El número 3 de la calle Santa Teresa, en Gràcia, no muestra ningún rótulo que indique la actividad que allí se desarrolla. La única pista es un escaparate a través del cual se observan una especie de maniquís construidos con papel blanco de envoltorio reciclado, coronados por unos sombreros y gorras. Y esa es la pista. El local es en realidad un atelier, nada que ver con una tienda tradicional, donde Gema Galdón lleva a cabo su actividad sombrerera. A unas cuantas manzanas, en dirección al mar, en un edificio de Roger de Llúria, Arianna Grau ha convertido parte de su piso del Eixample en un restaurante. Nada lo anuncia tampoco, solo acuden aquellos que conocen su existencia por la vieja técnica del boca-oreja. Una diseña sombreros y otra cocina, pero en común que las dos son ejemplo de un nuevo paradigma en la relación con el cliente: el contacto directo y personalizado. Una nueva forma de hacer comercio que está emergiendo en Barcelona.
Ni Gema —insiste en que se escribe con una sola eme— ni Arianna gastan un euro en publicidad para promocionar sus negocios. La sustituyen por el trato personalizado con aquellos que acuden a sus locales. En el caso de Gema, esta relación directa con el cliente es muy importante, ya que una buena parte de esta clientela son personas que han sufrido la pérdida del cabello como consecuencia de un tratamiento de quimioterapia. “Es gente que necesita un trato especial que les permita superar el problema y aceptar que deben llevar algo que les cubra la cabeza y que no sea una peluca”, señala. De hecho, esta artesana prefiere describir su actividad como diseñadora de algo para “vestir la cabeza”, y no simplemente sombreros.
Este trato personal con un paciente de cáncer o con personas que acuden en busca de algún tipo de pamela o una mantilla porque, por ejemplo, irán a una boda con código de vestimenta y no les gustan los tocados hace que, en lugar de atenderlas inicialmente en el local, es ella quien se desplaza a su domicilio. “En esos casos, es importante conocer su casa, mirar su armario y descubrir su estilo de vestir. Eso me da una idea de sus gustos y puedo adaptar el sombrero. Poco a poco, se va estableciendo una relación de confianza y los clientes superan sus prejuicios”, explica.
Gema comparte su local, que en el pasado había sido la redacción de la revista Ajoblanco, con otro artesano que se dedica al diseño y venta de camisas. Es una forma de compartir gastos y sentirse acompañada. Tiene cabida aún para algún otro socio. Hasta hace siete años, era profesora de dibujo técnico en un instituto, hasta que decidió reinventarse. Como no gasta en publicidad, tiene por costumbre acudir a las exposiciones de arte o a actos organizados por el Liceu con uno de sus sombreros como tarjeta de presentación, y es en estos actos donde amplía su clientela. “Son mis particulares redes sociales”, dice.
Está orgullosa de que una de sus obras esté en el Metropolitan de Nueva York. Se trata de un sombrero que diseñó para el desaparecido periodista norteamericano André Leon Talley, que fue editor de la revista Vogue. Tras su muerte, el museo adquirió la pieza, y una segunda en la que estaba trabajando se tuvo que quedar en el taller de Gràcia. Gema también está concienciada con el cambio climático. Por ese motivo, siempre que puede recurre a la economía circular. Lo hace con su muestra de maniquís y cuando va a los talleres de diseño y se lleva los retales sobrantes. “Ellos se ahorran bajarlos a la basura y yo obtengo materiales. Los dos salimos ganando”, asegura.
"Ni Gema ni Arianna gastan un euro en publicidad para promocionar sus negocios. La sustituyen por el trato personalizado con aquellos que acuden a sus locales"Cuando uno consigue reservar en el restaurante-domicilio de Arianna, ocupa una de las mesas y al poco te atiende para anunciar los dos entrantes de verdura y los dos segundos del día que se pueden elegir. No hay más. Es una gran defensora de la verdura, no solo por sus beneficios, sino también porque “tiene colores y formas y ofrecen un amplio margen de creatividad”, sostiene. Tiene predilección por las hojas. Cuando se instaló en su tercero A de Roger de Llúria, decidió convertir un espacio diáfano del piso en un comedor al que incorporó una cocina.
El secreto de esta historiadora medieval es también el trato personal con el cliente. “La comida es un momento importante. Sentarse, comer, un tiempo para ti... Se crea valor, un vínculo alrededor de una mesa con comida”, argumenta. “Esta es la magia que atrae a los clientes”, añade. Antes de abrir el negocio, hace algo más de dos años, trabajaba en un restaurante del Born. Muchos de sus antiguos clientes la siguieron, lo comentaron, llegaron más, y hoy puede acoger hasta a 32 comensales. Otro de sus secretos, dice, es no ser “ambiciosa” y cultivar un buen trato y cuidar lo que cocina. “Trabajo con el producto de temporada y lo que en cada momento tiene el pagés que me suministra”.
Como tiene ascendencia italiana, el plato que más le gusta cocinar son los gnocchi de patata con burro y salvia. “Sencillo, pero la fusión de los tres elementos es perfecta, son como bombones. Cuando aplastas y amasas los gnocchis, cuando les das forma, añades la mantequilla clarificada y la salvia… Magia”.
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