño, tan Black Mirror, que parece envolverlo todo. Y, sin embargo, al final, casi en voz baja, Millán deja caer una frase que queda suspendida en el aire: “No te preocupes. Hay refugios”.
"Le pregunto a Shin por sus poemas, pero me dice que hace años que no escribe, aunque tiene cinco libros y un best-seller en Corea"Al día siguiente, en Kimchi Mama, esta misma idea vuelve. Le pregunto a Shin por sus poemas, pero me dice que hace años que no escribe, aunque tiene cinco libros y un best-seller en Corea. “¿Por qué lo dejaste?”, le pregunto mientras remuevo el bibimbap con cierta torpeza. “Solo puedo escribir si estoy triste”, dice con una sonrisa inquietante. “Ahora tengo un restaurante y soy feliz. Ya no necesito hacer poesía”.
Eso me despierta aún más curiosidad por sus libros, pero me dice que nunca los ha traducido porque se perdería demasiado por el camino. Después se levanta, busca un papel en la pared y me hace un gesto para que me acerque. “Esto es un poema mío, en coreano. Mira aquí: está la traducción al castellano del título de mi obra más famosa”. Me adelanto imaginando algo sobre cerezos en flor o viento de montaña. Pero leo otra cosa: “Cuando se va al lavabo un amigo”.
No termino de entenderlo. Quizá no hace falta. Hay frases que no están hechas para resolverse, sino para quedarse un rato contigo y después desaparecer. No sé cuál es el amigo ni cuál es el lavabo, pero algo en esa combinación (una combinación que ninguna IA podría delirar) abre un espacio mínimo donde nada necesita encajar del todo. Y ahí, en ese margen, ocurre algo.
Salgo con un tarro de kimchi en la mano, probablemente el mejor kimchi de Barcelona, y con la sensación de haber estado en un lugar que no se deja explicar del todo. Pienso en Jimmy y en Gio, en ese punto rojo que marca finales y comienzos, y me los imagino cenando con Jinho, el poeta coreano que dejó de escribir porque era feliz. Quizá no hacen falta grandes certezas. A veces basta con saber que todavía hay espacios donde quedarse un rato. Lugares pequeños, discretos. Refugios.