El Firmament: doce mujeres, un crimen y una decisión límite

"El Firmament" llega al TNC como un grito de guerra necesario. Un duelo interpretativo de primer nivel y una puesta en escena que conecta el pasado con el presente para hablar de la libertad de las mujeres y de la fuerza que tienen cuando deciden tomar la palabra.

(Redactora)
11 de mayo de 2026
El Firmament es una de las obras que marcarán la temporada teatral de este 2026. La pieza de la dramaturga británica Lucy Kirkwood puede verse en la Sala Petita del Teatre Nacional de Catalunya hasta el próximo 14 de junio. Más que un drama de época, el espectáculo es un espejo. Gara Roda consigue que nos olvidemos de 1759 para hablarnos de tú a tú sobre el poder, el miedo y lo que realmente significa que un grupo de mujeres tome, por fin, la palabra.El gran acierto de la directora es haber conseguido que una obra extranjera nos resulte completamente nuestra. Además, las palabras y los conflictos nos tocan tan de cerca que la distancia con el siglo XVIII desaparece en el primer minuto.

Doce mujeres en una olla a presión

El argumento de El Firmament nos sitúa en un momento muy concreto: el regreso del cometa Halley. Pero mientras los hombres miran al firmamento buscando respuestas científicas, en la tierra se está juzgando a una mujer. Sança Ponsa, una joven acusada de un asesinato brutal, ha sido condenada a muerte. Lo único que puede aplazar la ejecución es su afirmación de estar embarazada. Para resolver el dilema, el juez convoca a un jurado popular formado exclusivamente por doce mujeres del pueblo, encargadas de examinar el cuerpo de la acusada y dictaminar si hay vida o no.El espectáculo nos encierra con ellas en la sala de reuniones. Es en ese espacio donde las doce mujeres deben hablar, discutir y acabar decidiendo si Sança vivirá o morirá. Estas mujeres, que representan todas las edades de la vida (de los 9 a los 83 años), han pasado toda su existencia siendo invisibles, relegadas a las tareas domésticas y definidas por su vínculo con los hombres. Ahora, de repente, tienen el poder de decidir sobre la vida y la muerte. Es ahí donde Kirkwood nos pone frente al espejo: ¿realmente sabemos decidir entre todos? Y, lo que es más importante, ¿somos capaces de ayudarnos entre mujeres cuando el sistema nos presiona?

Un reparto coral

Uno de los puntos fuertes de la obra es su reparto. Las trece actrices mantienen un gran nivel de energía durante toda la función, y eso hace que el espectador no pueda apartar la mirada. Cada personaje está construido con una personalidad y un trauma propios, alejándose así del cliché de la “voz femenina única”.

En medio de este despliegue, merece una mención especial el trabajo de Sílvia Abril. La actriz, a menudo encasillada en la comedia, demuestra aquí una enorme versatilidad dramática. Su papel de comadrona, la voz de la sensatez que arrastra el peso de miles de partos y duelos, está interpretado con una contención y una verdad que conmueven. Abril borda el personaje y le da una profundidad dolorosa y auténtica.

Frente a ella, Anna Castells interpreta a Sança Ponsa con una ferocidad física y emocional impresionante. Esta “mala mujer” no busca redención ni perdón; busca la verdad, y lo hace con una rabia que atraviesa el escenario. La química entre ambas es el gran motor de la obra.

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Un aquelarre de brujas sabias e imperfectas

La obra nos presenta una sociedad en la que las mujeres se definen como “mujer de…” o “madre de…”. Pero cuando la puerta del juzgado se cierra, esas etiquetas se diluyen. Lucy Kirkwood trabaja la idea de la sororidad desde un punto de vista nada idealizado: hay reproches, hay miedo al “qué dirán” y también envidias. Pero, al final, deciden dejar de competir para comprender que todas están en el mismo lado de la historia.

Es un aquelarre de brujas sabias e imperfectas que se abrazan para defender la vida desde una ética humana y femenina.

Silvia Abril en "El Firmament" - © David Ruano

De la tradición a la rave: el momento Mecano

La dirección de Gara Roda es visualmente impactante. La escenografía de Laura Clos y el vestuario de Cristina Fernández, con una paleta simbólica que juega con el blanco, el negro y el rojo, crean imágenes de una enorme fuerza poética. El inicio de la obra es una coreografía de movimientos perfectamente ensayados que ya marca el tono de lo que vendrá: una transición milimétrica entre el trabajo de limpiar sábanas y el juicio.

Pero el momento que define la modernidad del montaje es la versión de No es serio este cementerio de Mecano. La composición de Andrea Mir arranca con una solemnidad clásica que se ve interrumpida de forma inesperada por una versión completamente actualizada. La escena acaba derivando en una rave al más puro estilo de Rosalía, y el resultado es un acierto total.

Escena de la versión de Mecano en "El Firmament" - © David Ruano

El paso del cometa y el peso de nuestras acciones

Las referencias al cometa Halley otorgan a la historia una dimensión universal y existencial. Se nos recuerda que los seres humanos somos efímeros, insignificantes ante la magnitud del cosmos. Y precisamente porque somos efímeros, la obra nos interpela sobre nuestro legado. Como un cometa que deja una estela en el cielo, nuestras acciones deberían servir para hacer avanzar a quienes vendrán después.

“¿Qué pensarán las mujeres del futuro de nuestros espíritus frágiles cuando el cometa vuelva a aparecer en 2061?”, plantea la obra. Es una reflexión que nos alcanza a todos y que nos hace salir del teatro pensando en cómo nuestras decisiones individuales acaban teniendo un peso en el futuro colectivo.

Escena coral de "El Firmament". © David Ruano

La identidad de la palabra

El éxito de esta adaptación también reside en el lenguaje. Lucy Kirkwood escribió el original con un rico matiz dialectal de la Inglaterra rural de 1759. El reto de Gara Roda no era solo traducir, sino encontrar el “color” de aquellas palabras dentro de nuestro propio imaginario. La decisión de trasladar la acción a una geografía catalana (con el permiso de la autora) permite que el texto nos resulte mucho más cercano y reconocible.

La directora ha buscado los equivalentes emocionales de aquella forma antigua de hablar, recuperando palabras y giros idiomáticos que nos transportan a una Cataluña rural, donde la vida es dura y la gente mantiene los pies en la tierra. Nos sitúa frente a una realidad campesina, seca y contundente, en la que cada palabra tiene un peso que se clava en el estómago. Ese rigor lingüístico es la base sobre la que se sostiene la verdad de todo el espectáculo.

El teatro que sacude de verdad

El Firmament es una propuesta imprescindible que pone en valor la voz de la feminidad en un espacio de poder. Un montaje que respira arte, belleza y una sinceridad arrolladora. Estamos ante una obra con mayúsculas que demuestra que las historias del pasado son, muchas veces, el mejor espejo para entender nuestro presente.

Sobre el autor

Elia Tabuenca
Elia Tabuenca

Redactora

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