Ciudad de acampadas

Servidora es un liberal a la antigua usanza (a saber; uno de esos seres que, aunque concibe que el individuo es generalmente soez, defiende a ultranza su libertad para hacer lo que le venga en gana, mientras no afecte a la salud ajena), y por eso escribo que hay que salvaguardar como un bien esencial el derecho de los conciudadanos a manifestarse, especialmente si su reclamación es contraria a mi credo. Me gusta que Barcelona, ​​además de ser "la millor botiga del món" o un paraíso para que los guiris nos colonicen el pisito, aún se disfrace de Rosa de foc y combine su espíritu noucentista con alguna bullanga ocasional.

Como el lector debe imaginar, todo esto viene a cuento por las numerosas manifas y acampadas solidarias que (previsiblemente) poblarán nuestras calles en protesta por la barbarie de Gaza y la reciente detención de los miembros de la Flotilla Global Sumud donde, para pintarlo todavía más de barcelonés, se encuentra una antigua alcaldesa nuestra. Me cuesta recordar un solo conflicto como el de Gaza que se haya resuelto a base de desfiles comunitarios y me resulta todavía más difícil comprender cómo nuestros estudiantes, a la hora de evitar una guerra indiscutiblemente sangrienta, piensan que es más efectivo apuntarse a hacer vivac que inundar nuestras aburridísimas y anticuadas aulas universitarias, con tal de dedicarse a estudiar.

También me preocupa, dicho sea de paso, que la detención acuática de una serie de vecinos que se largaron unilateralmente a Gaza con la pretensión analfabeta y surrealista de abrir un corredor humanitario con una decena de barcos (donde, por cierto, no cabían más de cuatro paquetes de garbanzos), ocupen centenares de minutos televisivos más que el asesinato en Manchester de unos antiguos compañeros europeos que hacían algo tan normal como acudir a su sinagoga. Pero dicho esto, insistiendo en el tema del albedrío, que cada uno haga su lucha como quiera.

Los barceloneses también deberíamos regalarnos la gracia de ejercitar la memoria, aunque dé mucha pereza; porque si hacemos un esfuerzo en el arte de la retentiva, recordaríamos antecedentes que se parecen sospechosamente a este estallido de iradas manifestaciones. El más evidente es el 15-M, un movimiento de protesta (inicialmente urdido por los miembros de mi generación que lamentaban no cobrar como sus padres y que, por no poder, no podían ni hipotecarse) el cual, tras asaltar las plazas y remover el tablero político nacional, ha acabado con toda la izquierda dividida entre ególatras que vivían en precario y ahora han acabado comprándose una casoplón de nuevo rico en Galapagar o exhibiendo problemas de exceso de rozamiento con mujeres. A su vez y pensando en Barcelona, ​​toda esta retórica antisistema acabó coronando al colauismo, que flotó gracias a la partitocracia española y degradó nuestra ciudad a base de empobrecerla.   

Sumado a esta anécdota baladí, uno también debe recordar cómo todo aquello fue un invento del sistema madrileño para neutralizar la fuerza de las masas independentistas, mucho más justas y ---sobre todo--- aún más numerosas. No hace falta ser un genio para ver cómo la izquierda española está utilizando todo el presente bullicio en Gaza ---humanitariamente execrable, of course--- para hacerse perdonar su colaboración implícita cuando se aplicó el 155 y durante las manifestaciones en las que los catalanes, armados con urnas, tuvieron que lidiar con un método tan democrático como dar de hostias a toda cuanta padrina. Si los actuales mandatarios españoles hubieran defendido el referendo del 1-O, como proponía el PSC antes de 2014, yo me creería sus lágrimas de cocodrilo por los retoños palestinos. Más allá de enfurecernos con Netanyahu y de recoger material de camping para okupar el espacio público, en resumen, primero deberíamos ejercitar un poco la memoria. 

Con todo esto no estoy diciendo que los bondadosos manifestantes que poblarán Barcelona en los próximos días, devolviéndonos ese inquietante rumor de helicópteros por encima de la testa, sean los responsables de toda esta táctica política. Simplemente reivindico la complejidad de entender por qué gente como Pedro Sánchez o Jaume Collboni no se han hecho propalestinos por mero altruismo. Porque debajo de la solidaridad, recordadlo muy bien, siempre se esconde alguna forma de intereses egoístas. Por último, que no se os olvide; ni un paper a terra y ---como decían las monjas del cole--- al salir dejadlo todo como cuando estaba al entrar.  

Sobre el autor

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Bernat Dedéu
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