Ciudades 5.0, mucho más que Smart Cities

Si tuviéramos que definir el mundo de hoy, bien podríamos hacerlo con el titular “la era de la desconfianza”. Todos desconfiamos de todos y de casi todo. Se ha roto el vínculo emocional y de confianza individual y colectivo, ya no solo con las instituciones, también con las empresas, las ONG’s y los medios de comunicación. Así lo refleja el prestigioso informe Edelman Trust Barometer 2025, que revela un escenario marcado por el descontento profundo y la pérdida de confianza global. Seis de cada diez personas declaran un nivel moderado o alto de agravio hacia gobiernos y empresas, mientras crece la aceptación de métodos de protesta y activismo hostiles (incluso violentos), y muy especialmente entre la juventud. Un pesimismo generacional generalizado porque solo un tercio de los encuestados cree que la próxima generación vivirá mejor que la actual. 

Pero hay un atisbo de esperanza. Mientras el informe muestra esa creciente desconfianza global, también indica que la confianza se construye desde lo local. En un momento de incertidumbre y desconfianza en el presente y en el futuro, es más importante que nunca desplegar una nueva “política de los afectos” y eso se hace de forma eficiente desde la comunidad, el territorio y la proximidad. Es en ese contexto, vuelve a cobrar sentido el propósito social de las ciudades para reconstruir la legitimidad social colectiva. Es en la proximidad donde las instituciones y las empresas deben demostrar con hechos —no solo con palabras y discursos— que pueden ser parte de la solución al malestar social, reconstruyendo la idea de progreso. Un progreso basado en una agenda política, social, cultural, medioambiental y tecnológica actualizada para afrontar los retos del s. XXI con la ética, la transparencia y la eficiencia como factores críticos para construir una nueva legitimidad.

Desde hace unos años, hemos invertido principalmente en solo una pata de la innovación, el de la tecnología, poniendo de moda el término Smart City, la ciudad inteligente. Un modelo de referencia para gestionar nuestras urbes mediante un amplio abanico de tecnologías digitales, con la conectividad como nuevo mantra, en ámbitos como la  sostenibilidad, la movilidad o la gestión del espacio público para mejorar la calidad de vida de las ciudades. Un enfoque bienintencionado y necesario, pero del todo insuficiente. Los nuevos profetas tecnológicos proclamaban que un nuevo determinismo tecnológico ---o tecnoutopía--- desde las ciudades vendría a solucionar la mayoría de los problemas y de los retos que afrontamos en la era de la sociedad digital y del conocimiento. Pero la realidad muestra que la tecnología sin equidad, y sin un enfoque y sensibilidad humana, puede generar, ya lo hace, nuevas brechas y desigualdades.

El concepto Smart City ha quedado así encorsetado en un concepto tecnológico que necesita ser revisitado y completado con un enfoque humano y mucho más sostenible tanto desde el punto de vista social como cultural. Esa sería la visión de la Ciudad 5.0. Una visión urbana que emana del concepto de la Sociedad 5.0 introducido por el gobierno japonés en 2016 en el V Plan Básico de Ciencia y Tecnología para definir a la emergente Sociedad Superinteligente ---the Super Smart Society---. Es un concepto de sociedad centrada en el ser humano, y no tanto en la tecnología, en la que el desarrollo económico y la resolución de los problemas sociales sean compatibles entre sí a través de un sistema altamente integrado entre el espacio físico y digital. 

Es evidente que las ciudades inteligentes pueden suponer un salto cuantitativo y cualitativo para dotar de mayor eficiencia a la gestión urbana, pero la tecnología no es neutral por naturaleza. Si bien es una herramienta imprescindible para la innovación de las políticas públicas, así como para las empresas, también pueden ejercer un impacto negativo no deseado entre importantes colectivos o los ciudadanos. La realidad muestra que algunos avances tecnológicos no están diseñados para favorecer a la sociedad o el interés común, sino que sirven eminentemente a los intereses corporativos de algunas compañías. Es por ello, que es necesario introducir una nueva dimensión en la reflexión sobre el despliegue de las Smart Cities dando una nueva centralidad al concepto de “bienestar urbano”.

El reto radica en cómo lograr diseñar ciudades en que la tecnología en las ciudades no solo sea eficiente, sino también humana. Las políticas de bienestar urbano, o de la Ciudad 5.0, podríamos definirlo como el conjunto de las políticas y acciones tanto desde el sector público como el sector privado, que se traduce en un equilibrio razonable entre las necesidades económicas, ambientales, culturales y sociales de las personas que habitan o usan la ciudad. Mientras que la idea de la ciudad inteligente se ha centrado en sensores, datos y algoritmos, la ciudad 5.0 no es solo la ciudad más conectada tecnológicamente, sino aquella que lo está también en las grandes cadenas de valor, como en la conectividad emocional con sus residentes y con quien la visitan. No se trata de mejorar procesos, sino hacerse cargo de las necesidades de las personas, esto es, su salud, su seguridad, su sentido de pertenencia y su felicidad.

Peatones en una calle concurrida.

El reto radica en cómo lograr diseñar ciudades en que la tecnología en las ciudades no solo sea eficiente, sino también humana. © Pixabay

En los últimos años, hemos visto nacer diferentes megaproyectos intentando diseñar la ciudad perfecta con proyectos futuristas, inteligentes, verdes y sostenibles como mejor sueño de algunos líderes políticos o de grandes magnates. Se trata de ciudades construidas desde cero que prometen resolver con nuevas tecnologías, nuevos procesos, formas y materiales, los grandes desafíos a las que se enfrentan las ciudades tales como la masificación, la movilidad, la contaminación, la desigualdad, la inseguridad o la sostenibilidad del agua, la energía y los residuos. Impulsadas por un nuevo urbanismo utópico, están normalmente orientadas a las clases altas para ofrecerles una nueva tierra prometida donde la vida sería perfecta. 

"La verdadera inteligencia urbana no se mide en megabytes, sensores, procesos o algoritmos, sino en el bienestar humano compartido"
Sin embargo, de los más de cien proyectos de nuevas ciudades a lo largo y ancho del planeta, ninguna de ellas ha conseguido posicionarse como una ciudad de referencia o verdaderamente aspiracional. Su pecado original está probablemente en su misma concepción, querer diseñar el alma de una ciudad con tecnología, cuando las dinámicas económicas, humanas, sociales y culturales no se construyen o diseñan en un proyecto, sino que se generan gracias a la convivencia e interacción entre las personas para constituir una comunidad de destino.

En definitiva, la ciudad del futuro no será nunca una ciudad perfecta. Tampoco serán las más automatizadas, sino aquellas que logren maridar de forma inteligente innovación y empatía, eficiencia y convivencia. La verdadera inteligencia urbana no se mide en megabytes, sensores, procesos o algoritmos, sino en el bienestar humano compartido. La tecnología puede ser una gran aliada del bienestar, pero siempre que se utilice con un claro propósito social.

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Pau Solanilla
Pau Solanilla Franco
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