El clásico de Oscar Wilde llega a los escenarios de Barcelona de la mano de una Àngels Gonyalons inmensa que se mete en la piel de los protagonistas de El retrat de Dorian Gray. Marc Rosich, director y dramaturgo de la pieza, ha adaptado esta novela a su lenguaje particular: texto y música para crear una pieza de cámara que rebosa belleza, poesía y depravación.
Porque así es la literatura de Wilde. Un autor que cautivó a los lectores y lectoras del siglo XIX por la belleza de sus frases, por la intensidad de sus relatos y por la ferocidad de su mensaje. Una poética oscura, visceral y monstruosamente bella que Rosich ha sabido trasladar al escenario con una delicada puesta en escena que emociona y estremece a partes iguales.
Música, texto y coreografías para bucear en la oscuridad de Dorian Gray
El retrat de Dorian Gray no es un musical, pero tampoco es una obra de teatro de texto: estamos ante una propuesta diferente en la que la narración de la historia se funde con canciones, con música y con coreografías sencillas, pero impactantes. Esta fusión de géneros transcurre de una forma muy natural y orgánica; el texto se complementa perfectamente con la composición diseñada por Jordi Cornudella para conseguir que, la tétrica historia de Wilde, se torne en una pieza bella, intensa y poética.
Àngels Gonyalons es la encargada de acomparnos a este particular descenso a los infiernos en el alma de Gray. Y, para ello, interpreta a todos los personajes más destacados de la obra como el propio Dorian, el pintor Basil, el depravado Lord Henry y la enamorada Sibyl Vane. Pero Rosich ha incluido un nuevo personaje, el propio Oscar Wilde, que es el encargado de narrar la historia y de darnos la bienvenida con el prólogo que escribió para la segunda edición de la novela, un prólogo en el que se defendía de las feroces críticas recibidas por la falta de moralidad de su obra y en el que proclamaba su estética artística: el arte por el arte.
La escenografía cumple con esta premisa de Wilde y, en lugar de recrear la mansión de Dorian, Sebastià Brosa ha apostado por situarnos en un museo. Paredes blancas, suelo blanco, un espacio pulcro y un gran monolito, también blanco, donde está "expuesto" el retrato de Dorian. Pero, en realidad, el monolito está vacío: el espector es el encargado de rellenar ese cuadro con su propia imaginación. Esta es una de las apuestas que Rosich quiso hacer en la obra: no quería darlo todo mascado, quería impulsar a que fuera el público quien recreara la depravación y el desgaste del cuadro de Dorian.
Atreverse a ser uno mismo en un mundo cargado de influencers
Uno de los grandes temas que más se repiten sobre el escenario es la necesidad de encontrar nuestra auténtica esencia. En el siglo XIX ya imperaban las influencias en la sociedad, sobre todo relacionadas con el estatus o la clase social de las personas. En esta obra, es Lord Henry, un noble inglés, quién ejerce una gran influencia sobre el joven Dorian que, desde el primer momento en el que se conocen, se queda maravillado por su actitud, su porte y ese aire enigmático y atrapante que desprende (y que Gonyalons interpreta de manera brillante).
Si nos dejamos influenciar por alguien, perdemos parte de nuestra esencia: dejamos de ser nosotros para ser la sombra de otro, para repetir las ideas de otro, para hablar con la voz del otro. Nuestro "yo" se va desdibujando y empezamos a ser la copia falsa de otra persona. Y, esto, puedo llevarnos a la deriva, como bien la sucede a Dorian. Este tema me pareció especialmente interesante remarcarlo tanto en la propuesta del Romea porque, hoy en día, estamos plagados de influencers que nos dicen cómo vestir, qué comer, dónde ir, qué ver, qué pensar y, en definitiva, cómo vivir.
Si todos empezamos a replicar los mismos patrones, al final dejaremos de ser seres únicos y especiales, para ser todos copias de lo mismo. Y en el teatro del siglo XXI, lanzar este mensaje recuperando una obra del XIX me parece una forma muy sutil de defender la necesidad de la originalidad, la autenticidad y la individualidad de las personas.
Una puesta en escena delicada y cargada de belleza
La música en directo interpretada por la orquestra, el tono blanco del escenario, el vestuario de los personajes y la coreografía escénica hacen que la obra rebose belleza. Está todo diseñado al milímetro: los movimientos por el espacio, la interacción con el coro interpretado por Jordi Vidal, Pau Oliver y Pol Blancafort, las canciones y la energía de la actuación. El resultado es una propuesta pulcra y muy elegante.
Hay una escena que se merece mención aparte por la intensidad y contención que muestra: la escena en la que se detalla cómo Henry manipula a Dorian. Para reflejar los hilos que el Lord emplea sobre el joven, la violinista de la orquestra se carea con el propio Henry y, entre los dos, detallan cómo funciona el mecanismo de la manipulación. Es un dúo con música y canto que equipara el alma humana como la melodía de un violín que el músico puede manipular a su antojo. Una escena que estremece y que condensa una fuerza magnética.
El magnetismo de Gonyalons y la comicidad del coro
Àngels Gonyalons demuestra que es una actriz con muchos registros y que, tanto da si tiene que encarnar a un pintor humilde, a un Lord pedante o a un joven depravado: con ligeros movimientos corporales, sutiles cambios de tono, sabemos en todo momento a quién tenemos delante. Además, los momentos musicales son muy orgánicos, consiguen explicar la trama, y las escenas mas sórdidas con muy buen gusto. De hecho, todo el descenso a los infiernos, a la depravación de Dorian, está diseñado de una manera muy sutil: entendemos el tipo de placer que busca, el desgaste moral que está viviendo el personaje, pero sin entrar en detalles escabrosos o escenas demasiado explícitas.
Aunque el peso de la obra recae mayoritariamente en Gonyalons, la actriz no está sola. En el escenario se encuentran los tres hombres del coro que aportan dinamismo a la pieza, comicidad y acompañan a Àngels, haciéndola brillar aún mas. Es cierto que algunas coreografías no quedan limpias (porque no son bailarines y esto hace que algunos movimientos más próximos a la danza quedan forzados y se vean un poco torpes en escena); pero, en conjunto, el coro funciona muy bien compartiendo protagonismo con Gonyalons y le da un toque humorístico y más distendido.
El monstruo interior
Otro de los puntos más interesantes que se plantean en El retrat de Dorian Gray es la mención a nuestro monstruo interior, esa oscuridad que vive dentro de nosotros y a la que tememos y deseamos a partes iguales. Lord Henry, un hedonista de manual, anima a Dorian a que se atreva a mirar cara a cara a su monstruo, que no le tema, que no se avergüence de él. El monstruo está ahí e, ignorarlo, sería como ser deshonesto con uno mismo.
En este sentido, nos encontramos con otra de las escenas más delicadas y potentes del montaje: cuando Dorian se mira al espejo y mira a su retrato al mismo tiempo. Una escena que se lleva a cabo con un juego de sombras y en el que el protagonista, desatado por su depravación, se regodea en su oscuridad. No la teme, no le asusta, más bien al contrario: le gusta ver cómo ha vencido al paso del tiempo, cómo su belleza se mantiene intacta, mientras es el cuadro el encargado de deteriorarse y sumirse en la más profunda fealdad. Una fealdad que tiene doble sentido: la del paso del tiempo, pero, ante todo, la de la depravación del alma.
El retrat de Dorian Gray de Marc Rosich es poesía hecha teatro. Belleza, música y monstruos conviven en el escenario para recuperar este clásico y hacer que el público se marche a casa con una pregunta: "¿Cómo sería mi retrato?". La platea del Teatre Romea acabó toda en pie aplaudiendo y vitoreando esta propuesta que, sin duda, es una de las grandes del Grec 2026.
