Comunicar como Juan Tamariz

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26 de agosto de 2026 a las 05:30h

Fue en 2019, en el Teatro Tívoli de Barcelona, la última vez que vi a al mago Juan Tamariz en la ciudad. Volví a verlo a principios de 2020, ya por última vez, en Sant Cugat del Vallès. Siempre me ha gustado Tamariz. He aprendido muchísimo leyendo sus libros, y hablo tanto de sus ideas que la gente ya me las asocia a mí. Desde su muerte, el pasado 18 de agosto, me ha sorprendido la cantidad de gente que me ha escrito para decirme: “He visto que ha fallecido Tamariz y me he acordado de ese libro del que siempre hablas”. ¿Qué libro? Ahora te lo cuento. 

Cuando me inicié en el mundo de la magia, con 14 años, no me preocupaba solo de que mis juegos fueran buenos, sino también de cómo comunicarlos de la mejor manera posible. Fue entonces cuando descubrí Los cinco puntos mágicos, de Juan Tamariz. 

Soy un ávido lector de temas muy diversos, pero este es el único libro sobre comunicación u oratoria que ha dejado huella en mí. Cuando alguien me dice, después de una de mis formaciones sobre cómo aprender, “eres un buen comunicador”, siempre respondo lo mismo: es por ese libro. De hecho, cuando fundé una academia universitaria con 18 años, formé a todos los nuevos profesores en comunicación basándome en sus ideas. 

Hoy quiero compartir contigo algunas de las cosas que aprendí de él. Tamariz decía que un mago tiene cinco puntos mágicos para comunicarse: los ojos, la voz, las manos, el cuerpo y los pies. 

1. Los ojos 

Esta es probablemente la imagen del libro que más recuerdo. Tamariz hablaba de crear hilos imaginarios  entre tus ojos y los ojos de cada espectador. La idea era no mirar a la sala como un conjunto, sino conectar con personas concretas, una a una, y mantener esos hilos. 

Los cinco puntos mágicos según Juan Tamariz.

Cuando das una formación puedes pasarte horas mirando hacia delante y, sin embargo, no haber mirado realmente a nadie. Yo sigo pensando en esos hilos cuando explico algo. Intento mirar a personas concretas y comprobar qué está ocurriendo al otro lado: si siguen conmigo, si han entendido, si alguien se ha perdido o si una idea ha generado sorpresa. Es decir, uso los ojos para recoger información, no solo para dar sensación de cercanía. 

2. La voz 

Otra de las cosas que aprendí es que la voz sirve para dirigir la atención y estructurar el contenido. Puedes hablar más despacio, acelerar, subir el volumen, bajarlo o parar. Pero, sobre todo, puedes utilizar el  silencio. Cuando eres joven y empiezas a hablar en público, el silencio suele dar miedo porque parece que,  si no estás hablando, algo está saliendo mal. Con el tiempo descubres justo lo contrario: una pausa antes  de una idea importante puede preparar a toda la sala para escucharla, y una pausa después puede darle  tiempo para procesarla.

También aprendí que bajar la voz muchas veces consigue más atención que subirla, y que el ritmo ayuda a señalar qué merece más peso. Hay una idea que sigo intentando aplicar siempre: si todo es importante, nada es importante. Si enfatizas cada frase, ninguna destaca; si hablas siempre a la misma velocidad, no existe ritmo. La voz también le dice al público qué merece más atención. 

El mago Juan Tamariz. 

3. Las manos 

Un mago aprende muy pronto que las manos pueden revelar demasiado o esconder exactamente lo necesario. Unas manos tensas pueden delatar que algo está ocurriendo. Un gesto innecesario puede dirigir los ojos del espectador exactamente hacia el lugar al que no quieres que mire. Y unas manos relajadas y naturales pueden hacer que una acción muy compleja parezca completamente sencilla. 

Después, dando clase, me di cuenta de que utilizaba esos mismos principios, aunque ya no hubiera cartas o monedas de por medio. Las manos pueden ayudar a organizar una explicación: puedes colocar una idea a un lado y otra al otro, marcar una secuencia con los dedos, representar una jerarquía o acercar dos conceptos para mostrar que están relacionados. 

De alguna manera, las manos convierten una explicación verbal en algo casi espacial. Ayudan a que quien escucha no solo oiga la estructura, sino que también pueda verla. Más de una vez, alumnos que no conocen mi pasado como mago me han dicho: “Pareces un mago moviendo las manos”. 

"La audiencia recibe el conjunto, no solo palabras"

4. El cuerpo 

Tu cuerpo puede reforzar lo que dices o contradecirlo por completo. La postura, hacia dónde te orientas, cómo reaccionas cuando alguien interviene, si estás rígido o relajado, si te escondes detrás de una mesa o si te acercas a alguien forman parte del mensaje, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. 

En una formación ocurre lo mismo. Puedes decir que una pregunta te interesa mientras tu cuerpo transmite impaciencia, o explicar que una idea es fundamental mientras estás encogido mirando la pantalla. La audiencia recibe el conjunto, no solo palabras. 

El mago Juan Tamariz haciendo un truco de magia. © Pau Cortina / ACN

5. Los pies 

Y llegamos a los pies. Tamariz me enseñó a preguntarme dónde estoy y por qué me muevo. Cuando hablamos delante de gente, tendemos a caminar por puro nerviosismo, de un lado a otro, sin que exista  inguna intención detrás. Y si te mueves constantemente, el movimiento deja de tener significado. En cambio, si estás quieto y, en un momento concreto, das un par de pasos hacia el público antes de decir algo importante, ese movimiento tiene peso. Acercarte puede generar proximidad, alejarte puede abrir el espacio, cambiar de posición puede marcar el paso de una idea a otra y detenerte puede dar más fuerza a una frase. 

Eso es lo que aprendí de Los cinco puntos mágicos. Y, con ellos, sigo haciendo magia, aunque ahora de otro modo.