'André y Dorine' o cuando el amor es nuestra única arma

'André y Dorine' es el primer espectáculo de la Trilogía Kulunka en el Condal ©Svend Andersen
'André y Dorine' es el primer espectáculo de la Trilogía Kulunka en el Condal ©Svend Andersen

La enfermedad llama a la puerta de la casa de 'André y Dorine' y la pareja solo tiene una manera de combartirla: con amor, ternura y paciencia.

11 de julio de 2026 a las 05:30h

Kulunka Teatro aterriza, un año más, en el Grec Barcelona para recuperar una de sus obras más aclamadas: André y Dorine. Se trata de la primera de las obras que el Teatre Condal acoge de la trilogía que la compañía presentará en las próximas semanas: Solitudes y Forever. Con estos tres espectáculos programados, la productora Focus quiere acercarnos al universo creativo y artístico de esta compañía vasca que ofrece un teatro con máscaras y sin palabras. 

André y Dorine es un espectáculo que nos cuenta la historia de amor de una pareja que viaja del presente al pasado. El presente nos sitúa en la casa de dos ancianos que conviven con la sombra de una enfermedad incipiente: el Alzhéimer; el pasado nos muestra cómo se forjó esa historia de amor entre una violoncelista y un escritor en los años 70.

Sin mediar palabra alguna, el espectáculo nos sumerge en una historia cargada de ritmo, de vivencias y de expresividad mediante el uso de máscaras. No vemos el rostro de los actores, no escuchamos texto, pero nos vemos inmersos en un viaje emocional donde el amor lo ocupa todo. 

Kulunka Teatro vuelve con una de sus obras más premiadas 

Garbiñe Insausti, José Dault, Iñaki Rikarte, Rolando San Marín y Edu Cármaco son los dramaturgos de esta propuesta de teatro gestual, que cuenta con un diseño de máscaras de  la mano de Garbiñe Insaust.

Desde que André y Dorine se estrenó en octubre del 2010, ha ganado una gran cantidad de premios y reconocimientos como el Premio a la excelencia de la Fundación Premios Arte Internacional de Nueva York (2022) o el Premio a la mejor dramaturgia del Be Festival de Birmingham 2011, entre otros. Se trata de la primera obra creada por la compañía Kulunka Teatro que se fundó en Hernani en el 2010 con Garbiñe Insausti y José Dault, dos actores formados en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. 

El objetivo de la creación de la compañía era encontrar otros lenguajes escénicos que fueran accesibles para todo tipo de público y que, además, estuvieran comprometidos con la realidad. Durante su trayectoria, la compañía ha acabado convirtiéndose en una de las más aclamadas, tanto a nivel nacional, como internacional; de hecho, han actuado en más de 30 países del mundo y acumulan 1000 funciones. 

El amor como lenguaje universal 

Kulunka Teatro nos presenta una obra que habla del amor en su máximo apogeo. Del amor y de la ternura. Y lo hace sin hablar, sin expresión facial; únicamente con una exquisita selección de escenas y de vivencias que relatan el mensaje que quieren mostrar. Las máscaras creadas por Garbiñe Insaust contienen toda la expresividad que la obra necesita: máscaras que son capaces de reflejar drama, sorpresa, comedia e, incluso, ironía.  

André y Dorine es una historia de amor que nos invita a viajar al pasado. Con sutiles cambios de peluca y de vestuario, conocemos a la pareja de jóvenes cuando se conocieron, cuando se enamoraron, cuando decidieron unir sus vidas. Pero también les vemos ahora, en el presente, la pareja instaurada en la vejez y en el inicio del declive de la mente. Al principio, solo vemos algunos detalles, gestos olvidadizos, pequeñas manías, despistes que se pueden aquejar a la edad.

Pero, entonces, la enfermedad aparece en una escena muy concreta y que engloba su horror: Dorine, sentada en su butaca con el violonchelo en mano, quiere empezar a tocar un tema, pero se olvida de cómo hacerlo; no sabe qué hacer con las manos, no recuerda cómo se debe frotar el instrumento para que produzca música. Y el terror invade su cuerpo. El Alzhéimer ya ha llegado. 

"André y Dorine" vuelve a Barcelona en el marco del Grec 2026 ©Aitor Matauco 

La tragicomedia de la vida 

André, el marido, empieza a ver ese monstruo que está invadiendo a su mujer, así que emplea la única arma que tiene: el amor. A base de cariño, ternura y paciencia, mucha paciencia, se convierte en el cuidador de esa mujer que empieza a borrarse del mundo. Y, en las escenas de los cuidados, nos encontramos con otro de los ingredientes que hacen que esta obra sea tan bella: el humor. Porque la vida es tragedia, pero también es comedia; vivimos en una tragicomedia en la que reímos, lloramos, nos abrazamos y nos gritamos. Y todo eso lo vemos en escena, con algunos momentos humorísticos muy sutiles, pero muy bien elaborados, que contribuyen a explicar la trama. 

Es el caso de la escena de los calcetines: Dorine no recuerda cómo se usan los calcetines y termina poniéndoselos en las manos, a modo de guantes. Aquí se trabaja muy bien el humor, ya que se crea un momento absurdo, divertido y surrealista, como si Dorine se hubiera convertido en una niña y no supiera muy bien cómo va esto de vivir. Pero rápidamente pasamos del humor a la tragedia porque la enfermedad duele y, sobre todo, duele a los que acompañan. De hecho, esta es una de las aportaciones más interesantes de la obra, y es que no solo se nos muestra el declive de la enferma, sino que se perfila muy bien el sufrimiento del cuidador. Ella, al final, se está desvaneciendo del mundo y su mente ausente la protege del dolor y del sufrimiento; pero él está ahí, al pie del cañón, siendo testigo silencioso de la muerte de su mujer.

La escena del calcetín evoluciona a una escena brutalmente dolorosa en la que André, desesperado y harto, acaba empujando a Dorine. Porque no sabe qué hacer, no sabe cómo cuidarla sin romperse, no sabe cómo luchar contra esa enfermedad que está arrasando con su vida. Mostrar esa dualidad del que cuida, esos sentimientos que se mueven entre al amor y el hastío, es una de las grandes aportaciones de la propuesta. 

Una dramaturgia gestual, no textual 

En la hora y media que dura el espectáculo, no se pronuncia ni una sola palabra. Pero no hace falta. Estamos ante una propuesta que cuenta con una dramaturgia muy bien hilvanada, que nos permite conocer una historia de amor de inicio a final, pero en la que no hay guion textual. Todo el peso de la dramaturgia recae en la brillante selección de las escenas: nos presentan la vida de esta pareja mediante escenas breves y concisas que ayudan a dibujar su historia. Los tempos están muy bien trabajados, ya que los momentos de mayor intensidad dramática se rebajan con momentos más amables, en los que la juventud y el enamoramientos hace sonreír a la platea. 

Pese hablar de algo tan doloroso como la enfermedad, los detalles que vemos en el escenario son sencillos, sutiles. En ningún momento se regodean en las emociones más intensas: ni en el drama, ni en la comedia. Se presenta una obra natural. Uno de los recursos dramáticos más significativos y que ayudan, precisamente, a expresar mejor las emociones es la mirada directa al público. Los actores, con las máscaras puestas, nos miran directamente, nos interpelan, para que ese momento de tristeza, extrañeza o humor nos llegue mejor. Y lo consiguen con creces. 

Madre, padre e hijo de 'André y Dorine' ©Svend Andersen 

La escena del primer encuentro amoroso entre la pareja es una de las más simpáticas de la obra porque, sin mediar palabra, podemos intuir la timidez de ambos personajes, esos primeros momentos del enamoramiento en los que el cuerpo habla todo lo que tú callas. Las escenas de sexo son muy complicadas en el teatro: o se pasan de explicitas o se quedan cortas. Pero en André y Dorine se opta por un recurso divertido y tierno, un recurso que hace referencia a esa parte infantil y aniñada que se muestra cuando el amor azota nuestras vidas. 

Pero la escena más arrebatadora y emotiva la encontramos en el momento del abrazo, el momento de despedida. El Alzhéimer es una enfermedad que te borra del mundo, que te transforma en alguien diferente, que te aleja de tus seres queridos. Pero con ese gesto del abrazo se nos comunica un reencuentro: con su pareja, pero también con ella misma. Es un canto a la vida y al amor, pero también a la resignación de que todo se acaba. Y, para despedirnos, no hay nada mejor que hacerlo con un gran abrazo. 

La escena del abrazo. ©Svend Andersen 

André y Dorine es una obra que se mueve entre la belleza, la poesía y la humanidad. Con actores ataviados bajo máscaras muy bien diseñadas y sin pronunciar palabra, se nos cuenta una historia preciosa, sencilla y muy tierna en la que el amor lo ocupa todo. 

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