Compasión por los jabalíes

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15 de diciembre de 2025

Tras el éxtasis olímpico se puso de moda repetir el adagio cuñadero según el cual hasta ese momento “Barcelona siempre había vivido de espaldas al mar". Residía, como ocurre siempre, algo de verdadero en la commonplace; pero también debería añadirse que la mayoría de capitalinos también pasamos la vida de espaldas a los dos ríos que ---gracias a la providencia--- limitan nuestro crecimiento y mirando a su vez con recelo la montaña. La relación con el agua del mar ha cambiado de forma radical, pero tengo la sensación de que todavía contemplamos de lejos los Tres Turons o la cordillera de Collserola como si éstos fueran paisajes de otro planeta; más aún este último, ahora colonizado por una serie de científicos motivadísimos y de miembros del ejército invasor que lo han confinado con el objetivo de que ninguna presencia humana pueda entorpecer la contención de la peste porcina. Aparte de olvidada, ahora va y nos parapetan la sierra.

A nivel cotidiano, el confinamiento de la vida (y la obsesión por monitorizar a los jabalíes) me ha cambiado más bien poco la rutina. En la montaña, mire usted, sólo había acudido de pequeño y con gran protesta para subir al parque de atracciones del Tibidado o, de mayor y con mucho mayor entusiasmo, con tal de ir a echar un polvo en La Florida. Pero mi educación judeocristiana ---que me ha regalado el don del ateísmo--- también me ha provocado una estúpida compasión por los jabalíes, que no sólo están ahora perseguidos por urdes de hombres con bata blanca, como si fueran el extraterrestre ET, sino que están a punto de vivir una aniquilación masiva en nombre del equilibrio natural-biológico del territorio. Dicen los expertos que hay más jabalíes que catalanes, con lo que habrá que excitar a los cazadores de la tribu para que acaben masivamente con la tira de ejemplares de este mamífero artiodáctilo. Pues a mí, y no sé por qué pollas me pasa, ahora va y me dan pena.  

Como la mayoría de habitantes europeos del primer mundo residentes en ciudades y absolutamente alérgicos en el camp), empecé a amar a los jabalíes gracias a los dibujitos de Astérix, donde este simpático ser redondo con panxeta era el plato predilecto de los galos (un anacronismo histórico de Goscinny, pues dicha tribu se zampaba sobre todo ovejas, puercos e incluso chuchos). Obélix se pimplaba unos cuantos jabalíes al día, pero tenía pinta de ser consciente de que uno tenía que preservarlos de la extinción aunque fuera para no acabar con su plato preferido. Tiempo después, los americanos -que todo lo manosean- regalaron mucha dignidad al jabalí Pumbaa, una variante selvática de este animalillo (con una propensión importante para tirarse pedos muy trompeteros y vivir sin preocupaciones) al que la etimología regala una dosis de estoicismo, porque el porcus singularis no se refiere a la singularidad del bicho, sino a su digna soledad existencial.

Durante muchos días, tanto políticos como científicos nos explicaron ---de una forma alarmantemente acrítica y sin demasiada información--- que el origen de la peste porcina fue un bocadillo contaminado. Parece que ahora la cosa más bien surgió de un error de aislamiento o transporte del virus en cuestión en un laboratorio muy concreto. En un abracadabra curioso, la Generalitat ha escogido una comisión de sabios para investigarlo... donde, vaya por Dios, se encuentran varios investigadores de este mismo centro, con lo que todo resulta difícil de objetivar. Pero sea como sea, diría que el advenimiento de esta plaga de la vida porcina será la excusa perfecta para que se inicie una caza por el jabalí sin ningún tipo de freno. A mí, insisto, la cosa no debería importarme, porque me la resuda el mundo natural y siempre he colaborado implícitamente en el asesinato a base de cascarme unos magníficos civets. Pero, de forma incomprensible, he enfermado de sensiblería. 

Quién sabe si lo que me jode es ese frenesí imperioso por el genocidio del jabalí, pobrecito mío, que no tiene ninguna culpa de la propagación de la peste y que, simplemente, se dedica a campar libremente por los caminos de Collserola. Pues bien, ya me tenéis ahí patrullando al comandante Paco ya toda la comunidad científica buscándolo compulsivamente, en un clarísimo ejemplo de jabalifobia. Ya sé que todo esto se hace por el bien del sistema y para que nuestros agricultores puedan ganarse el pan a base de enviar carne de cerdo a China y toda cuánta mandanga de la economía global. Pero últimamente, quizás debido a la asquerosa sensiblería de la Navidad o a causa de las carencias afectivas que sufro al acercarme a la mediana edad, yo sólo puedo pensar en el futuro genocidio de los jabalíes. Este es un artículo emocional, y por tanto absolutamente prescindible pero, al menos, los bichos habrán tenido alguien que les escriba un sentido epitafio

Sobre el autor

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Bernat Dedéu
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