Cuando pensamos en una carretera, pensamos en el paisaje que se ve borroso a través de la ventana, la música que nos acompaña en los viajes, la aventura y la libertad que se respira a cada kilómetro recorrido. Y, tal y como dice Carlota Subirós, todas estas figuras están "emparejadas con una especie de extraño nihilismo que hace que nada tenga sentido, excepto el propio ir adelante".
La Ruta llega a los 15 años y, para celebrarlo, han estrenado en el Teatre Akadèmia una obra titulada de manera homónima, una obra que nos sitúa en medio de una ruta que, ahora, se ha vuelto completamente inútil: una carretera que lleva a una cantera abandonada. Y en este camino de extrañeza y pausa forzada es donde se encuentran los tres personajes de esta propuesta escrita por Lluïsa Cunillé. La dramaturga escribió esta obra de forma especial para la compañía en el año 2019, pero ha sido ahora, a raíz del 15º aniversario, que La Ruta ha querido ponerla sobre la escena.
Un pueblo, una casa y una carretera que no lleva a ninguna parte
Nos encontramos en el interior de una casa de pueblo. Dos hombres están tomando una copa mientras hablan de cualquier cosa. La atmósfera es extraña: aunque la imagen parece muy cotidiana y natural, lo cierto es que el ambiente que se respira no es nada cotidiano ni natural. Algo pasa, pero no sabemos qué es. Dos hombres que parecen parados en la vida, sin ningún objetivo claro, sin prisa, sin explicación. Dos hombres que comparten unas semanas en aquella casa, pero que no sabemos muy bien qué relación les une y por qué existe esta sensación de extrañeza todo el tiempo.
Entonces, estalla una información: Eduard (Albert Prat), el hijo del propietario de la casa, ha recibido una amenaza de muerte y por eso ha querido aislarse en el pueblo. Pero no quería ir solo y, por eso, le ha pedido a Carles (Sergi Torrecilla) que lo acompañara, a pesar de no tener una relación ni muy cercana ni muy amistosa. Carles, sin embargo, decide acompañarlo en esta peculiar escapada a la naturaleza. Entra un tercer personaje en discordia, Víctor (Alberto Díaz), un hombre que vive en el pueblo, que conoce ligeramente a la familia y que está buscando trabajo porque, desde que cerró la cantera, no tiene empleo fijo. Los tres son los protagonistas de La Ruta, una obra que nos presenta a personajes que se buscan a sí mismos en un pueblo inhóspito y desolador.
Un ambiente inquietante y lleno de tensión
La dirección de Carlota Subirós ha apostado por crear un espacio donde la extrañeza es el principal protagonista. No sabemos con certeza qué es lo que pasa, pero sabemos que pasa algo. La relación entre los tres personajes es incómoda, como entrecortada, una relación que se mueve en otro plano que poco tiene que ver con el mundo real. Este universo de recuerdos del pasado y de la incertidumbre del futuro es lo que capta toda la obra y rodea a los personajes en todo momento.
El espacio escénico creado por Bibiana Puigdefàbregas está muy bien trabajado. La casa, a pesar de demostrar esa esencia de pueblo, tiene un contrapunto diferente con unos cuadros con toques vanguardistas y unos colores en las paredes que potencian este embrollo donde se encuentran los personajes: una pintura de diferentes colores que se mezclan, se funden y crean texturas irregulares e inestables. Como los personajes que vemos sobre escena.
Silencio y quietud para una obra que confunde
Sabemos que Lluïsa Cunillé apuesta por obras donde los silencios dicen más que las palabras, donde el subtexto tiene más peso que el texto y donde el mensaje se entrelínea de la acción de los personajes. No es una dramaturga literal y, eso, queda patente en esta propuesta. Pero, en esta ocasión, ha pecado demasiado de esta escritura enigmática y ha creado una historia que crea demasiadas preguntas sin respuesta. A lo largo de toda la trama asistimos a aperturas de muchas incógnitas: quiénes son, qué hacen, qué les pasa, por qué actúan como actúan..., preguntas que no quedan resueltas en ningún momento. El espectador debe prepararse para, al terminar la obra, dotarle el sentido que quiera o haya recibido; el problema es que el mensaje es difuso y está demasiado escondido.
Carlota Subirós defiende el texto de Cunillé de la siguiente manera:
"La ruta" es un texto que no resuelve muchos de los enigmas que plantea. La escritura de Cunillé consigue una vez más ser a la vez extraordinariamente nítida y extraordinariamente evasiva. Nos corresponde a nosotros, como lectoras o espectadores de la pieza, intuir qué late detrás de las palabras, en el aire de los silencios, en el brillo de las miradas. Y, si lo hacemos, seguramente llegaremos a entrever y reconocer algunas de nuestras experiencias más íntimas y universales, tratadas con una singular mezcla de fuerza y delicadeza.
No obstante, esta intención final de encontrar nuestras experiencias más íntimas y universales, no se ve sobre el escenario. Entiendo que la voluntad de la propuesta era dejar hablar más a los silencios que al texto, que el peso del drama fuera más importante que la propia acción, pero creo que ha sido un experimento fallido. La sensación al acabar la obra es de extrañeza máxima y no saber muy bien qué has visto.
Personajes enigmáticos
La voluntad que hay por parte del equipo técnico de crear esta fuerza metafórica hace que desde la dirección de actores se haya apostado por unas interpretaciones que se mueven en un terreno un tanto ambiguo. Cuesta creer que los diálogos que se nos presentan puedan ser reales en la vida, que las relaciones que se proyectan puedan realmente suceder. Esto debilita la verosimiltud y hace que las escenas resulten un poco frías y distantes.
No obstante, el equipo de actores defiende con solvencia el texto y los personajes. La atmósfera de misterio y quietud está presente en todo momento, y la tensión latente entre los personajes se hace evidente tanto en las palabras como en los gestos. Ahora bien, todas las expectativas que la obra va construyendo acaban resolviéndose en un cierto anticlímax.
En la sinopsis de la obra nos dicen que, los protagonistas, están "atravesados por silencios, enigmas, heridas y dudas universales, mientras el tiempo avanza y les obliga a enfrentarse a una pregunta esencial: ¿qué camino he hecho hasta ahora, y cuál me queda por recorrer?". Pero, ciertamente, en ningún momento de la propuesta se ven estas "dudas universales", ni mucho menos que la pregunta que se hagan sea qué camino les queda por recorrer. El único personaje al que le podemos encontrar un poco esta intención dramática es a Eduard, pero los otros dos personajes pasan totalmente desapercibidos y atrapados por el ambiente de extrañeza que envuelve toda la obra.
Entiendo que la intención que tenía el equipo artístico era crear una obra llena de intenciones ocultas, de enigmas universales y de evasiones llenas de sentido. Pero, el resultado que se ve en el escenario, no cumple esta intención. Nos encontramos con una obra que tiene un ritmo muy plano, unos personajes que bien podrían ser el mismo, unas interpretaciones forzadas y una historia que, de tantos enigmas que tiene, acaba por ser un enigma en sí misma.
La Ruta es una de las compañías más queridas y aclamadas de nuestro teatro. A sus espaldas, acumulan obras muy exitosas como El llarg dinar de Nadal de Thornton Wilder o Cúbit, de Josep Maria Miró. En esta ocasión, la propuesta creada por Lluïsa Cunillé sigue las riendas de su estilo: proyectar preguntas, apostar por el silencio y desconcertar al público. Un teatro singular, muy particular y que siempre genera debate. Esta vez tampoco ha sido una excepción.
