En la masía familiar, Climent está terminal. Sus dos hijos están velando al enfermo esperando el desenlace fatal; mientras llega, el padre se comunica con sus hijos mediante una campanilla que hace sonar cada vez que necesita algo.
Afuera, la lluvia y el frío lo ocupan todo. La masía empieza a quedar aislada tras un temporal que no se sabe cuándo acabará. En este ambiente tan inquietante, llaman a la puerta: es la médica del CAP (Anna Sahun) que viene a visitar al enfermo. Sube a visitarlo y, cuando baja de nuevo, anuncia que el padre acaba de morir. Pero el sonido de la campanilla romperá este ambiente de duelo y calma, para adentrarnos en un ambiente mucho más oscuro, tenebroso y lúgubre. ¿Quién ha hecho sonar la campana? ¿Y cómo?
Un guion exquisito, lleno de giros y donde todas las piezas encajan
A partir de aquí, asistimos a un guion exquisito, donde cada pieza encaja con una precisión milimétrica. A diferencia de otras comedias de giros, aquí todas las incógnitas se resuelven de manera orgánica. La obra no deja cabos sueltos.
Además, el texto sorprende constantemente al público con revelaciones que cambian la percepción de los personajes cada diez minutos. El ritmo es trepidante; la energía no decae nunca y la sensación de "¿qué pasará ahora?" se mantiene hasta el último segundo.
Interpretaciones: El triunfo de la naturalidad
Detrás de esta maquinaria de giros, encontramos un elenco fantástico que sabe navegar entre el escepticismo pragmático y la fe más ciega. Los personajes están dibujados con una naturalidad abrumadora: no caen en la caricatura ni en el grito fácil, un error común en el género de terror/comedia.
Ernest (Pau Carrió), Sandra (Mar Ulldemolins), Miki (Marc Rodríguez) y la médica (Anna Sahun) somos todos nosotros. Podemos reconocer nuestras propias manías y miedos en sus reacciones. Este equilibrio interpretativo permite que, a pesar de la locura de la situación, la historia tenga un peso dramático real. Además, también hay espacio para el arco de los personajes; los vemos evolucionar, debatir y enfrentarse a traumas familiares mientras miran de reojo si la puerta de al lado se abre sola.
Humor actual y miedo inteligente
El humor de La Presència es fresco, actual y, sobre todo, muy original. No busca el gag gratuito, sino que nace de la situación límite y de cómo la mentalidad de "ciudad" se enfrenta a lo imprevisible. Reírse de nuestros miedos es un ejercicio catártico, y aquí se hace con una inteligencia brillante. Mediante el misterio y los hechos sobrenaturales, asistimos a las verdades escondidas de una familia que tiene más secretos de lo que parecía.
La Presència es una comedia imprescindible. Una obra redonda que demuestra que se puede hacer teatro comercial de gran calidad, uniendo un ritmo cinematográfico con profundidad humana. De verdad: ¡no os la perdáis!
