¿Es posible perdonar a un monstruo? 'Ricard 111' llega a la Beckett

Quim Ávila es el protagonista de 'Ricard 111' en la Sala Beckett. ©Àgata Casanovas
Quim Ávila es el protagonista de 'Ricard 111' en la Sala Beckett. ©Àgata Casanovas

Quim Àvila firma uno de los mejores trabajos de su carrera en este monólogo que transita entre la compasión y la culpabilidad. Una propuesta que traslada la sombra de Ricard III a una prisión real.

14 de julio de 2026 a las 05:30h

Once años más tarde del estreno de Ricard de 3r en la antigua Sala Beckett de Gràcia, la compañía À Trois Teatre recupera el personaje de su historia para mostrarnos qué fue de él y cómo vive once años después en la cárcel donde sigue preso: se trata de Ricard 111. Esta propuesta puede verse en la renovada Sala Beckett de Poblenou, una institución que ha vuelto a apostar por esta compañía recuperando aquel primer éxito del 2015 y dándole la posibilidad de crear un díptico teatral en el que se puede ver la continuación de la historia de aquel joven Ricardo que, con tan solo 18 años, protagonizó una masacre. 

Ambas obras pueden verse de forma conjunta o de forma separada, pues son piezas independientes. Sin embargo, es recomendable ver las dos propuestas para, así, poder ver el trabajo que la compañía ha realizado y conocer, también, la historia y evolución del personaje que inspiró su historia. Porque sí: el personaje interpretado por Quim Àvila (en Ricard 111) y por Brandon Caritg (en Ricard de 3r) está inspirado en hechos reales. Es una persona que existió, que asesinó a sus padres, se puso a disparar a sus compañeros de colegio y fue encarcelado con una pena ejemplar: 111 años de prisión. 

La cárcel es el escenario de Ricard 111 

Gerard Guix firma esta producción que nos presenta al mismo personaje, pero once años más tarde. Ricard lleva ya once años en prisión, pero todavía le queda un siglo para cumplir su condena. Literalmente un siglo.

El motivo por el que la cía. À Trois Teatre decidió recuperar a este personaje es porque, el pasado año, cuando se cumplían los diez años de encarcelamiento, el condenado ofreció una entrevista. Fue la primera que concedía y, en ella, se abrió de par en par contando su día a día en la cárcel, el crimen que cometió, su enfermedad mental y sus reflexiones más profundas. Con este material de base, la cía. decidió recuperar a su personaje y mostrarlo al público ya en su adultez, un personaje rozando los treinta años, y con el enorme peso de su crimen sobre sus espaldas. 

En el escenario de la Sala de Dalt de la Beckett nos encontramos con el día a día de Ricard en la prisión. Con los pocos elementos de la acertada escenografía de Anna Alcubierre conseguimos conocer su rutina: dar la bienvenida a los presos más jóvenes, escuchar música, leer libros, hacer la colada, reparar electrodomésticos y jugar a baloncesto. Esa es su vida, a eso se reduce su existencia humana. Estas actividades le permiten continuar, no desistir, no rendirse y, por poco que sea, intentar ser feliz. Pero la sentencia pesa sobre él, le lapida, le dinamita. Es una condena que actúa como una sombra de sí mismo; por mucho que intente huir, distraerse, mirar hacia otro lado, la sombra sigue ahí, inamovible. 

La música tiene un peso muy importante en su día a día: le ayuda a no venirse abajo, a levantar el ánimo cuando los malos pensamientos aparecen, cuando las voces aparecen. Es la manera que tiene de inyectarse positividad, energía y no defallecer. Pero las voces están ahí. Él ha aprendido a convivir con ellas, a limitarlas, a silenciarlas, gracias a la terapia y, sobre todo, a la medicación. Así que cuando le reducen la dosis diaria por cortes presupuestarios, el miedo invade a Ricard: ¿será capaz de controlar a su monstruo?, ¿o volverá a cometer otro crimen atroz si su mente está liberada? El símbolo de la mariposa aparece en este momento: su mente puede volver a volar libre, a estar desatada y quién sabe a dónde le puede llevar. 

Escena de 'Ricard 111' en la Sala Beckett. ©Àgata Casanovas

¿Es posible el perdón? 

Ricard decide conceder una entrevista, la única que ha aceptado en todos estos años. No quiere ser referente de nadie, siempre se ha ocultado para que nadie le pusiera cara, nadie le convirtiera en símbolo de nadsa. Pero ahora está preparado para dar la cara y, quién sabe, quizás convertirse en un referente, pero de lo contrario: un referente del cambio, de la reinserción, de la posibilidad de curarse. Porque, tal y como él mismo dice, "Yo soy posible porque existo". Quiere mostrar que no es ese monstruo que crearon los medios de comunicación; simplemente, era un joven enfermo y no diagnosticado. Pero mató a sus padres. Mató a dos compañeros suyos. E hirió a 25 más. 

"Yo soy posible porque existo".

En esta dualidad es en la que se mueve la obra todo el rato: entre la compasión y la culpabilidad. Vemos a un chico con ganas de vivir, con energía, con entusiasmo por las pequeñas cosas; pero es un chico que no va salir de su encierro, que nunca va a ir a un concierto, que nunca va a volver a tener intimidad porque tiene las manos manchadas de sangre (un efecto que, por cierto, vemos en un momento muy sutil de la obra y que refleja esa barbarie que cometió con sus propias manos, las mismas que ahora usa para reparar electrodomésticos o leer un libro). 

El debate sobre si se merece esa condena o se merece el perdón es el que flota a lo largo del transcurso de la obra. Una duda que interpela directamente al público, ya que el texto no se decanta por ninguna opción, simplemente muestra el dilema y promueve que cada persona genere su propio discurso de manera interna. ¿Se puede perdonar?, ¿se puede rehabilitar una persona así?, ¿qué peso tiene realmente la salud mental en este tipo de crímenes?, ¿se merece una segunda oportunidad? 

Quim Àvila en uno de los mejores trabajos de su carrera

El monólogo protagonizado por Quim Àvila no decae en ningún momento. Y esto se debe, en parte, al impresionante trabajo que hace Àvila sobre el escenario. Su interpretación es muy comedida y refleja, en todo momento, esos sentimientos encontrados entre la esperanza por las segundas oportunidades y la resignación a vivir con culpa. La enfermedad mental que supuestamente tiene no es mencionada ni etiquetada en momento alguno y él tampoco se aferra a ella como expiación de culpa; solo la menciona, la destapa, para explicar (y explicarse) el motivo de su crimen. 

El tema de la salud mental se toca con más profundidad en la carta que escribe su hermana para el juicio. En ella, la chica explica de manera detallada que su hermano no es un monstruo ni jamás lo ha sido: su hermano es un enfermo y, cuando cometió los asesinatos, fue porque no estaba tratado. Una alegación que tampoco queda claro si es real y verídica o si es la manera que ha encontrado la hermana de poder vivir con el trauma y perdonar a su hermano. Porque, si no se aferra a esa idea, ¿qué le queda?, ¿convivir con la idea de que su hermano es un asesino? Es mucho más sencillo aceptar que está enfermo y, así, no quedarse absolutamente sola en el mundo. 

Àvila transita por todas las emociones: la positividad del inicio, el abatimiento, la culpa y con el miedo, sobre todo, con el miedo. Tiene auténtico terror a su propio monstruo. Cuando le reducen la dosis, está atemorizado por volver a encontrarse con esa parte de sí mismo de la que lleva huyendo once años. El terapeuta le ayuda a entender que, durante todo este tiempo, ya cuenta con herramientas para poder controlar sus impulsos, pero el miedo le invade por completo. 

La sombra de Ricardo III se siente en toda la obra 

El villano de Shakespeare, Ricardo III, está presente en la obra todo el tiempo. Su sombra acompaña al personaje de Ricard de manera sutil y con sentencias que son abrumadoras. Cuando se citan algunos de los pasajes de la obra shakespeariana, sentimos el peso de la propuesta que estamos viendo: encajan a la perfección, parecen reflexiones y pensamientos hechos a medida. 

Una reflexión sobre la posibilidad de redención, sobre la salud mental y sobre la culpa. ¿Culpable o no culpable? He ahí la cuestión. 

La lectura de pasajes de libros, con la selección musical, los momentos de silencio y los momentos de terapia le dan un ritmo muy ágil al montaje. Se trata de una propuesta muy dinámica que, más allá de la historia concreta de este Ricardo, quiere lanzar una reflexión sobre la posibilidad de redención, sobre la salud mental y sobre la culpa. ¿Culpable o no culpable? He ahí la cuestión. 

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