Ciudades globales, la última frontera frente a los nuevos bárbaros

El único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla. Esa cita de Nicolás Maquiavelo bien podría representar el reto al que nos enfrentamos en el mundo de hoy. Tras décadas de progreso, aunque no exento de contradicciones, las ciudades, y en particular las llamadas ciudades globales se han convertido en el enemigo a batir por parte de los líderes de la ofensiva neoconservadora y ultraliberal que recorre una buena parte del mundo occidental. El ensayista y novelista italiano Giuliano da Empoli, lo ha radiografiado bien en su libro Los ingenieros del caos. Un ensayo que disecciona al detalle tomando el ejemplo de Italia, cómo los movimientos populistas detrás del aparente desmadre de lo que llama el carnaval populista, ocultan un meticuloso trabajo de docenas de propagandistas, ideólogos, científicos, periodistas o expertos en tecnología como el Big Data para manipular a la opinión pública y reinventar las reglas del juego político.

La ofensiva del discurso populista, lejos de ser improvisado y auténtico, está basado en una delicada estrategia de reinvención y fragmentación del propio discurso político. A través de la polarización social y política, alimenta la ira con un lenguaje político y unas narrativas especialmente pensadas para el entorno digital, rápidas, reactivas y provocadoras, para que se reproduzcan de forma viral y distorsionar los discursos políticos de las instituciones democráticas y las opciones moderadas.

Los sociólogos Fernando Pittaro y Martín Szulman, lo han definido bien en su reciente libro La era de la crueldad analizando cómo el sentido común ya no es un terreno neutro de consenso, sino que está sujeto a luchas discursivas, manipulaciones, y se convierte en parte del escenario de la crueldad simbólica. Una crueldad que no se entiende únicamente como violencia física, sino como la agresividad del lenguaje político y mediático para destruir al adversario, como bien ejemplifican liderazgos populistas y autocráticos como Trump, Bolsonaro o Milei.

Y eso es precisamente lo que han intentado, y fracasado, los ingenieros del caos en las recientes elecciones a la alcaldía de Nueva York. La ciudad de los rascacielos es un símbolo global tanto por su peso y simbología económica como por su diversidad cultural y humana, así como su defensa de los valores progresistas de sociedades abiertas. La victoria Zohran Mamdani, inmigrante de origen sudasiático que vivió parte de su infancia en Sudáfrica antes de asentarse en EE.UU. y que se autodefine como demócrata y socialista, ha supuesto una afrenta para Donald Trump y sus discípulos. Sin embargo, constituye un soplo de esperanza e ilusión tanto para los ciudadanos de la gran manzana como para el conjunto de los progresistas y los defensores de las sociedades abiertas. Mamdani, quien apenas hace un año era un total desconocido, se impuso de forma rotunda con el 50,4 % de los votos a los candidatos del establishment tradicional, el exgobernador del estado Andrew Cuomo, quien se postuló como independiente, y al candidato republicano Curtis Sliwa, con un discurso fresco y disruptivo.

Mamdami, de 34 años y con una trayectoria como activista en temas de vivienda, transporte y justicia social, se convierte, así, en el primer alcalde musulmán de Nueva York con una campaña con una enorme espontaneidad, creatividad y plasticidad que ha generado una enorme ola de esperanza e ilusión entra amplias capas de la población neoyorquina. Si bien su principal bandera es la batalla contra la especulación inmobiliaria y la defensa de una política de vivienda progresista, también defiende toda una serie de propuestas destinadas a recuperar la ciudad para sus residentes, desde el transporte a la salud o el apoyo a colectivos vulnerables.

El impacto de la victoria de Mamdani va mucho más allá de su constituency e inevitablemente se va a erigir como un icono de la reconstrucción de un proyecto político y social alternativo a la ofensiva neoconservadora en la defensa de la libertad, la justicia social y la diversidad. La agenda socialdemócrata de Mamdani, si bien es revolucionaria para los Estados Unidos, conecta directamente con los retos y la agenda política de la mayoría de las ciudades globales, sobre todo del mundo occidental.

El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. © Kara McCurdy

El nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. © Kara McCurdy

Salvando las distancias y la escala, bien podría decirse que la agenda política y social de Mandami en NYC no difiere mucho de la agenda política y social del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, y su propuesta del derecho a quedarse en la ciudad. El siglo XXI es el siglo de las ciudades, y mientras los gobiernos de los países van a estar muy ocupados con la agenda geopolítica y geoeconómica global, son las ciudades las que deberán dar un paso adelante para desplegar una nueva política de los afectos y los cuidados de la gente, así como de la defensa de las formas democráticas y la participación.

Las ciudades a lo largo de la historia se han mostrado como los motores del crecimiento y el conocimiento gracias a su enorme diversidad y al concentrar capital humano, intelectual y tecnológico y comparten muchos de los retos a los que nos enfrentamos a nivel global. Nuestras ciudades son un entorno que facilita el intercambio de ideas y la colaboración entre instituciones, empresas, personas y organizaciones de todo tipo. Y particularmente las ciudades globales, son aquellas donde se generan los grandes cambios o tendencias desde el punto de vista económico, social o cultural. 

"El resultado de las elecciones de Nueva York es una señal, hay que ser más atrevidos, audaces y creativo"
Y en el mundo de hoy, ciudades globales como Nueva York, Londres, París, Milán, Ámsterdam, Copenhague o Barcelona, por citar soolo algunas de ellas, con sus respectivos alcaldes y alcaldesas al frente, tienen la responsabilidad de liderar una nueva agenda política basada en la competitividad, la sostenibilidad, la equidad, la seguridad y la democracia frente a los nuevos bárbaros representados por los movimientos de extrema derecha populista. 

Ciutadans en el mirador de l'Ajuntament de Barcelona durant la jornada de portes obertes.

Ciudadanos en el mirador del Ayuntamiento de Barcelona durante la jornada de puertas abiertas. © Josbel A. Tinoco

La batalla será dura, larga e intensa, pero los alcaldes y alcaldesas de las nuevas ciudades globales tienen la oportunidad y la responsabilidad de liderar y movilizar un movimiento y una coalición de ciudades libres en defensa de la libertad, el progreso y la justicia social. El resultado de las elecciones de Nueva York es una señal, hay que ser más atrevidos, audaces y creativos. El tacticismo político no nos salvará, necesitamos liderazgos colectivos y colaborativos que desbordan las propias instituciones para construir proyectos colectivos locales y globales para frenar la ofensiva de estos ingenieros del caos que no pretenden otra cosa que destruir todo aquello que representan las mejores ciudades globales. Decía el periodista norteamericano Herb Caen que una ciudad no se mide por su longitud y anchura, sino por la amplitud de su visión y la altura de sus sueños. Pues eso, nos toca soñar y actuar.

Sobre el autor

Pau Solanilla
Pau Solanilla Franco
Ver biografía