Cuando el Ateneu cierra

Es Primero de Mayo y, por fortuna, mi vida no cambia mucho. Sólo detecto el signo del día festivo en cuestión cuando -de camino a Can Brunells, cruzando Via Laietana- una grosera turba nos molesta con una ensalada retumbosa de petardos. Sin embargo, detecto que los sindicalistas de este nuestro país cada día lucen mejores galas; como buenos catalanes, abanderan causas perdidas (de las que no tienen la más reputa idea) como la de Palestina; pero también portan la bandera de la tribu y saben entonar Els Segadors con suma competencia. También puedo certificar que han abandonado la doctrina marxista, puesto que hablan poco de la conciencia obrera y mucho sobre los problemas de vivienda de la antigua clase media. Somos un barrio que vive para venderse y la mayoría de establecimientos de Ciutat Vella están abiertos, con lo que puedo alejarme del ruido y abrazar el coixinet de jamón y queso, ligeramente templado, de mi pastelería favorita. 

Pero todo resulta una mera falsa alarma y, en breve tiempo, la manía enfermiza de hacer campana acaba haciendo su curso. Entre las mayores contrariedades de este Día del Trabajador, se encuentra el hecho de que el Ateneu Barcelonès cierre sus puertas. Detener la obra de una entidad cultural y de ocio tan importante como el Ateneu, y más aún cuando todo el mundo se jacta de una postura seseante, resulta una idea de consecuencias devastadoras, sólo equiparable a los días que mi entidad querida decide manchar su merecida reputación con absurdas jornadas de puertas abiertas. Las horas del día van pasando y, mientras uno deambula por el barrio, se encuentra con consocios de la entidad que —sin la posibilidad de huir de casa para leer o distraerse un rato en nuestro Jardín Romántico— guardan en su faz una mueca de espantosa indefensión. No sabemos a dónde ir, no tenemos ningún lugar que incite nuestros pensamientos; el Ateneu cierra y somos un grupo de náufragos.

Hoy ha chapado el Ateneu y ya sé que sus inteligentísimos trabajadores (los cuales tienen la santa paciencia de aguantar las manías horripilantes de la mayoría de nosotros, la masa social probablemente más llepafils de todo el Mediterráneo) me dirán que también tienen derecho a levantarse tarde o a casarse una paella. Los comprendo a la perfección, pero ellos también deben entender que nosotros no sabemos tomar el café en cualquier otro sitio que no sea la Docta Casa, y hoy nos han obligado a acudir a una serie de terrazas absurdas de nuestro barrio; y también deben comprender que los socios del ente no podemos leer en casa, pues llevamos lustros repasando Kierkegaard en el mismo pupitre de nuestra sacrosanta y gloriosa biblioteca, con lo que hoy se nos ha obligado a permanecer dentro del hogar y a quedarnos tiesos en el sofá con un libro entre las manos, como unos vulgares socialistas de aquellos que tienen las almohadas de casa rebosantes de babas…  

"Cuando el Ateneu cierra, se puede comprobar fácilmente, Ciutat Vella y toda la urbe se llena de auténticos zombis desvalidos"
Todo esto que digo no es fruto del capricho ni ninguna apología del privilegio. Por el contrario, es un ruego para que el Ateneu haga el favor de respetar la santa continuidad del vacío de nuestras vidas. Hoy ha sido un día de descanso, en efecto, pero también un tiempo perdido en el que no he podido viajar hasta el cajón donde guardo mis libros, mirar su extensa pila, y sacar alguno para que me aliñe el mediodía y me salve de tentaciones suicidas. Por si esto fuera poco, que el Ateneu cierre implica que he tenido que fumar en casa, tanto mi habano posterior al almuerzo como la mayoría de puritos que me casco cuando escribo esa vuestra Punyalada, con lo que hoy mi hogar parece infectado de la neblina de los pueblos desérticos de Ponent. Esto es una realidad tan espantosa que, si no es molestia, propongo a nuestra querida Junta Directiva que, de ahora en adelante, durante los días festivos incluso podamos venir al Ateneo a currar por turnos, con tal de abrir la casa. 

Cuando el Ateneu cierra, se puede comprobar fácilmente, Ciutat Vella y toda la urbe se llena de auténticos zombis desvalidos, de unos seres que —aunque dentro de la casa no se atreven ni a saludarse— cuando se cruzan por la calle en días festivos se regalan una mirada de compasión, dulce como el requesón y desdichada como una boda entre personas con ingresos dispares. Esta tragedia no puede tolerarse y habría que hacer algo porque, a estas alturas de la película, en el momento en que cualquier contingencia puede llegar a matarnos, días como el del Trabajador no nos hagan desperdiciar veinticuatro horas de una forma tan soberanamente estúpida. Esto parece un ruego baladí y caprichos, pero la vida sólo se trata de un sumatorio este tipo de peticiones leves, sin mucho sentido, tan inofensivas como todo aquello que pueda hacer un vulgar sindicalista... 

 

Sobre el autor

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Bernat Dedéu
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